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ELPIDIO H. TOSTE

La aventura de los tranvías


10/may/02 23:31 PM
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A la memoria de mi hermana Felisa, compañera

ejemplar en la vida y en las aulas:

heredero agradecido me siento de todo cuanto aprendí de ella.

HACE YA ALGUNAS DÉCADAS que los tranvías Santa Cruz-Laguna-Tacoronte fueron jubilados, porque, como pasa en la vida misma, les llegó su hora. Es natural.

Pero desde hace poco para acá, ha nacido el intento de volverlos a la vida, no como un acto de contricción por haberlos desechado entonces, ni como algo que tenga que ver con la nostalgia. No: es que pudieran volver a ser útiles. Eso es lo que cuenta. Que constricción y nostalgia no son cosas de ahora.

Por eso, técnicos, políticos, soñadores, realistas, optimistas, y hasta, quizá, pesimistas convertidos ahora en futuristas de avanzadilla, hablan y hablan sobre las ventajas e inconvenientes de echar andar otra vez aquellos pesados artilugios de ruedas de acero, monótono camino de raíles paralelos, tendido eléctrico aéreo y trole con ruedecilla final de contacto, adicto a la travesura de escaparse de su sitio, como cualquier chico travieso de la época.

Para quienes durante cinco años hicimos el recorrido de ida y vuelta Santa Cruz-Laguna-Santa Cruz, el recuerdo del tranvía sigue indeleble en nuestro currículum, como un sustrato sentimental en forma de delicado presente envuelto en fino papel de regalo: Los recordamos de color azul; unos mayores, como el "15" o el "16" (¿); otros menores; más carracas unos que otros; hinchables... todos.

Lugar y hora de partida: Plaza de Weyler, frente a la librería de Sixto, a las siete y veinte de la mañana... si llegabas a tiempo. Porque, antes, en casa, dejar la cama a golpe de despertador, el aseo personal, preparar los gordos libros que llevar bajo el brazo, y el intento de desayunar, era una repetida carrera de obstáculos, digna de mejor narrador.

Pero el gran tirano de aquellos momentos acelerados de cada mañana era el infiernillo de petróleo - la cocinilla - : tres patas sosteniendo la feúcha barriga amarilla del petróleo, el quemador en medio, el aro, y, encima, el caldero con la leche (?) o lo que fuere: el pitorro se tupía, o el destupidor se partía, frágil y elemental como era, el petróleo se acababa. ¿Dónde está la lata?... ¿Y el fonil? La propia cocinilla ahumaba... pero aún así... ¡hay que darle más fuelle!

Acabado este primer combate en la amanecida,... ¿piernas para qué os quiero... si no es para volar, más que para correr, desde la calle de la Rosa hasta Weyler?

Llegamos: un ahogado suspiro de alivio se escapa. Menos mal que allí estaba aún nuestro tranvía. Pero, ¿cómo entrar? Si no te quedaba más de la mitad del cuerpo fuera, en el estribo, habías tenido suerte. Contradigo aquí, rotundamente a esos torpones pensadores que hablan de que "en corazón de mujer y en travía abarrotado... siempre cabe uno más". ¡Dios bendito!

Es verdad que si esa mañana los hados estaban contigo, y entrabas tu cuerpo en su cien por cien, vete pidiendo que te dejen de dónde poder agarrarte y que también el otro pie te lo dejen poner en el suelo. ¿Sentarte?... Ese era un privilegio para los que - listillos ellos - se habían desayunado por la noche, antes de acostarse.

Al fin, nos ponemos en marcha. Poco después... ¿qué pasa? El tranvía se para de golpe. Suena estridente y angustiada la chicharra del freno de mano, al que el conductor da garrote y más garrote. Se baja, después, y ve, preocupado y con mala lech..., que una vez más, el trole se ha salido de su sitio. ¡Puñetera ruedita!... En el intento de volverla a su sitio, chisporrotea a lo grande contra el cable.

Ahora sí: Rambla de Pulido arriba, y, golpe a golpe, Plaza de la Paz, Puente de Zurita, curva de Vitabana, El Fielato, poblado de La Cuesta, curva de Gracia, Cruz de Piedra, y... ¡La Laguna a la vista! Por fin, rendimos - nos rendimos - viaje en la calle de La Carrera. Para final, una carrerita hasta la calle de San Agustín. Era la meta.

Mañana, si no es domingo, otra vez el tranvía. Bendito sea.

Para bien de los usuarios de ese mañana, alimento con esta recordación, mi propia esperanza de un tranvía moderno, eficaz y cómodo, a la vez que animo a técnicos y políticos a que - si así ha de ser - piensen con los pies - con los dos - en el suelo, como difícil era hacerlo en aquellos tranvías de antes, coprotagonistas de una vida que ya queda lejana, pero, al fin, vivida con la alegría que siempre da la juventud.

ELPIDIO H. TOSTE