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RUBENS HENRÍQUEZ

Las Directrices, el PDCAN y las cataplasmas


10/mar/02 20:54 PM
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COMO CUESTIÓN PREVIA, quede sentada la necesidad de un desarrollo sostenible en nuestras Islas. Al respecto, este comentarista tiene el recuerdo valioso de su participación, hace cerca de treinta años, en el Informe del Colegio de Arquitectos - con el concurso de acreditados especialistas - para un Plan de Ordenación del Territorio de Canarias, cuyos objetivos siguen siendo válidos. Incardinado en el entonces Plan de Desarrollo de Canarias, para "hacer descansar la ordenación física en la planificación económica e, inversamente, apoyar las inversiones en la estructura espacial de la región". Planteamiento académico, si se quiere, pero apropiado para esta situación.

La planificación económica tuvo su crisis histórica, no porque fuera inconveniente programar las inversiones públicas, sino por la pretensión de que una economía dirigida sustituyera la libertad del mercado.

No ha hecho, en cambio, crisis histórica, pero sí está en quiebra la política de suelo española, empeñada en resolver sólo mediante el planeamiento y la gestión urbanística problemas de índole en buena parte económica.

El proceso Moratoria/Ley de Medidas Urgentes se remata con las Directrices de Ordenación, instrumento cumbre de la Ley de Ordenación del Territorio de Canarias, del que hay que dejar sentado también que puede suponer una importante aportación a nuestras cuestiones. Ahora bien, liberado del confusionismo el extenso contenido de estos documentos y las aportaciones que ha suscitado, es necesario aislar el problema esencial:

- Canarias ha sido desde siempre una región pobre - por la exigüidad de sus recursos agrícolas e industriales, las dificultades de su territorio, sus circunstancias insulares - cuya más expresiva traducción ha sido su condición de región de emigrantes.

- Sus mismas condiciones territoriales, ante la aparición de la industria turística resultan, en cambio, extraordinariamente ventajosas, y como consecuencia objeto de un desarrollo económico cuya respectiva traducción ha sido el pasar a ser una región de inmigrantes.

Planteada la sostenibilidad, ante el consumo de recursos que esta situación produce, se han ido proponiendo distintas fórmulas que propugnan: ajuste de la industria turística a la demanda; crecimiento exclusivo en calidad; renovación de las instalaciones; disminución de la producción turística; propuesta radical de ni una sola cama más. A las que se suman las fórmulas que atienden la otra vertiente del problema, el consumo del territorio por la vivienda, para el que se propicia una Ley de Residencia o una concentración de la población.

El presidente del Gobierno, en unas declaraciones de Prensa, pretende incluso, para controlar la llegada de europeos en busca de trabajo, moderar nuestro auge económico. Y el consejero de Política Territorial, escorar las partidas presupuestarias de la Comunidad Autónoma hacia la mejora medioambiental.

No queremos ahora entrar en el análisis de unas u otras fórmulas, sí dejar claro que debe atenderse el adjetivo de la sostenibilidad - cuidando sus vertientes ambiental y social - , pero primero el sustantivo económico del desarrollo. Toda disminución del nivel que están aportando el turismo y la construcción, si no se sustituye por el que resulte de otros recursos, sería un desarrollo sostenible o como quiera llamarse.

Apoyarnos otra vez en la agricultura, la ganadería o la pesca es volver a la situación pretérita. Las posibilidades de la ZEC, siendo importantes, no pueden suponer un desarrollo comparable con el actual, y las llamadas a las nuevas actividades, como son las de la información y las comunicaciones, no son muy propicias si se compara el desierto tecnológico en que nos movemos con las facilidades de las empresas de la construcción para hacer posible la rentabilidad de sus inversiones.

En cualquier caso, y esto es lo que queremos plantear aquí, la diversificación de la economía, las posibilidades para su desarrollo, cercenando el que ofrecen los actuales recursos, por deseable que sea, no puede resolverse con declaraciones de principio, formulaciones voluntaristas y planteamiento de metas, como las que llenan el texto de las Directrices y sus apoyos políticos.

Entre tanto el PDCAN, el Plan de Desarrollo de Canarias para los años 2000-2006, con el que se orientaron los fondos de cohesión europeos, también contiene formulaciones para nuestro turismo: mejora de la calidad y diversificación de la oferta y de las infraestructuras turísticas, consolidación de la imagen canaria, desarrollo de nuevos mercados, etc.

Dejando aparte las limitaciones del PDCAN, derivadas de su propia naturaleza, por la fecha en que se redacta no plantea, con toda su trascendencia, un cambio de nuestra estructura económica como el considerado ahora, ante el que se necesitan importantes medidas incentivadoras y un encauzamiento de la inversión, con aportaciones económicas concretas. Recientemente se convocó un concurso para su modificación, de la que cabría esperar su atención preferente a esta situación, aunque no se sabe que haya prosperado. Volviendo entonces a las exclusivas medidas de la ordenación física del territorio para esta trascendente situación, uno piensa en aquellos emplastos de harina caliente disuelta, que se aplicaban como una medicina casera en la época de nuestros antepasados: las cataplasmas. Que podían aliviar, pero realmente no curar mucho.

RUBENS HENRÍQUEZ