FUE UNA SORPRESA, una desagradable sorpresa porque tenía para mí que la Administración de esta Comunidad Autónoma había "reciclado" a sus funcionarios para que, además de dar todas las facilidades burocráticas al administrado, le tratara con la debida corrección. Así me había parecido en los pocos contactos que he tenido con organismos oficiales como el Instituto Nacional de la Seguridad Social, el DNI, la Policía, los Servicios Municipales, dependencias del Cabildo y hasta las del mismo Gobierno. Pero, siempre hay una excepción, en este caso, por el lado negativo. Contrariamente a los buenos deseos de atención al ciudadano, creando, incluso, esas "oficinas únicas", en el Consorcio de Tributos, con sede en la planta tercera del Edificio "El Cabo" de esta capital, parece que, además de ponerse en práctica el sistema de "hora o fracción", que rige en los aparcamientos de pago, también va camino de retornarse a aquellos tiempos de "vuelva usted mañana", que mencionaba, en el siglo antepasado, mi malogrado colega y escritor Francisco José de Larra, quien puede que no se levantara la tapa de los sesos por haberlo dejado su amante, sino por las furciadas que le hacían en las ventanillas oficiales. No escribo de oídas. Fui testigo y víctima. Y es bueno que a los periodistas nos ocurran estas cosas, porque nosotros podemos contarlas, a manera de denuncia, para que los responsables las corrijan y los abusos se corten. Soy un maniático de la hora exacta. Y, a la una en punto, o quizás unos segundos antes, llegaba a las puertas del Consorcio en cuestión. Pero las puertas estaban cerradas. Un rótulo decía que la atención al público, de lunes a viernes, era de las 9 de la mañana a la una de la tarde. Y toqué en la puerta. Al cabo de un buen rato salió un "securitas" por una puerta lateral. Y me dijo que él había cerrado a la una. Le rectifiqué y le invité a que comprobara la exactitud de mi reloj. No quiso. Le informé que se había anticipado en el cierre, sin contar que yo había esperado unos cinco minutos por el ascensor. Y como no cedió, le recordé que ese incumplimiento podía denunciarse. La respuesta del individuo, un joven que podía ser mi nieto, fue una risa, a toda boca, que no sé por qué no estalló en carcajada. Lo oportuno y correcto hubiese sido abrir y atenderme, aunque ya pasara la "hora" y estuviéramos en el primer minuto de la "fracción". Pero, ni siquiera una leve disculpa. Sólo la risa desafiante, una burla a mi advertencia de denuncia. Me molestó la acción porque no recuerdo, en mucho tiempo, que nadie haya faltado al elemental respeto a estas canas que tengo. Pude haber resuelto el asunto con una llamada telefónica al máximo responsable de estos organismos, con cuya amistad me honro. Pero lo denuncio públicamente para que se sepa y para que estas desconsideraciones desaparezcan. Fue el viernes 25 de enero. Concretamente.