Tenerife Norte
CELESTINO GONZÁLEZ HERREROS

Miro sin ver y veo más allá de donde miro


8/jun/02 18:25 PM
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CUANDO SE TARDA MUCHO tiempo en transitar lugares conocidos, aquellos que nos son familiares, se sienten imperiosos deseos de recorrerlos todos, sin perder ni un solo detalle, ni dejar de buscar en cada uno de ellos resquicios añorados, o motivos que despierten recuerdos de viejas vivencias. Buscamos motivos sui géneris que nos devuelvan la paz perdida; y la ilusión renace. Antes, buscábamos, desde la infancia, lugares quiméricos, propios de aquella edad llena de inocentes fantasías, que no hemos olvidado, a pesar del paso del tiempo transcurrido. Luego, de la tierna juventud, los primeros deseos y las primeras sensaciones que influyeron en tantas esperanzas concebidas... De ahí, desde luego, los primeros desengaños. Esos lugares entrañables han dejado una profunda huella en cada uno de nosotros, una marca sentimental imborrable. Son, esas huellas, "llamitas" vivas que no se apagan, ni con los más violentos soplos; como si estuvieran perennemente encendidas, señalando episodios especiales de nuestras vidas, recordándonos aquel tierno pasado.
Me ocurre con frecuencia ir por esos dilectos lugares - no sin cierta emoción - , y, súbitamente, tener que detener mis pasos, y la mirada extasiada se pierde, ausentándose mi mente. Miro sin ver y veo más allá de donde miro, para hallarme inmerso en aquel mundo ensoñador. Todo en él me embriaga, de tal modo, que perdiendo la noción del tiempo que no se detiene, vivo esos instantes con intensidad, induciéndome a la evocación. Otras veces, sonrío ante la evidencia de la vida y vuelvo a caer en la cuenta de que es así, como la vemos y palpamos. Es efímera y sorpresiva. Bella para algunos, cruel para otros. Imposible es que sea igual para todos. Tiene sus lados malos, pero no olvidemos que también tiene la otra dimensión espiritual y que puede darnos muchas satisfacciones. Pienso que debemos aprovechar las ocasiones que se nos presenten, buscar senderos nuevos, capaces de despertar en uno nuevas sensaciones; horizontes distintos, sin olvidar jamás el tiempo pasado, los recuerdos, que serán siempre el aliento del alma. Busquemos, pues, la otra cara de la vida, e intentemos integrarnos a esa fresca aventura, sonrientes. Ir entre los demás, desapercibidos, y que no se nos noten las cicatrices, ni la desconfianza que hemos anidado tanto tiempo en el corazón. No es necesario recurrir a la imaginación, es evidente el desconsuelo que se siente por todo aquello que está más allá de nuestro alcance y que pervive en la memoria, hechos que fueron reales, vivencias irrepetibles que se alejaron... Es normal que, con tremenda nostalgia, lloremos lo perdido, como el mismo tiempo. Que no podamos disfrutar de su acercamiento y tengamos que vivir resignadamente, entre ese sepulcral silencio de las ausencias y los amados recuerdos...
CELESTINO GONZÁLEZ HERREROS