Sucesos
RICARDO CAMPO PÉREZ

Rigurosa ignorancia


24/jul/02 9:42 AM
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ESE ESTADO PSICOLÓGICO e intelectual que se ha dado en llamar posmodernidad es como el doctor Jekill, con sus dos personalidades. Por un lado, se presenta como un esperanzador cuestionamiento de los principios en que está basado el mundo en que vivimos - y si no no sería más que un nuevo, absurdo y ridículo ejercicio de originalidad a toda costa, compulsión acentuada en casi todos nuestros escenarios sociales - referidos a la concepción de la realidad, a cómo nos acercamos a ella, con qué pertrechos de los disponibles en nuestro cerebro encaramos lo que existe más allá de nuestra piel. Es un magnífico ejercicio de esa frase publicitaria que acompaña las ediciones de "Cosmos", de Carl Sagan: "Una evolución de 15.000 millones de años - eón más, eón menos - que ha permitido a la materia tomar conciencia de sí misma". No es exactamente así, pero esa es la idea. Esto no es un trabajo de relajante jardinería de fin de semana, ni materia para un seminario de dos días donde nos corregirán nuestras zonas erróneas y nos dirán, mediante unas pocas recetas, cómo activar las facetas de nuestra personalidad que van a generar las endorfinas de la felicidad instantánea; no, no es eso; es el trabajo supremo: la tarea del pensar.

Como decía, este es un lado de la posmodernidad en el campo de las ideas. El otro es el de la extrema ausencia de criterios seguros, el de la errónea interpretación del "todo vale", en cierto modo perversa traducción de la frase que, heracliteanamente, sacó un día Paul Feyerabend a pasear: anything goes, "todo va"..., así, con puntos suspensivos. Esos puntos suspensivos a los que Ortega y Gasset podría haber dedicado un largo artículo de habérselo propuesto. Pero vamos al grano. El otro lado de la posmodernidad se manifiesta, por ejemplo en el caso del conocimiento y la labor de investigación, en que algunas personas confunden el rigor de terceros con tener la cara de granito puro. Parece que el "todo vale" se lleva al extremo de que cualquier patraña, cualquier figuración, cualquier remedo de investigación científica pasa por una seria aportación al conocimiento. Un ejemplo de primera mano: en el turno de preguntas con una charla que sobre la mitología de los platillos volantes y las principales explicaciones que sobre estos "testimonios de lo anómalo" tuve la oportunidad de ofrecer el 4 de julio de 2002 en el Club La Prensa de este diario, un interesado en los ovnis aseguraba que un famoso periodista perseguidor de ovnis con miles de kilómetros a sus espaldas es un investigador riguroso (sic). De nada sirvió que se le explicara al sujeto lo que es una investigación realmente rigurosa y los filtros que ésta debe superar para ser tenida por algo valioso. Para nuestro hombre el criterio de rigurosidad se basaba en que el "investigador" en cuestión suele entrevistar personalmente a los testigos y que ha escrito muchos libros sobre estos temas. No es este el momento de desmenuzar toda esta pantomima en la que se apoyan los Indiana Jones de lo anómalo, los Lawrence de Arabia del más allá y los Marco Polo de desgastados misterios recauchutados...

Este tipo de estafas culturales, esta forma de pervertir intencionadamente o no la vocación de saber de nuestros semejantes, se convierte en algo más que una lucha por la investigación adecuada de un mito contemporáneo como es el de los ovnis: es un ejemplo de que nuestra implicación en la difusión de la crítica frente a lo misterioso y lo paranormal es también ética. Debemos realizar nuestra labor aun con mayor dedicación, para evitar en lo posible que semejantes desahogados se beneficien de las deficiencias de personas que, por los motivos que sean, no tuvieron acceso a las vacunas que los inmunizan contra toda suerte de vendedores de misterios prefabricados, de simulacros de investigación científica y de toda una colección de raquíticos ejemplos de pseudoespiritualidad, apta sólo para indigentes intelectuales. La New Age y sus múltiples tentáculos. En eso estamos, señores adalides de la mente abierta y la investigación de los "misterios".

RICARDO CAMPO PÉREZ