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LO QUE ES ENRIQUE GONZÁLEZ

Cuando un canónigo enferma


29/sep/02 21:09 PM
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ES PÚBLICO Y NOTORIO que La Laguna es la ciudad de Tenerife con el más alto índice de clérigos por metro cuadrado de superficie. Esto fue más evidente en la época anterior al "clergyman" y sus sucedáneos. Entre parroquias, conventos, capillas y la Catedral, eran tantos los clérigos que no había calle o momento en que no se encontrara alguno. Se conocían y reconocían por las sotanas negras o los variados hábitos. Había que añadir los numerosos seminaristas que, en días señalados, iban en doble fila, siempre con sotana negra y roquete blanco. Entre todos, destacaban, por sus vestimentas y los años transcurridos, los honorables canónigos. También vestían sotana negra, pero ribeteada de rojo y con botones también rojos. Cuando caminaban o se sentaban mostraban calcetines también rojos. Algunos llevaban zapatos con hebillas plateadas. Solían tener más carnes que las necesarias. Envueltos en un halo de majestad, eran muy respetados, casi venerados. Gozaban de reverencial trato.

Pero lo canónigos también enfermaban. Y cuando enfermaban, aun despojados del hábito, seguían inspirando el mismo respeto. Para un médico asistir a un canónigo era algo especial. La importancia del personaje era una responsabilidad añadida. Era como un examen más difícil, no sólo por la materia a tratar, sino por la calidad del sujeto. Un médico siempre pensaba que los canónigos tendrían sus propias enfermedades. Un canónigo no podría sufrir enfermedades de un monaguillo, ni siquiera las de un cura cualquiera. Como si se trataran de especies humanas diferentes, los canónigos no podían tener enfermedades que afectaran a la dignidad humana, ni podían permitirse mostrar indicio alguno de temor ante la muerte. Un canónigo era un canónigo, una jerarquía en el cielo y en la tierra. Pero resultaba que los canónigos, sin sotana, eran hombres de carne y hueso, como todos los mortales.

Y ocurrió que un canónigo, bien ensotanado de negro y rojo, se puso enfermo. Tenía fiebre muy alta, dolores por todo el cuerpo y un catarro que desde las narices bajaba hasta el fondo del pecho. Y aquel canónigo, cuando se desnudó. ¡Oh!, asombro, ¡Oh!, espanto, también tenía su piel empurpurada. Su cuerpo, todo él, era una erupción brillante y granate. Era todo él ardiente escozor. Por sus ojos escocidos y enrojecidos manaba un seroso fluido, que intentaba limpiar con un pañuelo blanco, antes de que llegara a la nariz o la boca. Lo único blanco, además de sus dientes, era su pañuelo.

El médico se asustó por lo que suponía algo verdaderamente grave. Indicó unos análisis. Los resultados no aclararon nada. Parecía que era una enfermedad nunca antes vista por él. Una dolencia propia de canónigos, que no estaba en los libros. Volvió a inspeccionar, percutir y auscultar al clérigo, que no parecía otra cosa que no fuera sino que el rojo de las vestiduras se había trasladado a la piel y se había introducido por los orificios naturales hasta lo más profundo de su dolorido cuerpo.

El médico, a punto de renunciar, desesperado, con el aguijón del fracaso en lo más profundo de su alma, en un último intento, dejó en la sala de exploración al canónigo atomatado, amoratado y pruriginoso y, con un pretexto inocente, se fugó a su despacho. Tomó en sus manos varios libros. No encontró nada parecido. Repasó un atlas de enfermedades de la piel, nada de nada. La casualidad, o lo que sea, hizo que al extraer de los anaqueles el tomo más grueso de la voluminosa Enciclopedia Médico Quirúrgica, publicada en francés, un libro pequeño, que estaba próximo cayó al suelo. Era un pequeño tratado de pediatría, que quedó abierto por el capítulo de enfermedades eruptivas de la infancia, concretamente por el sarampión. Allí vio la foto de un niño que, aun en su pequeñez, mostraba la misma apariencia que el sufrido canónigo. A la conciencia del médico acudió, rápidamente, los síntomas y signos de aquella enfermedad de niños que, saltándose edad y jerarquía eclesiástica, estaba perfectamente fotografiada en los tegumentos del solemne pastor de la Iglesia.

Aquel día, el médico aprendió, gracias a la enfermedad del canónigo, que el más grande de los hombres y el más miserable de los hombres padecen las mismas enfermedades. Que un canónigo puede enfermar como un niño y un niño como un canónigo. Y es que la medicina, como la vida, no establece distingos. Una mujer rústica, pobre y agonizante, antes de morir, dijo: "Me muero tranquila, lo bueno que tiene la muerte es que lo hace «ajecho». La muerte no respeta ni a pobres ni ricos, ni altos ni bajos". Ella, que había vivido muchos años aplastada por la pobreza, explotada por el trabajo y sin consideración social, se sentía orgullosa y recompensada de haber vivido en un mundo en que la vida y la muerte no hacen diferencias. En un mundo que, pese a vanidades, jerarquías, riquezas y otras estupideces, empareja, nivela, iguala a todos en cosas esenciales, tan esenciales como la vida y la muerte. Y es que la guadaña de la muerte, cuando se pone a segar, no deja mata alguna.

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