DURANTE MILES DE AÑOS, el hombre fue un mamífero que vivió en la copa de los árboles. Entretenido con el canto de las cacatúas y los loros, aquel mono triste pasaba los días despiojando a su prole, comiendo la pulpa de las guayabas maduras y libando batidas de coco. Nada de lo que ocurría a sus pies, sobre la tierra firme, merecía atención, ni las trepidaciones del suelo al paso de los grandes hervíboros, ni el concierto de las ranas en la laguna próxima, ni las disputas territoriales de los machos en celo. Así fue durante mucho tiempo y nada parecía llamado a alterar aquella paz celestial en el reino de la clorofila; pero, como bien enseñan los cuentos infantiles, la curiosidad acaba por matar al gato: el día menos pensado, el mono más novelero de la familia se deslizó tronco abajo hasta dar con las plantas de sus pies en el suelo firme. De inmediato, descubrió la gran ventaja: una superficie terrestre plana y aparentemente ilimitada sobre la que poder correr sin detenerse. No tardaron, no obstante, en manifestarse los inconvenientes del nuevo modo de vida adoptado: el rabo, tan práctico en la vida arbórea, resultaba un perfecto estorbo en el suelo; sobre todo en las horas de mayor concurrencia, en las que todos los pisotones iban a parar a aquella parte de la anatomía. Resueltos a terminar con el inconveniente, nuestros antepasados optaron por eliminar ese apéndice, que, a día de hoy, es un vago recuerdo sólo perceptible en las ecografías de los fetos de pocas semanas.
También la manera de andar tradicional se reveló un atraso. La marcha a cuatro patas con la cara a medio metro del suelo les permitía descubrir fácilmente las larvas y las hormigas dulces que andaban entre la hojarasca; a cambio, eso sí, de ofrecer un blanco sencillo para el predador que quisiera atacarles por sorpresa. Hubo, entonces, que someter al cuerpo a una retorsión brutal para alcanzar la bipedestación. Se logró y empezamos a mirar a los animales por encima del hombro como si fuéramos los reyes del mambo. Pero no hay progreso sin costo, como no hay disparo sin retroceso: en ese mismo instante comenzaron los problemas de espalda que acogotan al homo sapiens y de los que tampoco se libraron los aborígenes de El Hierro, según se contaba en este periódico días pasados. Quien se pasee por la web de la Fundación Kovacs (www.webdelapespalda.org) conocerá parte del catálogo de horrores con el que estamos pagando la insensata temeridad de aquel primer mono farruco que echó el pie a tierra.
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