Nada más entrar en la habitación de Miguel Expósito Hernández, de 52 años y uno de los heridos que todavía permanece ingresado en el Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria, comenta sin apenas tiempo para mediar un saludo "qué pena, mi esfuerzo no ha servido para nada, porque me han dicho que encontraron a José Domingo".
Miguel Expósito, que momentos antes permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos, había sido informado erróneamente de que el cuerpo del joven de Valleseco era localizado sin vida esa mañana. La noticia le produjo un gran impacto porque a media tarde del domingo, cuando el torrente de agua, lodo y piedras bajaba a sus anchas por las calles de San Andrés arrastrando todo lo que encontraba a su paso, arriesgó su vida para rescatar al joven santacrucero del interior de su vehículo.
Este hombre, casado y padre de un hijo, es la última persona que lo vio con vida y se lanzó a la riada pese al peligro que suponía adentrarse en el lodazal que tenía a la víctima acorralada contra el muro de contención de su huerta.
"El agua estaba arrastrando ya todos los coches y los dejaba en el barranco", recuerda Miguel Expósito que, entre la catástrofe, se percató de que en uno de ellos se encontraba una persona.
La boca del barranco había quedado colmatada a la altura del puente del Cercado y el agua discurría por encima a una velocidad de vértigo, por lo que Miguel se apresuró a romper de una fuerte patada el cristal de la puerta izquierda del flamante vehículo para rescatar a José Domingo Rodríguez.
Fueron momentos de una gran intensidad en los que tuvieron tiempo para cruzar algunas palabras. "Le dije que saliera del coche porque el agua llegaba a la mitad de la puerta y él solo no podía abrirla, pero nada más salir nos llevó a los dos y al coche también".
Comenta que José Domingo se lamentó de aquella mala suerte. "Me dijo lo del coche es una pena, me queda una letra o dos por pagar, pero le contesté que no se preocupara, que tenía que salir de allí".
Lo que este vecino de San Andrés vivió después fue una auténtica odisea. Recuerda que el torrente lo arrastró primero y que José Domingo quiso en un intento desesperado agarrarse a él.
Un largo viaje al mar
"Yo vi que él salía y el coche también. A mí me tiró el agua por encima del barranco y me arrastró hasta el mar. Tuve suerte de que una piedra no me diera en la cabeza, porque entonces hubiera perdido el conocimiento y estaría ahogado", se consuela Miguel, que señala haberse dejado ir sin oponer resistencia al agua y respirar durante más de un kilómetro entre un caudal muy violento. "Sí, estoy vivo de milagro", asiente este vecino, un hombre corpulento, de brazos y piernas fuertes que, sin lugar a dudas, le permitieron resistir el embate de la riada y encontrar la escollera.
Asegura que fue un largo viaje, de unos veinte minutos, en los que con un brazo inmóvil por el dolor del costado realizó grandes esfuerzos para nadar entre las cañas que la escorrentía había arrastrado.
La escollera, a la altura de la Cofradía de Pescadores de San Andrés, fue el lugar de destino de Miguel Expósito, que trepó varias rocas y permaneció a la espera de ser avistado por algún vecino. "Intentaron sacarme con una cuerda, pero me dolía mucho, por lo que me levantaron con una silla".
En el interior de la Cofradía, los camareros y pescadores lo abrigaron con manteles. Pasadas las ocho de la tarde fue evacuado en un helicóptero venido desde Gran Canaria a socorrer a las víctimas de la tragedia. Ingresó en la UCI de La Candelaria, de la que ayer por la mañana fue trasladado a la planta cuarta del centro sanitario. Su esposa supo el lunes que había salvado la vida de la catástrofe.
Todavía Miguel, que tuvo un gesto heroico de inmensa solidaridad, no es del todo consciente de la magnitud de la tragedia que le tocó vivir.
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