POR AQUELLAS FECHAS de los años cincuenta del pasado siglo, nuestra Isla, como todo el país, atravesaba difíciles momentos derivados de las dos guerras que de alguna manera incidieron en nuestro vivir, haciendo de la emigración uno de los pocos recursos para poder subsistir. Unos enfilaban la travesía de América, principalmente Venezuela, en frágiles embarcaciones que ilegalmente cruzaron el Atlántico, cargados de heroicas ilusiones.
Otros podían elegir la vía legal, y marchaban al nuevo mundo con su maleta de madera esgrimiendo un contrato de trabajo, o la famosa "carta de llamada" de algún familiar o amigo, que residiendo en la otra orilla, llamaba y se hacía responsable, de la presencia en el país del recién llegado. Esto garantizaba, en teoría, su pronta incorporación al mundo del trabajo.
Y digo en teoría, porque esos documentos los vendían muchas veces las mafias de siempre, siendo en ese caso ficticio y dejando al emigrante a su libre albedrío en la tierra prometida.
Y fue por aquellas fechas ya tan lejanas que recaló por nuestra ciudad un funcionario procedente de la Península, que arropado por la tradicional hospitalidad palmera, se aficionó pronto a las tertulias del atardecer en los bancos de la Plaza de España.
Pero aquel chupatintas, que ejercía de godo, en cuanto tomaba la palabra, no hacía más que ensalzar las bellezas y comodidades de su tierra en contraste con la pobreza y atraso de la nuestra. Y esta actitud negativa, manifestada un día y otro, acabó cansando a los contertulios isleños, que decidieron darle un parón definitivo al impertinente forastero.
Una tarde en que el godo empezaba ya a despotricar de la tierra que le dio acogida, fue súbitamente interrumpido por uno de los contertulios que le soltó a bocajarro: "Enséñenos, por favor, la carta de llamada". El funcionario, sorprendido, contestó que no la tenía, porque a él no lo había llamado nadie, sino que había venido por aquello del plus de residencia. Pues si tanto le desagrada nuestra tierra - le dijo el isleño - y tan buena es la suya, mándese a mudar y no aparezca más por aquí, que estamos ya hasta el gorro de sus impertinencias.
El "mago" de la Península desapareció de las tertulias.
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