UNO DE LOS MEJORES inventos realizados por el hombre para dormir la siesta es la tele. Al menos, a mí me va fenómeno. Enciendo, me sueltan una telenovela que no vale un duro, y a los pocos minutos me sumerjo en los brazos de Morfeo.
Hasta que, últimamente, me dio por hacer "saping" (o como sea). La práctica totalidad de las cadenas dedican sus espacios a sacar en pantalla casos sangrantes de malos tratos, bien adobados con morbo, en ese desmedido afán de los mediocres realizadores de conseguir audiencia. Fruto de su escasa calidad como tales es que se copian unos de otros. De pena.
No tengo mayor problema con los citados espacios, ya que, ante su baja calidad, he apagado la tele y encendido la radio, que la supera, con creces, en calidad y contenido. O retornando a la lectura de un buen libro.
Sin embargo, han sembrado en mí una seria inquietud por muchos matrimonios, en especial jóvenes, que, si se dejan influir por esos espacios basura, difícilmente salvarán su matrimonio, con el consiguiente trauma para ambos cónyuges y también para los hijos, si los hubiere.
Y es una pena, y una vergüenza. Una pena porque dichos programas podrían ser educativos, orientando a las parejas en cómo resolver las naturales y lógicas diferencias o roces que, siempre, se producen en la convivencia diaria. Diferencias que se resuelven mediante el diálogo, el mutuo respeto, la fidelidad, el detalle y la ternura, la colaboración tanto en las labores de la casa como en la educación de los hijos, el perdón... Vergüenza porque el mensaje que machacan a diario tales espacios es la ruptura matrimonial, la infidelidad, el tirar por la calle de en medio.
También podrían dedicar sus espacios a los novios y los pasos y el conocimiento que se tiene que tener de la persona con la que pretendemos formar un matrimonio, una familia. Que aunque el sexo sea importante, no es lo más importante, como también reflejan los espacios basura que, en uno en el que intervenían dos novios que defendían llegar vírgenes al matrimonio, fueron ridiculizados por la presentadora.
Luego vienen las quejas sobre el fracaso escolar, la delincuencia juvenil, los malos tratos, la droga, el botellón. ¡Qué gran daño hacen estos espacios, falseando, además, la realidad! Porque la realidad es que son millones los matrimonios que defendemos nuestra promesa afrontando con valentía los naturales problemas que toda relación conlleva. Pero es muy raro verlos en la pequeña pantalla.
Seria responsabilidad la de los rectores de tales cadenas, pero también de nuestros políticos y de todos nosotros que toleramos que esos destructivos espacios entren en nuestros hogares.
No existen las princesas ni los príncipes azules. Pero sí mujeres y hombres capaces de unirse en matrimonio, formar una familia y afrontar con valentía y madurez esa formidable aventura. Somos millones, repito, los que la llevamos a cabo.
Pero para ello hace falta que ambos esposos, ilusionados, constantes, firmes, fieles, enamorados y bien orientados, defiendan su matrimonio. ¡Vale la pena!
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