PUESTO A FABRICAR decretos, el Gobierno estudia uno que obligue a hacer constar en las cajetillas los malévolos productos que contiene el tabaco. La disposición quizá no haga disminuir la afición a fumar de los españoles, pero sin duda fomentará la afición a la lectura. En mi caso, combina dos hábitos compatibles. Pronto, las cajetillas tendrán mucho que leer y ya se han ideado una serie de eslóganes terroríficos: "Fumar provoca cáncer de pulmón", "Fumar provoca la impotencia" y otros igualmente desagradables que establecen lo que el poeta llamó "zodíacos funestos". El mejor, ya que es el más corto, dice: "El tabaco mata".
En mi calidad de condenado a muerte debo agradecer la dilación en el cumplimiento de la sentencia. Hace unos sesenta años que fumo. Un tiempo tan largo que me ha permitido asistir al entierro de muchos amigos que jamás fumaron. (Conste que no defiendo algo que innegablemente es malo para la salud, aunque sea bueno para todo lo demás. Lo que sí defiendo es la libertad para perjudicarse. Cada cual es el eventual propietario de su cuerpo serrano o marinero. Además, si los gobiernos quisieran acabar con el tabaco les bastaría con cerrar los estancos, en vez de enriquecerse con ellos. Sería la mejor manera de bajarnos los humos). Prefieren otros procedimientos como subir el precio del tabaco y, si lo autoriza la UE, excluirlo del IPC.
El cerco a los fumadores está adquiriendo tintes ridículos. Sanidad prohibirá las máquinas expendedoras y estudiará la posibilidad de financiar tratamientos. Oído al parche y a las pastillas antinicotina.
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