Para satisfacer a este lector y a otros tantos que me hacen el mismo ruego, escribo esta otra reflexión. Aquí la tenéis:
Toda la razón de ser de la vida religiosa es la perfección cristiana y no meramente el asegurar las condiciones mínimas para salvarse o para no condenarse. Para esto último, basta que guarde sustancialmente los votos con las demás prescripciones graves de la regla y que no menosprecie formalmente su adelantamiento espiritual. Para lo primero, que es el verdadero fin de su estado, es preciso que, con ardiente deseo de santificarse, se esfuerce cuanto pueda en la práctica fiel de votos y de todas sus observaciones regulares, cual corresponde a la plenitud del amor divino que constituye el único ideal de su vida.
La gravedad de la obligación fundamental se funda, pues, primeramente en los bienes que conlleva la santidad a que se ordena su observancia; por lo cual ésta ha de ser tan fiel como este altísimo intento reclama... Se hacen los votos y se abrazan las reglas para hacerse santo. Debe guardarlos de tal modo el religioso que afectivamente le santifiquen. Y está demasiado comprobado, por desgracia, que hay muchas maneras de guardalos, y por tanto de no infringirlos sustancialmente, que no producen el fruto de santificación que era debido. Permanece la voluntad de santidad, pero insuficiente férvida para mantener concentrado el corazón en Dios e imponer una vida de constante felicidad. No se cometen grandes infracciones; pero se cometen muchas pequeñas y se practica muy remisamente los ejercicios de virtud... Si el religioso se habitúa a desatender la voz de Dios, cada día es más difícil su reacción y se expone a fracasar en el empeño fundamental de su vida que era la santidad. Y ante ese tremendo fracaso, no es consuelo aceptable pensar que, al menos, este religioso se salva. Se salva lo menos: lo que no exigía ni votos ni reglas; pero no se salva lo más, que es la santificación que juró procurar al profesar.
Y un alma que se salva no es una compensación por un alma que no se santifica. ¡Vale tanto un alma santa! ¡Vale por tantas que no lo son! ¡Es tanta gloria de Dios, el beneficio de la Iglesia, la dicha personal que la santidad reporta! ¡Fortalece tanto a la sociedad!
Esta reflexión es una síntesis de la comunicación que hizo el piadoso religioso dominico padre Marceliano Llamera, en el Congreso Internacional de Religiosos, celebrado en Roma, en 1950. Que esta llamada a la verdad de la vida religiosa siga iluminando a creyente y no creyentes. No es cualquier cosa.
* Capellán de la Clínca San Juan de Dios
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