Santa Cruz de Tenerife

Dolor, responsabilidad, esperanza y fe


7/abr/02 22:24 PM
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PROBABLEMENTE SEA LA ADVERSIDAD
una de las piedras de toque para valorar la categoría de las personas y de los pueblos. Porque el infortunio suele dejar en pelete, desnudo y sin ropaje ninguno, al espíritu del individuo en su entorno. De modo y manera que las desgracias actúan de crisol para aquilatar el alma del alma, la genuina calidad de la nobleza, del coraje, de la honradez y de los otros valores humanos del ciudadano. Incluso de los latidos de la ciudad en la que el hombre y la mujer gozan desde el bullicioso amanecer a la vida hasta sentir los fríos silenciosos del adiós. Del ocaso definitivo.

En Santa Cruz de Tenerife atravesamos, todavía, esa prueba de amargura plena. De drástica conmoción. De trance supremo. Aunque, ¿ya somos del todo conscientes de la tragedia acontecida y de cuanto, fatalmente, pudo suceder? Lloramos la pérdida, infinita, de siete conciudadanos. Y las víctimas, tal vez, en circunstancias aún más desoladoras, serían hoy incontables...

En la madrugada del domingo 31 de marzo ninguno de nosotros barruntaba que, al anochecer, esta misma Capital, cuna luminosa y apacible del Atlántico, habría de quedar cegada y ensombrecida por el sufrimiento. Convulsionada, rota en la desgracia. Enlutada en el fango, en el temor, en la devastación y en la angustia.

PERO EN LAS HORAS Y EN LOS DÍAS siguientes hemos debido embridar el dolor, indescriptible, y renacer a las obligaciones y a los anhelos. A pesar de los pesares. Animados por el protagonismo, glorioso, de tantísimos santacruceros e isleños anónimos, entregados a servir a los demás con sencillez y naturalidad, y precedidos del ejemplo de varios de los fallecidos, que inmolaron su existencia en favor de algún prójimo en apuros. Permítasenos que entre estos sacrificados incluyamos el nombre de "Goyito". Don Gregorio Ramón Travieso Pérez, de 45 años, era un modesto repartidor callejero de estas hojas volanderas a las que llamamos Prensa - también EL DÍA - y cuya sonrisa de gente buena se llevaron a la eternidad las aguas cuando auxiliaba a una señora mayor en la calle San Sebastián. No hay como la grandeza de los humildes para reconfortar las congojas y las consternaciones, olvidándonos de los egoísmos propios.

Sosegados, pues, en las sinceras lágrimas; enorgullecidos por las estelas abnegadas de nuestros mejores; consolados y muy agradecidos por la solidaridad con que nos han arropado desde el resto de Nivaria, del Archipiélago al completo, de las demás Españas y de otros países, debemos seguir arrimando el hombro para revitalizar a la queridísima Ciudad, a la entrañable Madre malherida. Empezando, claro está, por socorrer de inmediato a sus hijos, nuestros hermanos menesterosos.

En esta misma Casa promovemos la Campaña de EL DÍA, por las familias más necesitadas, con objeto de que los hogares peor afectados y de menores recursos económicos reciban, lo antes posible, artículos de primera necesidad o enseres domésticos. Con las aportaciones cívicas, distribuidas mediante la inestimable colaboración conjunta de Cáritas y del movimiento vecinal integrado en la CONCAVE. La iniciativa, puesta en marcha el martes pasado, ha sido de urgencia y concluirá los próximos día 15, en cuanto a los ingresos, y el domingo 21 en la entrega total de lo recaudado a los destinatarios.

SALVADA LA PRIORIDAD DE ALLEGAR un primer aliento de esperanza a los más perjudicados por la calamidad, que han sido los de siempre, estimulamos la responsabilidad de las Corporaciones y el debate social sobre la catástrofe.

No seremos inquisidores totalitarios, ni perros de presa de la demagogia corrupta. Mas, sí que vamos a denunciar cualquier intento de lucro politicastro a cuenta de la sangre vertida y del luto cívico. De entrada, instamos a las autoridades del Gobierno Autónomo, ausentes en la brega santacrucera en los dramáticos instantes de la tragedia, a que no cometan la desvergüenza de chupar cámaras en el funeral de pasado mañana. Respeten la memoria de los muertos, la aflicción de los familiares y el esfuerzo, sobrehumano, de los vivos.

Quienes no fueron pueblo luchador, con el pueblo chicharrero hundido, perdieron su representatividad popular, si no en términos legales, sí moralmente y de hecho. Y ningún inmoral merece consideración ni crédito, si queremos preservar la dignidad de las instituciones. Otro tanto ocurre con cuantos fallaron en las previsiones, la coordinación o el desperdicio del voluntariado cualificado...

Sosegadamente, habrá que analizar lo que nos ha pasado, por qué, en qué medida podrá paliarse en el futuro y sobre qué raíces ha de florecer nuestra fe.