LA MADUREZ DE UNA sociedad, en general, se manifiesta por el grado de responsabilidad que es capaz de aceptar cada miembro de la misma; ya sea ésta en el plano social, político, religioso, empresarial...; y ya sea de forma individual o de forma colectiva. A nosotros, los españoles, nos falta aún mucho camino por recorrer en este sentido. De hecho, esto es así, si nos remitimos a los acontecimientos sucedidos hará algunas semanas donde unos jóvenes - cuando escribo este artículo van cuatro víctimas mortales y media docena más ingresados en estado grave - han fallecido por haber ingerido determinados estimulantes para darle marcha al cuerpo y a la mente de forma totalmente artificial ante la falta absoluta de imaginación y ante la carencia de motivaciones y actividades naturales que, por lo visto, les ofrece esta sociedad en la que viven. Y eso sucede, entre otras razones, porque esta sociedad, a la que cierto sector de la juventud tan displicentemente da la espalda, trabaja para que ellos, precisamente, puedan darse el lujo de ser distintos, que no distantes de una realidad que los explota y, a veces, mata. Esto sucede, además, por manipular la tolerancia hasta convertirla en permisividad que ahora se manifiesta, precisamente, en una responsabilidad diluida entre todos los organismos e instituciones públicas y privadas, incluida las familias, que ante la evidencia de la tragedia, tienden a culpar siempre al de enfrente, intentando cada afectado mirar hacia otro lado cuando no inculpar directamente a las víctimas. Es evidente, y no haría falta ni siquiera señalarlo, que ante determinadas situaciones - drogas, alcoholismo de fin de semana, fracaso escolar, inseguridad ciudadana... - , todos tenemos nuestra parte de culpa y por ello deberíamos, de alguna forma, intentar contribuir a que la juventud, en general, encuentre nuevos modelos y motivaciones para encauzar mejor sus aspiraciones, necesidades y deseos. Pero también es evidente de que, de todos los estamentos implicados, es la familia la que juega un papel más predominante y, sobre todo, más determinante en la formación y en el desarrollo y en el comportamiento social de los individuos y futuros ciudadanos. De nada sirve esperar una conducta y una actitud ética, moral y socialmente aceptables en los hijos, si este proceder no se encuentra previamente en el entorno familiar. El ejemplo es el mayor y mejor enseñante que se pueda encontrar, y, por el contrario, una mal entendida tolerancia y proteccionismo sólo sirven para eludir una responsabilidad que de ningún modo debería ser delegada y, menos aún, diluida.