Criterios
ANDRÉS CHAVES

Leoncio Rodríguez y José Manuel Guimerá


10/mar/02 20:54 PM
Edición impresa
NO HACE FALTA elogiar la figura de dos de los literatos más importantes de los comienzos del siglo pasado en Canarias; al menos sería ocioso cantar sus virtudes para las personas con inquietudes intelectuales y con amor al pasado. Pero es menester hacerlo para las jóvenes generaciones, un tanto distanciadas de la época y de la obra de Don Leoncio Rodríguez y Don José Manuel Guimerá. Lo cierto es que ahora recorro casi diariamente las viejas librerías de Madrid, en busca de las huellas de nuestro pasado. Y he encontrado cosas tan curiosas como la obra de Florence y Ella Du Cane, por cierto - y que yo sepa, al menos - sin traducir aún al castellano, sobre su viaje tinerfeño, que otro día comentaré; y he hallado una edición, para mí desconocida, sin fecha ni pie de imprenta, de las "Estampas Tinerfeñas" de Don Leoncio Rodríguez, prologadas por Don José Manuel Guimerá.
Tengo a mucha gala ser amigo de José Rodríguez Ramírez, sobrino carnal de Don Leoncio y editor y director de este periódico, y del ilustre abogado tinerfeño Ángel Isidro Guimerá Gil, hijo de tan recordado ensayista tinerfeño. Leyéndolos, tantos años después de su desaparición, uno tiene que citarlos con infinito cariño y respeto. Don Leoncio hizo una síntesis certera de su Isla, a la que amó a través de estas estampas humanas, costumbristas, bucólicas, certeramente descritas a través de una prosa tan llena de amor por la tierra en que nació. Este periódico continúa su obra sin perder un ápice de su lucha. Han cambiado los tiempos. Las cosas que ahora se describen tienen más que ver con la política, con el suceso desagradable, con la extraña y cambiante vida del siglo XXI, que con la narrativa sentimental, pero el resultado final ha de ser el mismo: una Isla por encima de todo.
José Manuel Guimerá, cuyas obras completas en prosa y en verso van a ser reeditadas antes del verano, dice de Leoncio Rodríguez que "...siente la Isla de la manera más íntima y entrañable. La hace suya en el fervor con que la trata y en la bondad con que la sueña. Él es también un poco como ella: algo hosco y reconcentrado de lejos; efusivo y cordial en la intimidad del trato".
Lejos, en parte, de Canarias por motivos profesionales, y con el agradecimiento al editor y fiel continuador de la obra de su tío por acoger en sus páginas mis artículos, he leído con deleite la descripción ignorada de ambos escritores, desde La Verdellada a la monja santa de las Catalinas, desde La Esperanza a una centenaria desconocida que llevaba en su ser toda la esencia de nuestra tierra canaria.
"Desde entonces", dice Leoncio Rodríguez refiriéndose al siglo XIX y a la música principal de nuestras Islas, la de Teobaldo Power, "nuestros Cantos fueron un hosanna y una exaltación de la raza. Una música propia, esencialmente nuestra, en que se juntan y armonizan el vigor del espíritu guanche en sus danzas desconcertadas y selváticas, con la gracia y el acento hondo de las folías, la nostalgia insular de la isa, la indolencia rústica del canto del gañán en las eras y toda la sensibilidad y ternura de la mujer isleña en ese arrullo maternal que pone temblores de emoción en lo más íntimo de nuestros recuerdos...
Peñascos para mí ahora más lejanos que cercanos, pero que tiran de mí hacia ellos de una manera brutal, como aquellos mitológicos cantos de sirena. Ya no me interesa demasiado lo que ocurre en ellos que tenga que ver con lo pequeño, lo pueblerino y sus guerras fratricidas y malintencionadas, me interesa mucho más el recuerdo y la ilusión de lo que pueden llegar a ser nuestras Islas, y singularmente la nuestra, siguiendo consejos tan sabios y nostalgias tan enriquecedoras.
He terminado, en mi casa de Madrid, el segundo tomo del libro "Tenerife, qué añoranza". He encontrado en las viejas librerías de la capital tal cantidad de material de nuestro pasado centenario que me he concentrado con ilusión en parir otro tomo más de unas memorias gráficas y literarias de la Isla que no puedo ni debo evitar.
Leyendo, como devoré, tanto el prólogo como los capítulos de las "Estampas Tinerfeñas" me he dado cuenta del tiempo que he perdido, de los años que he gastado en derrotas (de navegación profesional) que son superficiales, lejos de la literatura, de la nostalgia y de muchos valores que aprendí y que, por desgracia, olvidé.
Lástima que mi padre, que murió en agosto pasado, no lea hoy estas líneas emocionadas, teniendo en mis manos una estampas - la de Don Leoncio - que me han hecho trasladarme, con gran agrado, al pasado de mi tierra.
Y ustedes disculpen este brote de sinceridad al que no estoy ciertamente acostumbrado en mi aguerrido trepar y descender por los escalones de esta profesión.
ANDRÉS CHAVES