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LA SEMANA RAMÓN PI

Cancelar la guerra


24/nov/02 21:14
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EL CONGRESO de los Diputados condenó el franquismo el mismo día que se cumplían veintisiete años de la muerte de Franco. La condena se aprobó por unanimidad, lo que significa que el Partido Popular se sumó a la iniciativa, después de haberse negado a hacerlo varias veces en otras tantas ocasiones en que socialistas y comunistas la pusieron sobre la mesa. Quiero interpretar que lo ocurrido ha sido que la dirección del PP ha decidido que ya está bien de ser víctimas de la demagogia que lo convierte en poco menos que un partido nazi, y que si hay que votar la condena, pues se vota, para usted la perra gorda, y vamos a dar este asunto por zanjado de una buena vez, a ver si nos olvidamos del dóberman, de los herederos de los fascistas y de otras agresiones verbales que, curiosamente, se venían produciendo en vísperas o antevísperas electorales.

Esta semana ha sido también testigo de otro episodio que merece alguna atención: la Conferencia Episcopal Española, en su asamblea plenaria, se atascó a la hora de aprobar un documento contra el terrorismo, porque contenía, junto a la obviedad de condenar los asesinatos, algunas consideraciones morales acerca del nacionalismo vasco y su relación con la órbita política, social y económica vinculada a los terroristas, y parece que los obispos vascos plantearon una oposición frontal. La duda que se planteaba era si se acabaría dando la luz verde al documento por consenso, si se aprobaría sólo por mayoría (los obispos vascos protagonizaron la disidencia) o si se aplazaría hasta mejor ocasión. Finalmente se aprobó un documento que requiere un comentario.

A muertazo limpio

Los mecanismos de la demagogia del PSOE e IU en relación con la guerra civil serían inocuos si no fuera porque, con tal de presentar al Partido Popular como heredero del franquismo, ellos se presentan como herederos de los vencidos en la guerra civil. Con esta fijación, inevitablemente, lo que hacen es avivar el rescoldo de aquella tragedia e impedir que se pueda cerrar este capítulo tristísimo de nuestra historia reciente. Pero digan lo que digan, ni el franquismo puede volver, ni es posible convertir en vencedores en la democracia a los vencidos en la guerra. La guerra debe ser cancelada, lo que exige asumir de una vez que todos la perdieron, que todos la perdimos.

Pero socialistas y comunistas se resisten a aceptar la cancelación de la guerra, al menos mientras sigan pensando que exhibir el espantajo del fascismo les puede proporcionar réditos electorales. Cada ve que se acercan unas elecciones, en el PSOE dejan de hablar automáticamente del Partido Popular, y se refieren exclusivamente «a la derecha». Este tic lo mantienen desde hace ya muchos años. Pero el tiempo pasa, y estas menciones suenan cada vez más a cosa antigua entre las nuevas generaciones.

Estoy convencido de que la elección de estos meses para organizar la exhumación de fusilados de la guerra por el bando de Franco obedece también a esta fijación profunda de resistencia a cancelar aquel episodio terrible, combinada con el oportunismo preelectoral. El espectáculo macabro de andar de un lado a otro llevando cadáveres de hace más de sesenta años ante las cámaras de la televisión puede enardecer a algunos que recuerden aquel tiempo, pero también excita el ánimo vindicativo de los del otro lado. Yo mismo recibí por Internet unas fotografías de momias, de frailes y monjas profanadas, enviadas por alguien que imagino que suponía que me gustaría recibirlas. No me gustó en absoluto. Muy al contrario, me reafirmo en la necesidad de dar tiempo para que se cierre esta herida histórica. Y lo que están realizando socialistas y comunistas en este sentido es echar sal a esa herida. Lástima.

El documento

La Conferencia Episcopal, en la asamblea plenaria que acaba de celebrarse, ha dado a conocer una instrucción pastoral titulada «Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias». Es un documento doctrinal y serio, elaborado con cuidado y sabiduría. Es posible que ningún partido político pueda usarlo como pieza electoral contra otros, pero eso no es importante, porque no era éste su objetivo, sino la orientación moral de los católicos ante el fenómeno terrorista y nacionalista, en general.

Este documento era el punto que tenía más picante para los medios de comunicación, porque había antecedentes: la escandalera que se formó cuando el pacto antiterrorista, cuando la pastoral de los obispos vascos sobre la ilegalización de Batasuna, y otros episodios que presagiaban que sería asunto movido. Y, en efecto, los días anteriores a su presentación corrieron todos los bulos imaginables, que se desinflaron el viernes a mediodía. Contribuía a este clima de expectación el hecho de que monseñor Setién, obispo, emérito de San Sebastián y de convicciones políticas nacionalistas vascas muy intensas, había ido a Madrid después de muchos años de no pisar la sede de la Conferencia.

Al final, todo el ruido anterior ha sido prólogo de un notable silencio. El documento, como digo, es serio, nada oportunista (aunque sí muy oportuno, e incluso algo tardío), y constituye una pieza excelente para la formación de criterio moral no sólo por parte de los católicos, sino de toda persona de bien. A la lógica condena del terrorismo siguen unas consideraciones acerca de los nacionalismos, en sí mismos moralmente indiferentes, pero no así cuando se los observa en el marco de una sociedad concreta en un momento histórico determinado. En el caso de la España de ahora, el documento sostiene que los nacionalismos excluyentes que pongan en peligro la convivencia y rechacen la Constitución como norma para todos los ciudadanos son moralmente rechazables.

Estamos, bien se ve, calentando motores para las sucesivas elecciones que se avecinan. Ésta es la razón de que un documento de la Iglesia se haya esperado con tanta atención y se reciba probablemente en más de un caso en clave exclusivamente política.

ramon.pi
*sistelcom.com

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