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ERNESTO CASTRO FARIÑASCARDIÓLOGO

"Me pidieron que tratara a Franco porque no les quedó otro remedio"

Médico de prestigio, tanto que la cúpula franquista solicitó sus servicios a pesar de sus antecedentes socialistas, vivió en primera fila el paso a la transición.

ALEJANDRA DELGADO, Madrid
2/feb/03 22:56 PM
Edición impresa

Cómo iba a suponer aquel joven tacorontero, cuyo padre purgaba en las cárceles franquista su complicidad con el socialismo, que acabaría convirtiéndose en uno de los médicos personales del Generalísimo y frecuentando los mentideros del Palacio del Pardo. Una serie de coincidencias, que más tienen que ver con la trayectoria profesional que con las convicciones políticas, convirtieron a Ernesto Castro Fariñas en uno de los testigos privilegiados de los últimos años de la dictadura. Sus conocimientos le llevaron a formar parte de un equipo médico en el que se centraban las miradas del mundo entero.

- ¿Cómo acabó integrándose en el equipo médico de Franco?

- Quizás está mal que yo lo diga, pero creo que porque no les quedó más remedio, porque cuando tuvo la primera enfermedad, la trombosis venosa, yo era una gran autoridad en esos temas y pensaron que no podían dejar de llamarme. Para estudiar la posibilidad de operar se convocó una consulta conjunta a la que asistimos tres angiólogos. Yo fui el primero en hablar, por edad, y propuse que no se le operase. Pensé que allí se había acabado mi actividad, pero cuatro días más tarde, con gran sorpresa por mi parte, le dieron el alta en el hospital y me llamaron del que entonces era el equipo médico de Franco, formado por sólo tres internistas, para que colaborase con ellos y vigilara la evolución de la pierna. Así lo hice durante casi un año, hasta el verano del 75. Luego, cuando padeció el infarto, volvieron a llamarme para que colaborara.

- Esa colaboración le convierte en un testigo excepcional de esa etapa de la historia de España.

- Para mal y para bien, sí que lo he sido, por una razón o por otra, y es una de las facetas importante de mi vida. Me costó mucho trabajo.

- ¿Recuerda el día que le llamaron?

- Creo que era un domingo por la tarde. Estaba yo tranquilamente con mi mujer, comentado "cuánto me alegro que no se hayan acordado de mí, porque fíjate el lío que se ha organizado", cuando suena el teléfono. Era mi madre para decirme que me habían llamado a esta consulta, donde ella vivía, desde el Palacio de El Pardo, en concreto de la Casa Civil del Jefe del Estado. Al principio, mi madre les dijo que se dejaran de bromas y que no molestaran más. Pero diez minutos después volvió a sonar el teléfono y se identificó ante ella el señor Fuertes de Villavicencio, jefe de la Casa Civil, quien le dijo que quería contactar conmigo. Ella le dio mi número de teléfono y me llamó para preguntarme si tenía inconveniente en mantener una consulta. Le dije que de ninguna manera, que yo no tenía inconveniente.

- ¿Qué le llevó a aceptar?

- Dos razones: primero, porque los médicos tenemos obligación de asistir a quien lo solicite, el juramento hipocrático. Un médico no tiene derecho a negarse a nadie. Pero también un recuerdo de algo que ocurrió en Canarias. Un verano, terminando de comer, apareció la sirvienta para decirle a mi padre que había gente esperando en la consulta. Mi padre preguntó de quién se trataba y le comunicaron el nombre de una persona que no voy a citar, pero de quien era notoria su implicación en los "paseos" y las desapariciones de gente de izquierdas. Cuando la chica salió, le dije a mi padre cómo era posible que fuera a asistir a esa persona. Le pregunté "¿tú no sabes quién es y lo que hace"? Se me quedó muy serio mirando y dijo: "mira hijo, primero, tú no sabes la satisfacción que provoca que una persona como esta tenga que necesitarte; segundo, un médico no se puede negar a nadie".

- De poco le valió, porque su padre ingresó en prisión durante la Guerra Civil

- Sí, mi padre estuvo en la cárcel durante la guerra por sus ideas socialistas. Tenga usted en cuenta que en las elecciones del 36 hubo cuatro o cinco médicos que fueron vitales para ganar aquellos comicios: José Pérez Trujillo en Puerto de la Cruz, Feliciano Jerez Veguero en La Orotava, mi padre, que atendía desde Santa Úrsula hasta Guamasa, donde acababa su influencia y empezaba la del Obispado, que llegaba desde Guamasa a La Laguna, puntos intocable para la izquierda. Más allá, en Santa Cruz, estaban don Manuel Bethencourt del Río y don José Gerardo Martín Herrera, todos ellos del PSOE y con una gran influencia entre su gente. Se trataba de personas de una estatura moral muy grande. Recuerdo que Don José Pérez Trujillo era creyente y practicante, y del Partido Socialista. No puede usted imaginarse las críticas que le hacían por eso. "Cómo es posible, eso no puede ser, ese hombre es un hipócrita", le decía la derecha de aquel momento en Puerto de la Cruz.

Encarcelamiento

- ¿Cuándo encarcelan a su padre?

- A mi padre lo metieron en Fyffes a principios de agosto o finales de julio. Yo tenía quince años y me encontré con una familia que mantener y sacar adelante. Nos echaron prácticamente del pueblo, de Tacoronte, y nos tuvimos que ir a vivir a Santa Cruz. Allí mi padre, una vez le concedieron la libertad condicional y provisional, que le duró tres meses o algo así, abrió una consulta en la casa donde se había instalado toda la familia. Afortunadamente, era un hombre con muchísimo prestigio en toda la Isla y no tuvo problema para trabajar. Pero a los tres meses llegó una tarde a casa y encuentro a mi madre llorando. Se lo llevaron de nuevo por mucho tiempo, prácticamente toda la guerra. Después le dieron otra libertad vigilada, lo que le permitía recibir enfermos en casa, pero no podía realizar visitas. Nos requisaron el coche, nos quitaron la televisión. Todo esto, dicho ahora, parece una broma, pero créame que fue algo tremendo, sobre todo si usted se pone en la perspectiva de aquel momento.

- ¿Algo justificaba la confrontación?

- He leído que se quiere justificar el comienzo de la guerra con algunos episodios. Creo que fueron orquestados como justificación. Como cuando un amigo íntimo de mi padre, compañero de dominó, le acusó de comunista, porque todos éramos comunistas. La conspiración franco-judaico-masónica era lo que había y todos los que estábamos enfrente, todos los que perdimos la guerra, éramos franco-judaico-masónicos.

ERNESTO CASTRO FARIÑASCARDIÓLOGO