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MARÍA ROSA ALONSO

F) El Instituto de Estudios Canarios. Mi gran fracaso


24/nov/02 21:13
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A PESAR DE LA PRIMERA oposición universitaria para que el Instituto se creara, seguí adelante con mis gestiones, a fin de lograr que la entidad comenzara a funcionar. Como ya he escrito, aparte del señor rector, el Dr. Hernández Borondo, quien sólo intervino para darle oficialidad al Instituto, como adscrito a la Universidad, mis compañeros para formar el equipo fundacional fueron siete importantes personas, todas con títulos universtiarios, menos la única superviviente.

El primero en faltar fue Julián Vidal Torres, que murió en su Isla de La Palma, en condiciones dramáticas, víctima de la guerra civil. Vidal Torres, con mi hermano Elfidio, estuvieron un tiempo, durante la República, en la secretaría de D. Antonio Lara y Zárate, cuando tan ilustre político tinerfeño fue ministro de Hacienda. Julián Vidal vivía por aquel tiempo en Madrid y no se interesó, dado su trabajo, por el Instituto entonces. Era una persona culta y amable y dejó inédito un libro de versos. Ignoro si en su ciudad natal tiene Vidal Torres una calle a su nombre, de no ser así, verdad es que la merecería.

Manuel Aledo y Francisco Aguilar se encargaron de redactar un proyecto de Estatuto-reglamento para la naciente entidad, pero manifestaron que, dadas sus actividades especiales, no podían colaborar en las del Instituto. Aguilar obtuvo una beca del Cabildo para estudiar en Alemania. El que entraba como anillo al dedo, para ocupar un destacado puesto, era el ya historiador, José Peraza de Ayala, al que votamos todos para que fuera el primer director del Instituto; él y D. Buenaventura Bonnet profesaban unas actividades que les permitieron colaborar asiduamente en la naciente entidad. En la rama de Letras estaba el fino escritor Andrés de Lorenzo Cáceres, que, si bien se había licenciado en Derecho, su vocación fue la de escritor y sin duda era tal vez el mejor de nuestra generación, o sea, la de la guerra civil que, como ya he escrito, se dividió "por gala en dos": la de los vencedores y la de los vencidos. El Instituto bien podría editar en un volumen la obra de Cáceres, que no es muy copiosa, pero sí de gran calidad literaria.

Así que el grupo de fundadores que intervinimos en los pasos iniciales se redujeron a cuatro personas, que seguimos actuando hasta 1936, cuando el país sufrió el alzamiento militar. Naturalmente que vi los cielos abiertos cuando regresaron de la Península, D. Elías Serra, que permanecería entre nosotros hasta su muerte y era profesor de Historia, en el Preparatorio (todavía no se había creado Filosofía y Letras en La Laguna) y D. Leopoldo de la Rosa, quien, si bien se licenció en Derecho, tenía gran afición a los asuntos canarios.

Lo que me interesaba era que el Instituto contara con gente afecta a nuestra cultura regional y que esas personas, con sus méritos y trabajos, nos prestigiaran y tuvieran a raya a los viejos cronistas locales, algunos buenos, pero otros confundían los cuentos de caminos con la realidad histórica; la leyenda exenta de valor serio pretendía y aún pretende pasar por moneda legal. Por eso me importaba crear un órgano universitario solvente.

Fundamos, pues, el Instituto el 11 de octubre de 1932; se publicó el acta, se redactó el Estatuto-reglamento; nombramos presidente honorario al venerable sacerdote e historiador D. José Rodríguez Moure, y, por iniciativa del señor Cáceres, nombramos miembro de honor al rector Borondo para agradecerle el habernos acogido y dimos un voto de gracia a Salvador Quintero, el iniciador, y asimismo agradecimos a mi gran amigo, el diputado republicano D. Alonso Pérez Díaz, una modesta subvención que nos otorgó el Estado. Ante una asistencia de personalidades convocadas dimitimos nuestros cargos y yo misma leí un resumen de lo hecho, que presentamos en un acto, el 23 de diciembre en la Universidad. El interesado puede leerlo en el libro del señor Guimerá López.

La inauguración del Instituto ocurrió el 3 de enero de 1933, en otro acto celebrado en el Ateneo de La Laguna con una emocionada intervención mía, también publicada en el libro del señor Guimerá. Las había olvidado y me suena todo aquel pasado lejanísimo como no vivido. Un entusiasmo mañanero, de amanecida, ahora evocado en las riberas serenas del ocaso. Juan Ramón Jiménez en un poema responde retóricamente a unas preguntas sobre el agua, la flor, el viento, la ilusión y la respuesta es un no a todas, pero el poema acaba así: "No / hay nadie. Ilusión / ¿No hay nadie? / ¿Y no es nadie la ilusión?".

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