EN UN ARTÍCULO anterior (EL DÍA, 3 - 2 - 02), hacíamos referencia a que una de las fuentes más interesantes para el conocimiento de las islas atlánticas en el siglo XIV es la cartografía. A fines del siglo XIII y comienzos del XIV se produce una gran revolución en esta disciplina que va a afectar al conocimiento del Atlántico en el siglo XIV. En torno a esos años asistimos al paso del antiguo mapamundi, de origen monástico y religioso, a la carta portulana, de origen mercantil, también llamada carta náutica (o de navegar) y portolano (o carta de portolano). Se está más o menos de acuerdo en que con la carta - portulano del siglo XIV se inicia el amanecer de la cartografía científica. Los portulanos son mapas de carácter marítimo - práctico al servicio de la navegación, que sólo representan el litoral costero y algún detalle del interior, como ríos y montes, que pudiera servir de referencia a los navegantes, de forma que éstos, en sus viajes, no perdieran nunca de vista la costa. Sobre el uso de estos portulanos en las navegaciones del siglo XIV tenemos el valioso testimonio de una ordenanza del Reino de Aragón de 1354, en la que se decretaba que toda galera debía llevar en sus navegaciones dos cartas marítimas. Es de suponer igualmente que en muchos de los viajes atlánticos de esta época (véase nuestro artículo en EL DÍA, 10-2-02) estuviera asegurada la presencia de cartógrafos profesionales, catalanes, italianos y mallorquines, capaces de ir dibujando y nombrando los más importantes accidentes geográficos (islas, montes, ríos, etc.). Para la representación de las islas atlánticas, en el siglo XIV, las cartas portulanas más importantes son las siguientes: la de Angelino Dulcert (1339), realizada en Mallorca y conservada en la Biblioteca Nacional de París; la carta anónima del British Museum, fechada en torno a 1350 y conocida como ADD.MS.25691; la carta - portulano de los hermanos Domenico y Francesco Pizigano, de 1367, conservada en la Biblioteca Palatina de Parma; el llamado Atlas Medici, Atlante Mediceo o Portolano Laurenziano - Gadiano, anónimo, de 1370, conservado en la Biblioteca Laurenziana de Florencia; el espléndido Atlas de Carlos V, también llamado Mapamundi o Atlas Catalán, verdadera joya de la cartografía "trecentista", obra del catalán Abraham Cresques, realizado en Mallorca en 1375, considerado hoy como auténtico monumento cartográfico de la Edad Media, conservado en la Biblioteca Nacional de París; el atlas anónimo conocido como Pinelli - Walckenaer, así llamado porque perteneció a la familia veneciana de los Pinelli y luego al barón parisino Walckenaer, datable hacia 1384, que se encuentra actualmente en el British Museum; las dos cartas portulanas asignadas al mallorquín Guillermo Soler, fechadas en 1385, existentes una en el Archivo del Estado de Florencia, y la otra en la Biblioteca Nacional de París; la denominada carta catalana de la Biblioteca Nacional de Nápoles.
En alguno de mis escritos he anunciado una Historia de los nombres de las Islas Canarias, cuestión sobre la que desde hace ya unos años no he dejado de escribir algo, pero que aún no he podido culminar en una monografía individual. Espero realizarla algún día. La historia completa, con todo lujo de detalles, de los nombres de cada Isla, su origen y variaciones, así como del Archipiélago en su conjunto, es muy compleja y de difícil reducción a una simple síntesis. Como he dicho en alguna ocasión, nos encontramos aquí con nombres de tipo mítico o legendario (tipo Islas de los Bienaventurados, Afortunadas, Islas Eternas, Islas de la Felicidad, Hespérides, Purpurarias, Infierno, Elbard, etc.); con nombres de procedencia latina, difíciles de asignar a alguna isla en concreto (como Ombrión, Pluvialia, Capraria, Junonia, Canaria, Ninguaria, Planasia, Teode, etc.); y con nombres aborígenes o autóctonos del tipo Tyterogakaet (Lanzarote), Erbania (Fuerteventura), Tamarán (Gran Canaria), Tenerife, Benehaore (La Palma), etc. Otro asunto, no menos complicado, es el que atañe a la nomenclatura actual, su posible procedencia, su primer testimonio. Aquí es donde entran en juego la cartografía y los portulanos anteriormente citados. Siguiendo la imprescindible Historia da Cartografía Portuguesa, de Armando Cortesâo, para el caso del Archipiélago canario, la situación es como sigue. El portulano de Dulcert documenta por primera vez los nombres de Lanzarote (insula de lanzarotus marocelus), Fuerteventura (la forte ventura) y Lobos (vegi mari); también documenta los nombres de Canaria y Capraria, pero los coloca en el entorno de Madeira. La carta anónima ADD.MS.25691 apenas muestra algún progreso con respecto a la anterior, salvo en la denominación de la isla de Lobos, que ahora pasa a llamarse livechi marini. Un avance decisivo, en cambio, es el que tenemos en el portulano de los hermanos Pizigani, ya que en él figuran, además de las anteriores, Gran Canaria, en su ubicación real, con el nombre de ysola de canarie, y La Palma, con el nombre de ysola de palmar. En el atlas Mediceo se documenta además el nombre de Alegranza (la legranza), pero es el famoso Atlas Catalán de Abraham Cresques donde se documentan todas las Islas Canarias por primera vez, menos La Palma y el nombre de Tenerife (en su lugar, la Isla se denomina insula de linferno, como ya la habían denominado los hermanos Pizigani y el atlas Mediceo). La primera documentación del nesónimo Tenerife se encuentra en el Libro del Conoscimiento, del anónimo franciscano, que se suele fechar en torno a 1360, pero que nosotros pensamos que posiblemente sea de la fecha del Atlas Catalán, por las grandes coincidencias que muestran ambos documentos. En la cartografía Tenerife aparece por primera vez en la carta anónima de la biblioteca Ambrosiana de Milán, de 1460, con el nombre de tanariffe, según ha demostrado fehacientemente el prestigioso cartógrafo contemporáneo Juan Tous Meliá. Resumiendo podemos, pues, decir que Lanzarote y Fuerteventura deben su nombre actual al portulano de Dulcert; que La Palma se lo debe a los portulanos de los hermanos Pizigani; que La Gomera y El Hierro se lo deben al Atlas Catalán y al Libro del Conoscimiento, que Tenerife se lo debe al Libro del Conoscimiento, y Gran Canaria, en última instancia, al rey Juba II, según testimonio de Plinio, quien registró el nesónimo Canaria por primera vez. La denominación Gran Canaria la he encontrado por primera vez en la Crónica de Enrique III (cap. XX), del año 1393, y será luego frecuente en Le Canarien (1404) y en documentos eclesiásticos del siglo XV. Como un ejemplo de confusión y manejo desafortunado de las fuentes no me resisto a terminar este artículo con la disparatada explicación del nombre Gran Canaria que se da a los lectores en una revista turística de reciente aparición (Report nº 1/2002, dedicada a Gran Canaria). Hablando de Juba el articulista dice: "Supuestamente viajó hasta el archipiélago canario y a su vuelta se llevó consigo dos de los grandes perros de la raza autóctona, canis grandae , de donde proviene el nombre de Gran Canaria". Si así se transmite a los turistas la cultura relacionada con nuestras Islas, ¡apaga y vámonos! Los que sepan algo de latín no se pierdan ese "canis grandae", todo un monumento a la ignorancia más supina.
* Profesor titular de Filología Griega.
Universidad Complutense de Madrid
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD