ESTA SEMANA HEMOS SIDO TESTIGOS de una acentuación perceptible de las presiones nacionalistas vasca y catalana (cada cual a su estilo y con sus perfiles propios) hacia el Gobierno del Estado, encaminadas a marcar distancias respecto a la noción de España que alberga la mayoría de los ciudadanos del país, los unos por un afán separatista declarado, y los otros para ir preparando las elecciones autonómicas que podrían adelantarse unos meses. Las manifestaciones de esta presión han sido variadas: Jordi Pujol, presidente de la Generalidad de Cataluña, ha endurecido su lenguaje hacia el Gobierno y el Partido Popular, criticando abiertamente los últimos proyectos legislativos (de calidad de la enseñanza, de cooperación autonómica, la llamada "segunda descentralización" a favor de los municipios) y anunciando que no se contará para esas leyes con su colaboración. Lo ocurrido en el País Vasco, en cambio, es más inquietante, porque no se trata de la legítima discrepancia en la acción política, que se desarrolla dentro del marco legal e institucional, sino que revela una voluntad de vulnerar la norma, sea por afán separatista o, lo que es más probable, por miedo a las pistolas y las bombas de ETA.
Bronca académico-política
Ha saltado a los medios de comunicación un nuevo episodio lamentable de la vida en el País Vasco. Se trata en apariencia de un pleito académico motivado por unas oposiciones a la cátedra de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco: optaban sólo dos profesores a esa cátedra: Edurne Uriarte y Francisco Letamendía. La primera fue militante del PSOE, es miembro del colectivo "Basta ya", y sobrevivió por milagro a un atentado con explosivos que ETA cometió contra ella. El segundo fue, después de abandonar ETA político-militar, diputado constituyente por Euskadiko Ezkerra, y más tarde fundador de Herri Batasuna. Estas características no son académicas, pero fueron determinantes en el caso:
La oposición se celebró en octubre, y ganó la plaza Uriarte por cuatro votos contra uno. Letamendía, entonces, impugnó la oposición por un motivo formal, y simultáneamente inició, junto con varios amigos de ETA, una campaña de amenazas y descrédito hacia Uriarte en los medios de comunicación nacionalistas: "Gara" (sucesor de "Egin"), "Kale Gorria" (sucesora de "Ardi Beltza"), "Deia" (próximo al PNV). El acoso verbal llegó a tal extremo, que la profesora Uriarte se dirigió al rector en demanda de amparo, y solicitando que se abriese a Letamendía un expediente disciplinario. Lo único que ha obtenido ha sido el silencio. Esta semana, la Comisión de Reclamaciones de la Universidad ha atendido la impugnación de Letamendía, y ha retirado la cátedra a Edurne Uriarte. Es sólo el final del primer acto de esta farsa, porque la profesora ha anunciado su propósito de recurrir a los Tribunales ordinarios en defensa de su derecho.
Tiranía silenciosa
El pleito por la cátedra (sarcásticamente, la de Ciencia Política) acabará como decidan los Tribunales, pero revela hasta qué punto la sociedad vasca está gravemente enferma: no son pocas las gentes de orden, rotundamente de derechas y aun de eso que hemos convenido en llamar la derechona, pero nacionalistas, que están absolutamente persuadidas de que los problemas del País Vasco derivan de la terquedad de algunos por permanecer allí y obstinarse en proclamar su españolidad, con lo que excitan los ánimos de los más exaltados y "radicales", y luego pasa lo que pasa. "Si no se encuentran bien aquí, ¿por qué no se marchan? Todos saldríamos ganando, y los chicos de las bombas pararían". Esta frase terrible se dice con toda normalidad, con suave acento, y muchos de quienes la repiten están convencidos de que con ella ejercen un acto de tolerancia y de comprensión.
La lógica nacionalista vasca está podrida bajo los cadáveres de las víctimas de la ETA, hasta haber vuelto del revés la lógica convencional. Los culpables de los asesinatos son las víctimas, por ponerse delante de las pistolas; si se marchasen, no habría muertes. Este modo de ¿razonar? se parece como una gota de agua a otra a lo que el Kremlin dijo a raíz de la invasión soviética de Afganistán: si los afganos no se hubieran resistido, la invasión se habría producido sin derramamiento de sangre. Es la ¿lógica? del tirano, del déspota. Lógica totalitaria terrible, que han hecho propia muchas personas del País Vasco que se consideran demócratas, tolerantes y hasta buenas cristianas.
Cuando el fragor de las bombas y los disparos no surte el efecto deseado (o la muerte del "español", o su huida fuera del País Vasco), el nacionalismo mal llamado democrático emprende su labor de producir la muerte civil del díscolo, al que se niegan oportunidades, empleos, ascensos, cualquier forma de relevancia social, cultural, deportiva, económica o académica. No siempre es posible rematar esta siniestra faena del todo, y entonces surge el conflicto, del que, en la lógica enferma del nacionalismo, son responsables los que tendrían que estar o muertos, o fuera. Y muchos de los perseguibles prefieren callar y ceder con tal de conservar lo que les queda. El episodio de la cátedra de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco es un ejemplo acabado de todo esto, personificado en los opositores, en el rector, en la Comisión de Reclamaciones, en los medios de comunicación. Y no es el único caso, ni mucho menos. Los hay a cientos, a millares, y si éste ha saltado a los medios de comunicación de toda España ha sido por la relevancia personal de los contendientes y, sobre todo, porque Edurne Uriarte no está dispuesta a dejarse avasallar.
El chador
Un padre de familia marroquí ha prendido la llama a la estopa y ha iniciado el incendio social del chador, prenda que exige que su hija lleve en la escuela. Primero un colegio concertado, cuyos alumnos tienen un uniforme obligatorio, y después un centro público cuya directora opina que el chador es un instrumento de discriminación injusta de las mujeres, han exigido que la niña de 13 años vaya a clase sin usar esa prenda. El debate está servidio, y tengo para mí que más que a una exigencia de conciencia del belicoso padre obedece a su deseo de provocarlo.
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