Vivir

Exclusión y marginación

La condición de inmigrantes irregulares ha obligado a muchas personas a prostituirse para poder sobrevivir a la exclusión social. Pero con este colectivo degradado también se ceba la droga, y no sólo mujeres, sino hombres y transexuales, adornan las ciudades con su carga de marginalidad.

SERGIO LOJENDIO, S/C de Tenerife
11/ago/02 3:47 AM
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Una sentencia de 20 de noviembre de 2001, dictada por el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, declara que la prostitución forma parte de las actividades económicas ejercidas de manera independiente.

El Pleno del Senado aprobó en febrero, y por unanimidad, crear un grupo de trabajo dedicado a estudiar este fenómeno social, que afecta a unas 300 mil personas en España y mueve unos 14 mil millones de euros anuales.

Unas semanas más tarde, 400 prostitutas tomaban las calles de Madrid, pero esta vez para manifestarse. En su marcha por la Capital pedían al Ayuntamiento, además de su mediación en el conflicto que las enfrenta con asociaciones de vecinos y comerciantes, una mejora en sus condiciones de trabajo.

La Generalitat daba el 1 de agosto un paso más en el intento de regular la práctica del "oficio más antiguo" del mundo. La Cámara catalana aprobó un decreto donde se fijan las condiciones que deben reunir los locales en los que se comercializa el sexo.

La norma, pionera en España, establece desde los horarios de apertura y cierre a las condiciones higiénico - sanitarias, pasando por el lugar adecuado de ubicación o los elementos que deben componer las áreas de servicios sexuales.

En opinión de algunas organizaciones que asisten a este colectivo, el decreto catalán no puede regular la prostitución, porque no es una profesión, y además ponen el acento en el hecho de que la mayoría de las mujeres que ejercen lo hacen obligadas por su situación ilegal.

Con esta norma, entienden que se regulan las infraestructuras y la actividad económica, por el bien de los empresarios, los recaudadores de impuestos y los clientes, ¿pero qué sucede con las perdonas que transitan la calle?

Se reabre el viejo y sempiterno debate. Pero, y en las Islas, ¿qué sucede?

El número de personas que ejerce la prostitución se ha triplicado en Canarias durante los dos últimos años y es que el fenómeno ha dado un giro radical debido al impacto que la inmigración está ejerciendo sobre esta actividad.

Pero no existen datos oficiales y sólo el programa que desarrolla Médicos del Mundo o la iniciativa de Cáritas procuran algún acercamiento.

El proyecto de Unidad Móvil de la ONG consiste en el acercamiento a los puntos donde se ejerce la prostitución repartiendo material estéril: preservativos, lubricantes, así como jeringuillas, por la relación que existe con la droga, además de impartir talleres sobre sexo seguro y educar en las relaciones sin riesgos. Cáritas, por su parte, cuenta con el programa La Casita, un lugar donde imparte talleres y cursos a las prostitutas. No se les obliga a abandonar la calle, pero sí se les motiva a dejarla.

El color africano

La realidad es que en Tenerife se acusa el peso específico de las mujeres africanas, frente a Gran Canaria, donde las protagonistas son las americanas, y es que la condición de irregularidad es la razón que obliga a muchas personas a prostituirse para poder sobrevivir, porque sin papeles es improbable el acceso al mecado laboral ortodoxo.

Estas africanas se definen por su juventud, escasa integración, desarraigo afectivo y falta de acceso a los servicios, y no suelen estar más de tres o cuatro meses en la misma zona, en oposición a las europeas (húngaras, rusas, polacas, eslovacas, croatas), más imbricadas en las redes.

Junto a ellas aparecen nacionales o transexuales, otro problema de género, específicamente derivado de la marginalidad y la exclusión social, done es posible percibir una evidente violencia y grandes cargas familiares.

Durante 2001, el programa de Médicos del Mundo atendió en España a 8.106 personas de las que el 88% eran mujeres; 8% transexuales y 4% hombres, con edades entre los 18 y los 34 años...

Y de fondo, la sociedad mantiene su habitual cinismo.