Vivir
LO ÚLTIMO:
Hallan el submarino argentino ARA San Juan leer
ANTONIO GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ CIENTÍFICO

"La Isla me duele y hasta me asusta"

Humilde, sencillo, comprometido y generoso. Desde su casa, a un paso del Camino Largo, este hombre bueno relata con sorprendente memoria el largo trayecto de una vida fecunda, entregada a la ciencia, y como repite, a contrapelo.

SERGIO LOJENDIO, S/C de Tenerife
28/jul/02 2:58 AM
Edición impresa

"Mis padres formaban parte de una misma familia, que estaba radicada en el Realejo Alto, pero de diferentes castas. Él, de la pobre, y ella, de la rica. De ahí lo de González y González".

- Hable de sus orígenes.

- Con dieciséis años mi padre emigró a Venezuela. A finales del XIX, Caracas era una aldea invadida por la selva, y como le asustaban las serpientes decidió irse a Cuba. Creo que se fue, como tantos otros, para eludir el cuartel. Mientras estaba en Cuba murió su padre, un hermano y un primo, y volvió pensando que había una epidemia.

- ¿Y qué trajo de vuelta?

- Era analfabeto, pero volvió con rudimentos de cultura. Se dedicó al comercio del vino y compró tierras. Ya establecido se casó. Del matrimonio nació una niña, que murió muy pequeña; luego llegó mi hermano Tomás, el mayor, y después, yo.

- ¿Cómo era aquel niño?

- Muy débil. A los tres años padecí unas pulmonías y el doctor Estrada me administró una solución. No hay remedio, dijo, pero cuando se marchó rompí a llorar. Aún no era mi hora (Ríe). De ahí se instaló en la familia la idea de mi fragilidad, una condición que ha perdurado.

- ¿Y cuándo llega a La Laguna?

- Mi padre sufría asma y le recomendaron un clima seco. Buscó y decidió arrendar la finca de Carta, en Valle de Guerra. Desde entonces ya nos conocían como los arrendatarios, algo extraño en la época. Era un hombre con iniciativa. Formó una sociedad, se metió en los tomates y abrió una galería de agua.

- ¿Y las primeras letras?

- Allí me crié desde los seis a los diez años. A la escuela iba a pie, por un camino de tres kilómetros, hasta que los maestros creyeron que perdía el tiempo y le dijeron a mi padre que debía matricularme en La Laguna.

- ¿Qué recuerdos tiene del instituto lagunero?

- Excelentes, inolvidables. Al principio no salía del aprobado o algún notable, pero un profesor de Asturias cambió algo en mi vida. Vivía en San Benito, en una casa con huertita y vacas, que los alumnos soltaban para que se comieran las verduras. Él llegaba a clase enfadado y un día me reprendió, amenazándome con un examen al día siguiente. Era Corpus. Me pasé la noche vomitando. Cuando me llamó a la pizarra, temblaba de miedo, pero me calmó y conseguí mi primera matrícula.

- ¿Y entonces?

- No sé qué campaña hizo, pero apareció una pléyade de profesores excepcionales, a los que llamaban cursillistas, y todas mis notas fueron matrículas.

El niño de las matrículas

- La vieja Universidad de la calle de San Agustín.

- Maravillosa. Mi primer profesor fue Jesús Maynar, una persona muy culta. Miró mis notas y me dijo que de los niños de matrículas nunca se había dicho nada.

- ¿Y qué pasó?

- Pues que un día se trabucó explicando las leyes de Mendel. Yo dominaba muy bien el tema, por las clases que recibido de don Basilio Francés, y además se la tenía guardada. Cuando preguntó si alguien sabía algo de aquello, me levanté y lo expliqué. Maynar me dijo que, desde ese momento, tenía matrícula.

La guerra

- Pero llegó la guerra, un golpe fatal.

- Muy duro. Mi padre y mi hermano fueron recluidos en el campo de concentración de Fyffes. Después los trasladaron a África. Con 19 años me convertí en cabeza de familia y comencé a dar clases particulares. Se quedaron con las propiedades.

- ¿Y a usted qué le sucedió?

- Fui movilizado. O estaba en el frente o en el calabozo. Como era de los "malos" me enviaron a una compañía de choque en la campaña de liberación de Teruel. Una compañía química de Zaragoza me reclamó. El capitán me citó en su despacho y yo, en lugar de saludar con el brazo derecho en alto, lo hice con el izquierdo y cerrando algo el puño. Me llamó de todo: rojo, comunista, masón... Siempre a contrapelo.

- Y el arresto, claro.

- Estábamos en una fábrica de papel en Lérida y me encerraron en un jaulón.

- Dejemos eso y vuelva a La Laguna, por favor.

- En el año 39 se reabrieron las universidades. Pedí licencia para estudiar, pero desde la Capitanía de Canarias contestaron que no era posible. Hasta diciembre no me concedieron permiso. Regresé y entre diciembre y junio estudié dos cursos. Para entonces, mi padre había pasado dos juicios de guerra. Al día siguiente me movilizaron por la Segunda Guerra Mundial.

- ¿Otra vez?

- Suerte que tenía un compañero de cierta edad, al que ayudaba con las prácticas, y que resultó ser un mayor del Ejército. Cuando me citaron en Almeyda me envió a Paso Alto. Entonces, don Ramón Trujillo y don Tomás Quintero me reclamaron como ayudante en la Universidad y fui aceptado, pero a los quince días llegó una orden terminante de Capitanía para que reingresara en Paso Alto y sin permiso.

- Otra vez a contrapelo.

- El Cabildo me dio una beca y solicité asistir a un curso de doctorado en Madrid, pero me lo denegaron. La única fórmula era matricularme de alguna carrera en Madrid y pasar desapercibido entre todos los González. En el año 42 ingresé en Farmacia. No conocía a nadie, pero una física que investigaba en el Rockefeller me llevó de ayudante. Trabajábamos en espectroscopía. No sé si hice algo distinto, pero se corrió la voz.

- Y su química personal volvió a actuar.

- Sí. Esperábamos a Lora Tamayo. El run - rún le debió llegar, porque nos cruzamos y me dijo: Oiga, usted está perdiendo el tiempo. Venga a trabajar conmigo. Le contesté que no sabía nada de Química Orgánica, y me respondió que lo que no se sabe se aprende.
ANTONIO GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ CIENTÍFICO