Tenerife Sur

Un grupo de mayores del club de Güímar en viaje a Italia


10/jun/03 19:37 PM
Edición impresa

VIAJAR ES UN PLACER; y si se realiza sobre las olas del viejo Mediterráneo, el alma acaba soñando excelsitudes. Es lo que le ocurrió a un nutrido grupo de hombres y mujeres del club de mayores de la ciudad de Güímar en los pasados días, que en una bien planeada excursión cruzaron la tierra y el mar ansiosos por descubrir nuevos pueblos que alumbrados por un sol radiante iban con ayuda de un alto y auspicioso mirar, llenándoles el corazón.

El avión se elevó en el aeropuerto de Los Rodeos con su carga de ilusiones, llegando a Barcelona como un rayo en travesía; y después camino acuático, en la cubierta de una motonave ligera que buscaba culturas con natural ansia por saber lo que Dios y los hombres habían creado por esos mundos. La Costa Azul francesa, con sus bonituras, fue seguidamente ojeada. Cagliari en panorama, igual que un blando sueño. Bizerta y el litoral de Túnez. La Valetta, Medina y, enfrente, un horizonte en el que se perdía, siempre ávida, la mirada y en la que la luna en su juego con las espumas ponía reflejos encendidos.

Nápoles, Capri y Pompeya, tres realidades como salidas de un mito y, a continuación, Civitavecchia. El amor a lo bello se volvía un credo, invitando a suspirar.

Más tarde, Roma en visita libre, con el Coliseo y los vetustos castillos cercanos, donde la historia tiene tanto que decir. San Pedro, un milagro en mármoles, templo-basílica, con los admirados frescos de un Miguel Ángel inmortal... un cielo en arte en que, a poco que se contemple, gladiadores y fieras forman cuadro. Niza y Mónaco como en un sueño...

Cuando el sur francés volvió a ser una exigencia de vuelta, ya Italia en gran parte venía presa en carretes fotográficos para ser más tarde exhibida: todo a la mayor gloria de un recuerdo.

Pero fueron sus gentes y sus costumbres las que llenaron el alma del grupo güimarero, dejando en visos espirituales un trato y una estima que superó lo que los visitantes imaginaron al empezar. Y es que Italia sigue siendo en arte todo un verdadero mundo. Su mar y sus montañas pugnan por hacerse querer todo tiempo, acabando por dar una gratísima e inolvidable impresión. Su historia fascina, y deslumbra su cielo. Maravillas por doquier siempre en dulcedumbre que sin querer calan con infinita hondura. Un sueño que se hace realidad dando enajenado placer a un puñado de hombres y mujeres que volvieron ángeles, dulzura y gozo en carne viva.