EL OTRO DÍA, cuando regresaba en avión, venía sentada a mi lado una mujer de 77 años que en un momento de la conversación sobre su nueva residencia me dijo que tenía como vecinos a una pareja de dos hombres, y que se habían convertido en sus mejores amigos, y que después de un año, y de haber conocido a muchas de sus amistades, para ella, esa era la gente que en estos momentos estaba alegrando el mundo.
Ante esa afirmación tan original e inesperada, quise saber más y le pregunté por qué pensaba eso. Ella me empezó a decir características que, por lo que yo recuerdo de oír en mi familia y fuera, eran lo opuesto a los estereotipos que todos y todas hemos aprendido sobre las personas con una orientación homosexual, masculina o femenina. Me decía que esos vecinos eran dos hombres: "sinceros, varoniles, limpios, amables, trabajadores; también fieles, alegres", y más cosas, que no pude apuntar al llegar al aeropuerto, después de despedirme de ella.
Para mí, era una sorpresa que una persona de su edad pudiera haber transformado tan pronto sus esquemas interiorizados durante años y años sobre una conducta sexual que no tenía ni protección jurídica hasta el Código Penal Español de 1995, que ha empezado a castigar con multas, inhabilitación y cárcel, la homofobia [artículos 22 (por desprecio, humillación); 314 (en el trabajo); 510 (incitación al odio, violencia); 511 (denegación de un servicio público); 515; 518, etcétera].
Ante la opinión de la señora y sabiendo por las encuestas oficiales que a mayor edad menores posibilidades de reeducar prejuicios (por falta de información y experiencias, no, por capacidad mental), me surgió nuevamente la pregunta de qué podemos hacer los profesionales y trabajadores de la educación en todos sus niveles, frente a una forma de sexualidad minoritaria, que todavía sigue dando miedo; que todavía no se le da el respeto y la valoración que tiene ya recogidos en las leyes más actuales. ¿Es una solución la que se propone desde los partidos políticos de derecha, donde se dice que eso es algo íntimo-personal y punto; o desde los partidos de izquierda, que proponen casi lo contrario? En ninguno de los dos casos, se está dando una oportunidad a educársenos en la legislación civil y penal actual, en la que la sexualidad está compuesta por opciones, igualmente respetables y que conllevan siempre una responsabilidad personal y social. ¿No será mejor para todos y todas, disponer ya de una información clara y objetiva, desde la escuela primaria hasta la universidad, sobre la sexualidad humana y sus formas, que ayude a corregir prejuicios pasados y actitudes que son ahora delito penal, estemos en la ciudad o en el campo?
La función de la democracia avanzada es que los ciudadanos que la componen puedan elegir libremente sus formas de vida, y no, como han sido hasta ahora, que muchos se han decidido por lo que queda bien o pasa desapercibido. Cuántos amigos y amigas casados conocemos que han arruinado moralmente a sus familias y a ellos mismos porque no se atrevieron a defender, en su momento, su opción homosexual legítima, ni, todavía, hoy en día. O también cuántas personas allegadas no salen de un triste celibato narcisista, socavando la salud y alegría de sus vidas por un qué dirán, de otras épocas; cuando no verles convertidos en unos enemigos - homófobos - de la citada sexualidad para borrar toda sospecha sobre sí mismos.
En estos días que se suele celebrar de manera alegre y festiva la variedad y riqueza sexual humana, creemos necesario proponer algunas preguntas para la reflexión: ¿es preferible vivir según los propios sentimientos minoritarios o según los que están bien vistos por la familia de origen, algunos amigos y la mayoría social? ¿Cómo podemos ayudar a aquellas personas mayores que a causa de sus prejuicios del pasado no aceptan en los demás ni en sí mismos la opción homosexual?
* Profesor universitario
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