AGENCIAS, Madrid
Los integrantes de la selección española ya están en casa. Después de más de un mes en Corea del Sur, en donde cumplieron una digna actuación en el Mundial del que se despidieron por una actuación nefasta del triste árbitro egipcio Ghandur. A las 13:13 horas de ayer aterrizó en el aeropuerto de Barajas el avión en el que regresaron los jugadores, cuerpo técnico, directivos, familiares y periodistas. Cerca de un millar de aficionados les dieron una calurosa bienvenida al grito de "Campeones, campeones".
Los jugadores fueron recibidos como héroes, con cánticos, banderas españolas y pancartas. Pero las caras de cansancio por el lago vuelo y el desencanto de la eliminación les impidió esbozar una mínima sonrisa. Muy serios, sin mirar a los lados, en donde varios centenares de aficionados les querían tocar y felicitar, desfilaron por un estrecho pasillo abierto por la policía hasta llegar a la guagua que les esperaba para trasladarlos al Palacio de la Zarzuela, donde el Rey les iba a recibir en audiencia.
Una hora antes de la llegada de la selección, los pasillos del Aeropuerto de Barajas estaban ocupados por cerca de un millar de aficionados deseosos de saludar y dar la bienvenida a sus ídolos. Casi todos eran jóvenes, enfundados con la bandera española y con la camiseta nacional. Aunque también había padres que sujetaban a sus niños en los hombros para que pudieran ver a los futbolistas. El barullo fue impresionante, con cámaras de televisión haciendo equilibrios subidos en escaleras y barandillas y sin que el resto de periodistas pudieran ejercer su trabajo. En realidad, no importó mucho porque ningún jugador, ni tampoco Camacho, hicieron declaraciones.
Los cánticos fueron constantes en la espera, con los surcoreanos y el árbitro egipcio como destino de los dardos. "El que no bote coreano es" entonaron al unísono los seguidores, o el clásico "Manos arriba, esto es un atraco". "Camacho, quédate" gritaron con fuerza los aficionados cuando el seleccionador apareció el primero, abriendo camino al resto de la delegación. En ningún momento Camacho dio muestras de alegría mientras recibía innumerables palmadas en la espalda, aunque estrechó la mano de algún aficionado. El seleccionador no habló.
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