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LA MIRADA PERPLEJA RODRIGO FIDEL RODRÍGUEZ BORGES

Teatro pericoloso


10/may/02 20:58 PM
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LOS TEATROS TIENEN un nosequé que los hace especialmente propicios para los hechos sorpresivos, las intrigas o las acciones desesperadas. Por ese motivo son lugares donde los escritores y cineastas gustan situar momentos culminantes de sus dramas. Acaso porque les resulta particularmente atractivo explorar el juego paradójico que puede establecerse entre realidad y ficción, entre lo real - ilusorio que ocurre en la escena y lo real - real que la envuelve: el disparo del asesino que se esconde entre los cortinones del palco queda enmascarado por el sonido de los timbales de la orquesta, el cuerpo sin vida del maleante que se precipita desde lo alto de la tramoya es observado como otra genial vuelta de tuerca de la trama, la entrada de policías auténticos por el patio de butacas en pos del criminal es percibida por el espectador embelesado como un logrado golpe de efecto del director de la función, y hasta los gritos de "fuego" que profiere alarmado un individuo en la platea son celebrados admirativamente por el vecino de localidad, convencido de que el gritón es un (excelente) actor colado de matute entre el público.

En la película de Hitchcock "El hombre que sabía demasiado", un desesperado James Stewart trata de evitar que el asesino dispare sobre el mandatario extranjero que disfruta del concierto en su palco, en el preciso instante en que la orquesta ataca un fortísimo. El patio de butacas es también la ubicación elegida por Carpentier en su novela "El acoso" para que la policía secreta de Batista abata al joven conspirador contra la dictadura, justo al final del concierto en el que se ha interpretado La Heroica de Beethoven: a la salida del público, dos agentes disparan sobre el agitador que se ha escondido tras el barandal del palco y algunos músicos regresan al escenario abrazados a sus instrumentos, creyendo que los estampidos eran los truenos de una tormenta recién desatada. Se entiende, entonces, que en escena el personal de la farándula se mosquee a la mínima. De ahí la reacción extemporánea de Enrico Caruso durante una representación de ópera en Cuba. No me pidan precisiones porque no puedo darlas, pero lo que importa al caso es que, en plena función, algo (un disparo, un atentado con bomba, un conato de incendio o vaya usted a saber) ocurrió, y de tal gravedad que el tenor, presa del pánico, huyó de la escena y se perdió en la negrura de la noche habanera. Dos días con sus noches anduvo Caruso desaparecido disfrazado de Radamés (que también es pinta para andar por la calle). Nunca se supo a ciencia cierta dónde estuvo ni qué hizo durante aquellas horas, pero hay una novela, cuya autora olvidé, que se atrevió a imaginarlo.

LA MIRADA PERPLEJA RODRIGO FIDEL RODRÍGUEZ BORGES