LA PRESENCIA EN SANTA CRUZ de mi viejo amigo y compañero de oficio, Pedro González Sosa, que es el canarión que más quiero y con el que discuto poco porque casi siempre estamos de acuerdo, me trae a la memoria muchas cosas ocurridas hace treinta o cuarenta años en que Pedrito y yo hacíamos información activa y estábamos en casi todos sitios, aquí y fuera de estas Islas. Un mes atrás, poco más o menos, traje a esta columna el tema de la información en los aeropuertos, en pleno régimen del general Franco, cuando conseguir noticias era tarea bastante difícil, excepto cuando los interesados en que salieran publicadas eran aquellos que las tenían que facilitar. Claro que las cosas cambiaron después, sobre todo tras ponerse en vigor la nueva Ley de Prensa, que llamaban "Ley Fraga", aunque el legislador se dejó, adrede, una pequeña trampa donde caíamos algunos incautos que nos creíamos que todo el campo informativo, a partir de entonces, era orégano. Conté en ese comentario que, por aquellos años de la posguerra civil, ocupaban todos los cargos, en los aeropuertos, militares que habían participado en la contienda y que luego pasaban factura. Y estos militares, casi todos de Aviación, se creían, y actuaban, como hoy los pilotos de Sepla y como toda la gente que vuela, los dueños de los aires y de la tierra. Si, encima, desempeñaban cargos de postín y, prácticamente, mandaban sobre tanta gente, la soberbia adquiría dimensiones imprevisibles. Eso no quiere decir que no hubiera entre ellos buenas personas, funcionarios amables y educados con quienes daba gusto tratar. Pero no era lo habitual. Una de esas personas era el entonces director del Aeropuerto de Los Rodeos, Don Abel del Castillo, coronel de Aviación. Don Abel se mantenía casi siempre al margen y el que, prácticamente, ejercía la dirección, por lo menos cara al público, era el teniente coronel Torrens, del que, ciertamente, no tenemos buen recuerdo todos los periodistas de entonces. El Aeropuerto estaba en obras por aquellos años y ocurrió el desgraciado accidente del "Superconstellation" de Iberia, con más de una veintena de muertos y numerosos heridos. Una noche, en que la niebla no dejaba ver a pocos metros, el avión procedente de Madrid aterrizó sin apenas visibilidad, chocó con una máquina excavadora y fue a estrellarse contra un terraplén. Junto con el querido y malogrado Jorge Perdomo, fui a cubrir informativamente aquel suceso para este periódico y puedo afirmar que, desde la terminal, solamente se percibía el resplandor de unos focos que el personal de auxilio colocó junto al avión siniestrado y que por esa luz pudimos orientarnos. Lo demás, niebla espesa. Luego vino la "batalla" informativa, en la que tuvo participación destacada Pedro González Sosa, que se desplazó a Tenerife enviado por "El Eco de Canarias", el periódico de Las Palmas ya desaparecido en el que era redactor el querido compañero. Pero como se queda en el tintero casi lo más interesante, hay que volver sobre el tema.