CON MUCHA FRECUENCIA la lengua también se disfraza, y no sólo me refiero al lingüístico disfraz carnavalero - tono y acento fingidos - con que la mascarita trata de esconder su identidad, sino a los muchos casos en que el emisor de un mensaje disimula el sentido de la función para la que, originariamente, fue elaborado (según el DRAE - y súmese este ejemplo a los muchos que pueden ilustrar el desconocimiento de nuestra modalidad dialectal - , la voz mascarita, que aparece definida como "Persona que lleva un disfraz, especialmente en carnaval"; es propia de Argentina, Colombia, Guatemala y Uruguay).
La lengua se desfigura cuando el que habla no quiere hacerse entender por quienes no pertenecen a su grupo, como es el caso de los argots juveniles o los de los grupos marginales, que usan, por ejemplo, abrirse por irse, baboso por molesto, flipar por agradar, guiri por extranjero, guita por dinero, palique por charla, sobar por dormir, untar por sobornar o, más recientemente, botellón por desmadre o juerga desenfrenada (callejera y nocturna en la que grupos de jóvenes consumen bebidas alcohólicas).
También son disfraces los eufemismos, palabras o expresiones que sustituyen a otras que se consideran violentas, groseras o malsonantes; así, se acude a la palabra o a la expresión suaves para evitar mencionar lo escatológico, tanto en lo relacionado con los excrementos (caca, pis) como en lo referido a las "postrimerías de ultratumba" (Cfr. DRAE, s.v.), y por esa razón se tiende a utilizar los figurados desaparecer o pasar a mejor vida en lugar de los rectos fallecer o morir.
Pero, más que de eufemismo habría que hablar de manipulación cuando en nombre del principio de cortesía - o de respeto hacia el oyente, que no tiene por qué resultar herido o molestado por nuestros mensajes - , se intenta falsear la realidad designada con el fin de presentar como justificables muchas decisiones injustas y las acciones más abominables. En sectores económicos, por ejemplo - incluyendo al Ministerio del ramo - , suele hablarse de "desaceleración de la economía" cuando ésta, en realidad, se ha parado totalmente, los precios se "reajustan" cuando se produce una subida, los pingües beneficios de las grandes empresas se denominan "excedentes empresariales" y cuando se legisla para facilitar el despido se habla de "flexibilidad de plantillas". Mayor efecto de desconcierto (o superior carga de ironía, según se mire) contienen los eufemismos bélicos y militares que denominan "incursiones aéreas" a los mortíferos bombardeos, "daños colaterales" a sus víctimas civiles y "limpieza étnica" a un execrable genocidio.
También son casos de enmascaramiento lingüístico - y de ambos hallamos ejemplos en los medios de comunicación - aquéllos en los que el emisor, de forma deliberada, abandona el registro adecuado a cada situación comunicativa. Unas veces, con el afán de aspirar a una familiar aproximación al receptor, se vulgariza el estándar en un ofensivo ejercicio de adecuación a su capacidad de comprensión. "El Supremo multa a un guardia civil por poner multas cargado como un chucho", es un ejemplo de titular popularizado según la concepción de quienes escriben, como decía hacer Lope de Vega con sus comedias "por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron / porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto".
En otras ocasiones, simulando poseer una formación de la que se carece, se adorna el normal ropaje de nuestro natural discurso con aditamentos extraños y artificiosos. El estilo ahora se "literariza" ingenuamente con recursos lingüísticos que no se saben utilizar; los resultados normalmente son deplorables.
Algunas de las formas más socorridas para conseguir por la vía rápida mensajes aparentemente prestigiosos son el uso de neologismos innecesarios y la adopción de tics propios del lenguaje jurídico - administrativo.
Abundan los crudos extranjerismos y los calcos o falsos amigos, sentidos foráneos que camuflados en familiares apariencias usurpan el papel de voces propias; se producen estos calcos cuando se usa agresivo como sinónimo de emprendedor ("vendedor agresivo"), o doméstico por nacional ("vuelos domésticos"), evidencia por prueba ("evidencias de un delito"), conducir y conductor en vez de presentar y presentador de un programa de radio o televisión y, más recientemente, colapso por derribo o hundimiento ("el colapso de las Torres Gemelas").
Ignoro si hay algún propósito oculto que aconseje un cambio de actitud ante el uso de la lengua por algunas entidades bancarias (tan anglófilas ellas), pero me ha llamado la atención la repentina utilización que del verbo dispensar están haciendo últimamente: "Este cajero dispensa euros", reza en un gran cartel de una sucursal de mi barrio; y no me imagino yo al banquero preguntándole al euroatribulado cliente qué moneda quiere que le dispense cuando puede echar mano de sinónimos más comunes como dar, suministrar, proporcionar, proveer, porque dispensar, además de "disculpar" o "perdonar" ("lo dispenso del examen a causa de su enfermedad") se viene utilizando con el sentido restringido de "conceder honores o mercedes" ("dispensar favores, dispensar una calurosa acogida"), o, como mucho, "despachar o suministrar un medicamento" ("dispensar metadona"): de ahí, seguramente, el sustantivo dispensario para designar al establecimiento en el que se da asistencia médica y farmacéutica.
De la enorme influencia que ejerce en la lengua común el lenguaje jurídico - administrativo trataremos en otra ocasión.
Confiemos en que, del mismo modo que después del carnaval viene la cuaresma - período dedicado a la purificadora penitencia - , llegue la calma a las tempestuosas aguas de la lengua: ¡Cuánto irresponsable debería someterse a intensos ejercicios lingüísticos con el fin de purgar sus culpas por tantos desmanes cometidos con nuestro maltratado idioma!* Catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Laguna
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD