Tenerife Norte
RICARDO GUERRERO LEMUS

El asociacionismo ha de ser revitalizado


30/nov/02 18:31 PM
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A FINALES DE LOS AÑOS setenta y principios de los ochenta asistimos al surgimiento de un sinfín de asociaciones que la dictadura del general Franco no había dejado salir a la luz. Asociaciones vecinales, sindicales o profesionales que tuvieron un protagonismo enorme en la conexión de la nueva clase política con los ciudadanos. Los dirigentes solían ser idealistas dispuestos a dedicar un tiempo inmenso a una labor que se premiaba con el reconocimiento social. Pero llegó el momento en que muchos dirigentes de asociación se dieron cuenta del poder que tenían, y muchos gobernantes se dieron cuenta también de que controlando a la dirección de la asociación se mantenía las reivindicaciones domesticadas. Así, actualmente se produce una transferencia de fondos desde las administraciones a muchas asociaciones, para realizar determinadas actividades, buscando una dependencia de la asociación hacia el gobernante que a éste le permita controlar sus reivindicaciones.

Otras veces ocurre lo contrario, es decir, el caso en el que la asociación es tan fuerte y dispone de tantos recursos, que es ella la que domestica al gobernante. Ese control al gobernante por este tipo de asociaciones llega hasta el punto de revisar leyes, decretos y ordenanzas antes de que sean discutidos en sede parlamentaria o pleno local, modificar impuestos, o recibir subvenciones sin criterio definido y objetivo.

Hay también dirigentes que utilizan la asociación para promocionarse políticamente, lo que no me parece mal, ya que esto ha ocurrido siempre, y mientras los intereses que se defiendan sean los de la asociación por encima de los propios, será beneficioso para la colectividad. Pero hay dirigentes que utilizan las asociaciones para estar más cerca del poder político y poder beneficiarse de información privilegiada para sus intereses particulares. Esto sí que me parece mal. También me parece mal que muchas asociaciones se mantengan a partir de las subvenciones que reciben de las administraciones en vez de ser sufragadas por los asociados. Esto condiciona sus actividades, dado que no pueden ser críticas con las administraciones de las que se nutren.

Hay dirigentes de asociaciones que, incluso, llegan a utilizar sus asociaciones para enfrentarse a determinadas administraciones para hacer méritos en algún partido político o por una simple rabieta por alguna demanda personal que dicha administración no ha querido asumir.

También es preocupante la falta de implicación económica de los asociados o potenciales asociados, es decir, el pago de cuotas. La utilidad de una asociación debe medirse por el número de socios al corriente de cuotas que se integran en la misma, ya que el acto de pagar es el más significativo a la hora de valorar la representatividad de la asociación. La sustitución de esa vía de financiación por la de las subvenciones públicas, adultera el propio sentido de la asociación.

En definitiva, el asociacionismo, salvo algunas excepciones, no pasa por su mejor momento, aunque el ciudadano común no lo sabe. Tendría que sensibilizarse más y recuperar un espíritu de participación que abone, sobre todo, el campo de la madurez social.

RICARDO GUERRERO LEMUS