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LO QUE ES ENRIQUE GONZÁLEZ

El fraude de las alcachofas


17/feb/02 20:53
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UNA DE LAS CUESTIONES que más afecta al hombre es renunciar a su juventud. Quizá sea el anticipo de la gran resistencia la resistencia a morir. Fausto prefiere la juventud al alma. De la repulsa a morir nace el deseo de inmortalidad, el trágico sentimiento a dejar de ser. Y ante la evidencia de la muerte, el hombre no quiere morir del todo. Idea, piensa y cree, con el distinto convencimiento que supone idear, pensar y creer, en una prolongación abstracta de la vida real. Unamuno, en su célebre "Del sentimiento trágico de la vida", remarca su gran aspiración. No sólo no quiere morir, sino que no quiere querer morir.

Maravillosos pensamientos si no constituyen motivo de obsesión patológica. La resistencia enfermiza al quebranto de la vida y sus facultades angustia y desmorona. Lo que ha de venir que venga. Lo que viene que sea bien recibido. La condición humana es así, no aceptarla conduce al fracaso. Aferrarse a las capacidades juveniles ha creado más hombres desgraciados que felices. Conviene que en el largo o corto camino de la vida se produzcan los trueques de posibilidades sin lamentos ni desgarros. Lo que hace un joven no lo hace un adulto. Y lo que hace un viejo no lo hace un joven. Madurar es alcanzar el grado de perfección.

Antes que la medicina fuera medicina, desde las más antiguas prácticas alquimistas el hombre se ha afanado, entre otras cosas, en el elixir de la vida y de la juventud. Se ha luchado contra las enfermedades y contra el envejecimiento. En tiempos primitivos, a la pedrada limpia, no había preocupación por las debilidades de la vejez. Se moría, como se dice, en la flor de la vida. Ahora, y desde que se inventó el jabón hasta los más eficaces medicamentos, se vive muchos más años. Se asegura que podremos llegar hasta los 140 años. ¡Qué aburrimiento! Eso sí, convertidos en hombres emparchados y remendados. Seres biónicas, dicen los sabios. Con órganos trasplantados y caderas y rodillas artificiales. Hasta las células de los ojos de rana pueden servirnos.

El susodicho sujeto del susodicho relato para la susodicha semana del susodicho periódico era un susodicho personaje que, por culpa del susodicho asunto tratado en el susodicho comienzo del susodicho artículo, no estaba dispuesto a perder la susodicha condición de joven porque el susodicho se relacionaba con una susodicha que por ser muy joven no tenía el susodicho problema.

Era un hombre que sobrepasaba los 60 años. Vivía en el campo. Era hombre rico. Alto, de pecho inflado y cuerpo estirado. Vestía un traje marrón con unas finas rayas oscuras que recorrían su cuerpo de arriba abajo. La chaqueta estaba abierta para dar paso a un chaleco bien abotonado y cruzado de un lado al otro por una leontina de oro que, al introducirse en el bolsillo derecho, abultaba en una redondez que delataba la estancia bursátil de un reloj de oro. La cadena hacía suponer que el reloj era de oro, y no un Cuervo y Sobrino, como era corriente en aquella época. Otro detalle hacía pensar que no fuera un vulgar reloj de procedencia cubana. Éstos iban siempre en una relojera de cuero, sujeta al cinturón. Llevaba un magnífico sombrero que hacía juego con el color de su traje. Encorbatado y con zapatos bien lustrados, esperaba, sin ampollarse, en la puerta de mi casa. Enmarcado en el portal, parecía una foto de un emigrante canario en Venezuela. Era un domingo a las 4 de la tarde. Yo no había comido. Había trabajado toda la mañana. Estaba hambriento y cansado.

- Buenos días. Tiene consulta los domingos. Dijo, casi con solemnidad, solemnidad dominical. Le contesté que no, aunque si era algo urgente lo vería. Me aseguró que su problema era urgentísimo. Pasó al despacho. Yo estaba sin fuerzas. Esperaba que todo fuera rápido. Los reclamos gástricos eran muy fuertes y un tufillo irresistible venía desde la cocina. Arranqué como pude: - ¿Qué le ocurre? Contestó rápidamente, sin el menor apuro: - Tengo una amiga muy joven y no estoy a su nivel. A lo que le contesté, bastante molesto: - ¿Tan urgente es esto? Y el susodicho, pacientemente, expuso los argumentos de su aceleración. - El domingo es el único día que dispongo para estar con la susodicha. Un temblor asesino recorrió mi cuerpo y en una de las estancias más malignas de mi mente creció repentinamente el deseo de asesinato. El sentido común y el deseo de no enfadarme ni con el susodicho ni conmigo, permitieron que mi lengua amortiguada por la educación se frenara y mis manos escribieran en una receta una medicación que, en forma de pastillas, había de tomar el hombre sin renuncias. Se marchó satisfecho. Cobré la consulta. No perdí los nervios ni el cliente.

Pasaron tres días. Atareado y agobiado por una consulta numerosa y con un enfermo complicado, oí unos fuertes y repetidos golpes a la puerta de mi casa. La enfermera, que preparaba algo, no podía acudir. Tuve que ir. Cuando abrí la puerta, me encontré para mi desesperación al susodicho adulto metido a joven. Al borde de la locura, dispuesto a darle con la puerta en toda la cara, grité: - No me diga que vuelve otra vez con sus urgencias. Con gran serenidad y con cara de satisfacción, me contestó: - No. Una vez, cuando visitó a mi padre, me dijo que le gustaban las alcachofas. Le traigo una cesta de las mejores alcachofas de la finca. Me mostró una gran cesta repleta de alcachofas adornada con matas de oloroso hinojo.

El paisaje vegetal frenó mis impulsos. Recordé la oda de Neruda a la alcachofa, el vegetal armado. Tomé la cesta y el pregunté cómo le había ido con las pastillas. Levantó su brazo derecho, flexionó el codo, cerró el puño y, al mismo tiempo que lo movía con un temblor corto y enérgico de satisfacción plena, me contestó: ¡Macanudo!

Al día siguiente, mientras comía las alcachofas, pensé que no merecía tal regalo. Las pastillas eran tan banales que no recordaba su nombre. Y así, el susodicho metido en el problema susodicho fue víctima del fraude de las alcachofas.

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