EL DESASTRE ecológico causado por el hundimiento del petrolero "Prestige", que ha generado una marea negra en las costas de Galicia, por el vertido accidental de crudo, pone de relieve la precariedad y presunta arbitrariedad con que navegan los barcos con bandera de conveniencia, con tripulaciones auxiliares de dudosa cualificación profesional para el ejercicio de sus responsabilidades a bordo, en todos los supuestos. Desgraciadamente, no es el primero ni será el último caso que se tenga que sufrir por la falta de conciencia sobre los valores de protección de la naturaleza y del medio ambiente marinos, sobre la importancia que tienen como despensa para la alimentación humana y supervivencia de las especies en armonía.
El daño causado es irreparable, inconmensurable, e impagable con dinero, pero mucho más alto es el precio de la desidia, de la somnolencia, y tibieza de quienes han asumido, por vocación u obligación, responsabilidades políticas para velar por que hechos como los que nos ocupan no sucedan o, al menos, aminorar los daños con actuaciones rápidas y sin dilaciones y ahí entra en juego esa "solidaridad" a destiempo de la Unión Europea. Se ha reaccionado muy tarde ante un problema que se debió afrontar en su atisbo y no en su planteamiento postrero y desastroso. Más que rabia, siento dolor, pena, tristeza por esas víctimas inocentes, esos seres vivos que no pueden protestar contra nuestros desmanes por un par dólares de más. Calidad de vida, sí, toda la que sea preciso, pero no a cualquier precio, porque el daño que causamos a la Naturaleza nos revertirá a nosotros o a las futuras generaciones.
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