ATENDIENDO A LA LEGITIMIDAD de la huelga, debemos subrayar que, de suyo y en principio, no debe convertirse en un acto de guerra social ni en una manifestación de lucha de clases. Debe reinar mucha sensatez para que la huelga se mantenga en su propio límite, que es la discusión sobre las justas condiciones de trabajo y sociales. La huelga, en verdad, no es más que una medida para salvar los intereses legítimos entre obreros, empresarios y Gobierno, por lo tanto, no tiene que significar o convertirse en una lucha puramente política, como la de ahora, entre Gobierno y la oposición tan crudamente abierta, que tanto puede favorecer los brotes anárquicos de otros tiempos. La huelga para que sea justa debe contemplarse, por parte de aquellos que la declaran y de los que la apoyan, como necesaria y que han agotado todos los medios para abrir y mantener un correcto diálogo; que han medido bien la proporción entre los males que pueden producirse y los bienes que se prometen alcanzar. Que son responsables de los fallos de los "servicios mínimos" para atender servicios fundamentales de los ciudadanos, enfermos o sanos, alumnos y profesores, desplazamiento al trabajo, "pues no se convierten estas necesidades fundamentales diarias en "mínimas", durante el tiempo de huelga y, por lo tanto, se dejan de atender. En 1989, recordaba en este mismo espacio "la gran equivocación en el campo político-social" que seguía manteniéndose en España: "Concebir que los obreros y los empresarios son clases sociales para luchar entre sí con una guerra incesante". Nada tan opuesto a la verdad y a la razón. Ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. Sólo la concordia engendra el orden de las cosas; mientras que con la discordia permanente aumentan los conflictos hasta la barbarie civil por ambas partes. Pero para vivir un diálogo constructivo se necesita el calor de corazón, no el humo de la cabeza que tanto se da en algunos de nuestros políticos, empresarios y directivos sindicalistas. Y aquí juega mucho directamente la responsabilidad de los mismos. Me parece oportuno recordarles la valentía con que Juan Pablo II delimita la responsabilidad que tiene en su misión los sindicatos al advertirles que, si bien son "un elemento indispensable de la vida social" y "un exponente de la lucha por la "justicia social", "esta lucha debe ser justa, como una dedicación normal" a favor del "justo bien"; nunca una lucha contra "los demás". Su actividad "entra entrañablemente entregada en el campo de la política, entendida ésta como una prudente solicitud por el bien común". No tiene ese carácter equívoco de los partidos políticos que luchan sólo por alcanzar el poder. Por eso los sindicalistas nunca deben sentirse tan fácilmente sometidos a las decisiones de esos partidos políticos o tener vínculos demasiados estrechos con ellos, porque en tal situación pierden fácilmente el contacto responsable con lo que es su cometido específico: asegurar los justos derechos de los hombres y mujeres en el marco del bien común de la sociedad entera; nunca convertirse en instrumentos para otras finalidades, como la de estar al servicio de los partidos políticos" en el poder o para alcanzarlo mediante calculadas oportunidades, como las tramadas actualmente. En tal situación, lo que exige es recobrar el sereno diálogo que hemos apuntado, si queremos alcanzar y mantener el "bien común" y el honor de España. Más sensatez sindical y política por aquellos que declaran esta huelga y por los que la apoyan. ¿Y en qué momento mejor pueden dar este testimonio cuando nuestro presidente del Gobierno dirige la Presidencia de la Comunidad Europea? Si queremos ser más europeos, seamos primero más españoles trabajando con total armonía por estas metas tan decisivas para todo el mundo de hoy: justicia, amor y paz.