Cultura y Espectáculos

Sobran recursos, falta gestión

Representantes de distintas parcelas del arte, la docencia y la gestión denuncian la falta de debate intelectual y de coordinación interinstitucional; también coinciden en que la cultura insular carece de profesionales que racionalicen la oferta y sepan canalizar los medios a su disposición.
25/may/03 20:16 PM
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Todo el mundo coincide en que la cultura es el principal elemento vertebrador de un sociedad, pero en la práctica es la "maría", un asunto prescindible, que apenas importa porque no decide unas elecciones ni "se coge con el tenedor". La paradoja adquiere caracteres singulares en Canarias, donde existe un importante acervo y creadores de reconocido talento, pero una gestión política que en líneas generales no conoce la realidad cultural de su ámbito ni, por lo tanto, sabe sacar partido de la rica veta que ofrece el Archipiélago. En la actualidad, puede decirse que la cultura dispone de más recursos que nunca en las Islas, pero no de los elementos adecuados para administrarla de forma correcta y coordinada. Ello impide que programas, ciclos y actividades trasciendan a la sociedad y contribuyan a la educación del ciudadano.

Esta es la conclusión general del debate que reunió en las instalaciones de EL DÍA a cinco expertos que representan a otras tantas parcelas del arte, la docencia y la gestión. En concreto asistieron, invitados por esta Casa, Maribel Nazco, pintora y decana de la Facultad de Bellas Artes; Rafael Fernández Hernández, profesor titular de Literatura Española de la Universidad de La Laguna; María del Carmen Hernández García, presidenta de la Asociación de Profesionales de la Danza de Canarias (Pro-Danzac); Isabel Delgado, empresaria y asesora en gestión teatral, y Pompeyo Pérez Díaz, intérprete de instrumentos de cuerda, profesor de Musicología de la ULL y vocal de la Asociación Tinerfeña de Compositores y Musicólogos (COSIMTE).

A lo largo del coloquio se registraron argumentos confluyentes, como es la inveterada confusión de la cultura (elemento educativo) con el ocio (elemento lúdico); también la falta de un eslabón informativo entre las entidades que organizan actos culturales y el público.

La escasa coordinación entre las instituciones públicas es otro mal apuntado, junto a la ausencia de crítica y de debate intelectual.

Los participantes abogan por la correcta gestión de los recursos, ya que a su juicio existe dinero para la cultura, pero no está bien canalizado. Por otro lado, consideran que la gestión cultural debe estar institucionalizada y no depender de la gestión personal del responsable encargado del área, quien suele llegar a ella "rebotado" desde otra esfera de la Administración.

La escasa participación del ciudadano en la cultura es una de las causas del desinterés político. Como señala Carmen Hernández, "las ofertas llegan poco al ciudadano. Se han programado espectáculos de danza en el Guimerá de los que, incluso yo, como presidenta de mi colectivo, he llegado a enterarme casi por casualidad. Falta divulgación de las actividades que se organizan. En una ocasión, hablé con un concejal que se quejaba de que organizaba actos, pero la gente no acudía. El público no viene porque no se le educa y le falta información".

"Cuando hablamos de cultura", expone Isabel Delgado, "debemos disociar participación de consumo. Uno de los indicadores de nuestra público es que no acude a la mayoría de los actos programados por las instituciones, pero luego hay numerosos aficionados aglutinados en colectivos que organizan actividades en las que los ciudadanos sí toman parte. Frente a una determinada oferta cultural, muchas veces ocurre que el público, o bien carece de expectativas o éstas son equivocadas. Por eso creo que, antes que echarle la culpa al público, hay que poner cuidado en cómo se le hacen llegar las cosas".

En este sentido, la confusión del ocio y la cultura contribuye a la distorsión de la oferta. Como señala Maribel Nazco: "Si queremos tener cultura, hay que empezar por respetarla, ya que es la maría en todos los órdenes. Lo divertido y lo lúdico deben estar en un lado y la cultura en el otro".

A propósito, Carmen Hernández aporta una anécdota elocuente: "Cuando he presentado mis proyectos de danza, a mí se me ha dicho que lo mío era una distracción para las chicas, a lo que he respondido que yo no había estudiado una carrera para distraer a nadie. Nuestra disciplina no se considera de primer grado".

"La cultura es algo serio -insiste Nazco- y su misión en formar. Tenemos un pueblo que, por naturaleza, es receptivo; somos como esponjas. Así pues, la única obligación del político es contribuir a su formación".

La presidenta de Pro-Danzac introduce un matiz sociológico en el debate: "Antes, la cultura estaba en todas las personas, con independencia de los estudios que tuviera. Un cabrero podía declamar poesía. Luego vino una generación con más medios económicos pero menos cultura, y ahora nos encontramos con una generación, heredera de la anterior, a la que hay que llevar de nuevo a los teatros y volver a educar".

"Uno de los aspectos que revelan que vivimos en una sociedad pequeña -tercia Pompeyo Pérez- es la falta de crítica. Sólo se puede criticar lo que viene de fuera. Por otro lado, es alarmante que los medios de comunicación carezcan de crítica especializada en cada una de las áreas. Hasta hace poco, se podían leer en Prensa comentarios que en vez de análisis eran ecos sociales. Todo ello impide la existencia de un verdadero debate intelectual".

"En Canarias, la cultura es noticiosa sólo cuando se trata de un acontecimiento puntual", señala Isabel Delgado, cuya planteamiento secunda el vocal de COSIMTE: "Se intenta además que todos los actos sean multitudinarios, lo que nos ha llevado a un tipo de iniciativa cultural destinada al Guiness de los Récords, lo que resulta lamentable."

"El ciudadano -añade Pompeyo Pérez- participa poco en la cultura porque el nivel cultural de la población es bajo. ¿Cómo se resuelve? Con educación. Pero apostar por la formación requiere un nivel cultural del que los políticos, en su mayoría analfabetos funcionales, carecen. Sin olvidar que al político no le interesa que el ciudadano tenga criterio".

"Debemos ver la participación del ciudadano en la cultura bajo un prisma diacrónico", estima Rafael Hernández; "y en este sentido ha habido cambios: si antes, para sostener la cultura, se necesitaba que ese público asistiera en gran cantidad a muchos actos, ahora se tiende a la calidad. Bien es cierto que la respuesta a la programación de calidad es escasa. Hace poco se realizó un gran esfuerzo para organizar un ciclo en torno a la representación de Tic-Tac por Delirium y la respuesta fue pobre".

"No podemos descargar de toda responsabilidad al artista -sostiene Isabel Delgado- . Antes había más relación entre los creadores y mayor nivel crítico. Ahora, el artista está mejor dotado, por lo que tiende a acomodarse y buscar la rentabilidad inmediata. Es hora de decir que el artista también tiene obligaciones".

De la misma opinión es Pompeyo Pérez: "Hemos llegado a un punto en que la persona que realiza una actividad artística se acomoda. Y con ello pierde toda su capacidad de agitación, el poder de escandalizar al público".

"Los jóvenes tienen que gritar, hacer ruido, criticar a la generación anterior", agrega Maribel Nazco.

"Proyectos" y "espacios" son dos palabras favoritas en el campo de la gestión cultural. Pero la palabra "acto", en apariencia menos importante, domina el día a día.

"El arte, la danza o el teatro no son sólo un espectáculo programado en un sitio concreto, a determinada hora; son sectores que requieren formadores, técnicos y especialistas para que esas manifestaciones se mantengan", opina Isabel Delgado.

Para Carmen Hernández, "la programación no debe ser esporádica, sino periódica, de este modo podremos aspirar a ver en escena algo más que las cuatro compañías de siempre".

La empresaria y gestora retoma la palabra para indicar que "las instituciones deben oficializar sus programas, crear un caldo de cultivo propicio para todos los creadores: los que están, los que llegan y los que deciden experimentar".

Pero las infraestructuras son otro "talón de Aquiles" no menos importante. A juicio de Pompeyo Pérez, "los espacios son obsoletos y están infrautilizados".

La misma idea es desarrollada por Isabel Delgado cuando expone: "Cualquier cosa que se haga a nivel de espacio (no me refiero ya al Auditorio, sino a las casas de cultura) debería hacerse tras consultar a los profesionales. Porque todo lo que se construye son centros convencionales. La casa francesa es un modelo caduco que nos hace ir con veinte o treinta años de retraso con respecto a Europa. Y lo mismo pasa con los teatros. Hasta ahora sólo hemos dispuesto de salas italianas, que sólo son aptas para albergar espectáculos en los que el público está situado frente al escenario, pero no pueden representarse montajes que escapen a este modelo. En resumen, si queremos estar en Europa, debemos tener espacios culturales adecuados a nuestra época".

Cerrados por reformas el Paraninfo y el teatro Leal, el teatro Guimerá ha centralizado durante los últimos años la mayor parte de la actividad escénica y musical de la Isla, pero Pompeyo Pérez considera que "hasta que no dispongamos del Auditorio no se podrán abordar determinadas iniciativas".

Trasladando el problema al plano editorial y estableciendo un paralelismo entre Tenerife y Las Palmas, Rafael Fernández se muestra critico con la política del Cabildo. "Nuestros autores", señala, "están publicando en el Cabildo de Gran Canaria, cuando aquí, hace veinte años, el Cabildo tenía una línea editorial importante y un Aula de Cultura en el que había quince o dieciséis especialistas en cada área."

"Es verdad -matiza Isabel Delgado- que en Gran Canaria, el Cabildo publica gracias a la colaboración con buenas imprentas, pero, en contrapartida, no existen editoriales potentes, mientras que en Tenerife, el editor privado está consiguiendo que el libro salga de los almacenes y el trabajo del autor canario pueda ser conocido fuera de las Islas".

Fernández ahonda en el capítulo de los desequilibrios cuando observa que, en Tenerife, "Puerto de la Cruz tiene ahora más actividad que La Laguna. En el Sur apenas existe actividad, si se exceptúa Adeje, y lo mismo sucede en los municipios que integran la Isla Baja. Hay un desequilibrio pasmoso".

Decir que las instituciones no apoyan la cultura se ha convertido en una protesta recurrente. Los participantes en el debate tratan de dar explicación a este lamento crónico de los artistas.

"Las entidades y ayuntamientos organizan elementos que se presentan al público como brillantes. Desde ese momento, parece que la cultura ya está hecha, y no es así. La política cultural es la suma de gestión y coordinación", afirma Rafael Fernández.

En este aspecto, Carmen Hernández denuncia que "la actividad de muchos ayuntamientos se concentra en las fiestas patronales, pero el resto del año no se vuelve a saber de la cultura".

"Falta coordinación entre instituciones -opina Maribel Nazco- , lo que repercute en el mal aprovechamiento del poco o mucho dinero del que se dispone. Hay que canalizar mejor la financiación: formular propuestas y crear las comisiones correspondientes".

"A veces las comisiones se crean para que las cosas no salgan adelante", replica Fernández.

También Pérez Díaz cree que la política cultural no está en manos de buenos gestores. "Nunca son personas procedentes del mundo de la cultura -constata-. En una legislatura se encargan de Cultura y en la siguiente de Cementerios, Parques y Jardines. Sólo ejecutan presupuestos, pero desconocen el campo que gestionan".

La cultura, agrega, "no debe depender del criterio del concejal o el consejero de turno. El problema es que, como la sociedad civil está poco estructurada, parece imposible tomar una iniciativa sin el concurso público".

Para Nazco, "los políticos no entienden de formación a corto plazo. Ahora bien, las instituciones son inamovibles. Lo que hay que hacer es proponer iniciativas y mantener un nivel de crítica constante para evitar favoritismos".

"Pienso -interviene Rafael Fernández- que aunque las instituciones no deben ser intervencionistas, han de posibilitar una creación de calidad. ¿Cómo se consigue? Fomentando ese nivel intermedio necesario para vincular al creador con las instituciones. Éstas no deben ser paternalistas. Su función en el plano cultural no es dirigir, sino orientar".

"Y organizar con mayor rigor", apunta Nazco.

Rafael Fernández e Isabel Delgado coinciden en que "hay recursos pero no se saben utilizar de forma adecuada".

"Y lo peor de todo es que la población no castiga esa mala gestión", puntualiza Pompeyo Pérez, cuyo argumento aprovecha su compañero de la Universidad de La Laguna para apuntar que si el ciudadano no sanciona esa deficiente gestión es "porque carece de referentes críticos".

En su línea crítica, Pompeyo Pérez sugiere que cuando se habla de cultura canaria se hace en vacío.

"A los mismos que hablan de cultura canaria no les preguntes por pintores canarios, por poetas canarios o por la relación de las Islas con los Países Bajos, porque no sabrán responderte. La noción de cultura canaria -precisa- está limitada a unos elementos concretos de tipo folclórico, que es tanto como reducir la cultura francesa a la boina y al queso. Por todo ello, creo que no conviene desdeñar la elite, sobre todo en un tiempo en el que estamos colonizados por la música caribeña en su versión más degradada".

Rafael Fernández defiende la parte más noble de la cultura popular. "Es importante el acervo", asegura, "en estos momentos hay grupos que desarrollan una actividad encomiable en el campo antropológico y del estudio de las raíces tradicionales. El mundo tradicional es importante, pero si nos quedamos sólo en ese espacio perdemos de vista la proyección exterior de Canarias, que es por naturaleza una cultura proyectada hacia otros mundos. En mi opinión, una gestión cultural seria es aquella que mantiene el equilibrio entre los dos niveles, popular y culto, pero no intenta disociarlos. Porque en el momento que se disocia la cultura, los elementos que la constituyen se devalúan".

 

en la distancia

Insularidad, el gran hándicap

La insularidad se ha convertido en uno de los mayores enemigos del creador canario cuando éste intenta que su trabajo trascienda el ámbito local. A juicio de Pompeyo Pérez, "no existen cauces para que el artista canario difunda su propuesta fuera del territorio". Carmen Hernández se muestra beligerante al respecto: "Hay algo que nunca he podido entender. Los artistas canarios estamos lejos para irnos, pero cerca para traer a los de fuera. Se trata de la misma distancia, del mismo avión y del mismo dinero. Aquí vienen un montón de compañías catalanas, que me parece muy bien, y se les paga. Pero, ¿qué pasa con los canarios? ¿No hay interés en que salgan?" Nazco recurre a la memoria de la intelectualidad canaria, que siempre ha tendido puentes al exterior: "Siempre es importante cotejarse. El intercambio cultural me parece perfecto, pero siempre que se cuide nuestra parte, porque deberíamos saber en qué condiciones se está saliendo". Rafael Fernández coincide en que todo artista necesita que su obra se conozca dentro y fuera de su lugar de origen; el problema para Canarias "es que el poeta puede llevar consigo su libro, pero un escultor lo tiene tremendamente mal".