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EL VARISCAZO MONTY

Cuando se reta a la naturaleza


5/abr/02 22:19
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ACONTECÍA UN SIETE de noviembre lluvioso en grado sumo y, de improviso, los sirvientes irrumpieron en el salón de la casona para avisar a Doña Cecilia de la necesidad de abandonarla, debido al cariz amenazador que estaba tomando la tormenta. Apegada a sus bienes materiales, la dama, abrazada a su caja fuerte, declinó el sabio consejo y se quedó custodiándolos. Algunas horas más tarde, pasado el aluvión, cuando los sirvientes regresaron para poner orden en la vivienda, encontraron la caja trasladada de sitio por la fuerza del agua, pero no a su dueña. Días más tarde, su cuerpo apareció flotando frente a la costa portuense de Martiánez. Corría a la sazón el fatídico año de 1826. Fecha en la cual, además de perderse la primitiva imagen de la Virgen de Candelaria, el suceso se saldó con 261 víctimass, 1.080 cabezas de ganado, 344 casas, 16 puentes, 8 acueductos, 10 molinos, 3 castillos (entre ellos el de San Andrés, no citado en algunas crónicas), 3 templos y tres naves de alto bordo. Cuantificándose económicamente en más de 7 millones de pesetas del siglo XIX.

Es posible, según las estadísticas, que el suceso ocurrido en la tarde del pasado domingo pase cada 500 años. Pero lo cierto es que durante ese período, y aun mucho más cercano en el tiempo, en que fui testigo de las desgracias sucedidas a principios de la década de los cincuenta, la estupidez y la ambición humana ha progresado en desafiar a las leyes naturales; hasta el punto de negarle a las aguas sus caminos históricos. De ahí la tragedia ocurrida, donde lo único irreversible ha sido la muerte de personas y las consecuencias anímicas para sus seres más allegados. Y como tratar de dominar a un rascacielos de 16 kilómetros de alto por uno de ancho, repleto hasta los topes de agua, la denominada cumulus nimbus o nube de desarrollo vertical, resulta imposible; es mucho más factible no cegar los cauces naturales de los barrancos con planes urbanísticos elaborados al alimón entre técnicos incapaces y políticos poco escrupulosos con sus obligaciones, permisivos en conceder los beneplácitos a los entes privados sin realizar un estudio concienzudo de las condiciones ambientales, incluidas las meteorológicas.

El que hayamos tenido que ver tantas tragedias personales y materiales, cuyas consecuencias están aún por evaluar y tratar de resolver, nos induce a pensar en la triste lección aprendida . Aunque, una vez restañadas las heridas, estamos seguros de que nuestra propia condición nos hará volver a bajar la guardia ante sucesos de esta magnitud. Y es esa misma capacidad olvidadiza la que hará, incluso, que obviemos las desgracias ajenas tan pronto como la solidaridad pública y privada haya descargado su conciencia colectiva.

Volveremos, pues, a incidir en nuestros propios errores y seguiremos desafiando a las fuerzas de la Naturaleza. Las cuales, repito, según las estadísticas, han esperado pacientemente cinco siglos para tomarse cumplida venganza. Por un momento, he recordado la parábola de la rana y el escorpión, que cruza el cauce del río con su presunto amigo a las espaldas, hasta que éste, de una forma visceral, le clava el aguijón sobre el lomo. Y cuando los dos comienzan a ahogarse y la rana, moribunda, le pregunta el porqué de su actitud irracional. El escorpión, encogiéndose de hombros responde: "No lo he podido evitar, ha sido mi propia naturaleza". Pues esa conducta será, no lo dudemos, la que nos haga enfrentarnos tarde o temprano con los dioses del tiempo. Aunque, por nuestro bien, abogo porque tarde, como mínimo, otros cinco siglos. Recuperemos, pues, el ritmo ciudadano y ayudemos en la medida de nuestras posibilidades.

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