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Aznar y Zapatero radicalizan sus diferencias en un debate bronco

El enfrentamiento verbal entre los líderes del PP y el PSOE se convirtió en un agrio preludio, con descalificaciones incluidas, de lo que será la campaña electoral de las Generales del próximo año.
COLPISA, Madrid
1/jul/03 14:13 PM
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El último gran debate parlamentario entre José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en un agrio preludio de lo que será la campaña de 2004. No hubo espacio para el consenso, sólo para las descalificaciones: el presidente del Gobierno se apoyó en siete años de gestión para negar a su oponente capacidad para ser alternativa y liderar el país; el líder de la oposición presentó un catálogo de propuestas que enfrentó a la política del Ejecutivo, un conjunto, en su opinión, de mentiras e ineficacia.

Se preveía un debate bronco y lo fue. Todos los asuntos que han ensanchado la distancia entre el Gobierno y la oposición en este último año ? la guerra de Irak, el "Prestige", la inmigración e, in-cluso, la crisis de la Comunidad de Madrid ? volvieron a ponerse so-bre la mesa; si quedaba alguna es-peranza para recomponer el consenso, el debate mostró que habrá que aguardar hasta la próxima le-gislatura. La prioridad que ambos líderes demostraron tener es la preparación de las próximas elecciones, anunciadas por Aznar para marzo en su intervención inicial.

La espita la abrió el secretario general del PSOE quien, a los 30 segundos de comenzar su discurso, unió al calificativo de "autoritario" ? con el que definió a Aznar el año pasado ? los de "ineficaz y mentiroso". Hasta entonces, el presidente del Gobierno se había limitado a hacer un balance exitoso de su gestión sin apenas críticas a los adversarios.

Aznar dibujó, en su primera intervención, un país que avanza, con una economía en crecimiento que permite reducir el paro y controlar el déficit y el gasto público, que mejora la educación y la sanidad, que da pasos en la descentralización al tiempo que fortalece sus instituciones y combate el terrorismo. Un país comprometido con el mundo exterior, que estuvo "donde debía estar" en la guerra de Irak y que contribuye en primera línea al desarrollo del proyecto europeo.

El "Prestige"

No hubo espacio para la autocrítica. Ni con el "Prestige" ?17 líneas en un discurso de 40 páginas? ni con la seguridad ciudadana ?los juicios rápidos y el plan de lucha están ahí para combatirla? ni con la vivienda ?el precio se disparó más con el PSOE que con el PP?, ni siquiera con los planes del AVE. España, concluyó Aznar, está mejor que hace siete años en todos sus capítulos.

Rodríguez Zapatero no aceptó este diseño idílico. "No ha sido un año de paz, concordia y prosperidad", dijo, sólo propaganda para ocultar la ineficacia y la incompetencia. Los impuestos crecen, la competitividad merma, las ayudas a las familias son insuficientes, los delitos aumentan, la vivienda está más cara que nunca, la educación vuelve a "posiciones preconstitucionales", no hay inversión en investigación y el Gobierno ha roto el consenso de veinte años en política exterior. Aznar ha dejado de ser de centro para encarnar a la derecha más pura.

Réplica

Con estas visiones tan distintas de un mismo país no resultó extraño que el debate fuera a cara de perro. Aznar salió a las réplicas dispuesto a machacar a su adversario, al que tildó de "hueco" en sus propuestas, de hacer "chismorreo de barrio" y de pretender utilizar el debate parlamentario solamente para "recomponer" su figura política.

Ni siquiera aceptó las propuestas de regeneración de la democracia que Rodríguez Zapatero calcó en su mayoría del programa electoral del PP de 1996. Si las hace ahora, vino a decir, es porque su partido no ha conseguido el gobierno de Madrid. Y no lo ha hecho por un conflicto interno de "incompetencia" que sólo demuestra la falta de liderazgo del secretario general del PSOE.

La lucha antiterrorista tampoco quedó a salvo de las granadas. Aznar acusó frontalmente a Rodríguez Zapatero de incumplir el acuerdo al permitir a los socialistas navarros auparse en las alcaldías de determinados pueblos con el apoyo de independentistas. El golpe revolvió al dirigente socialista, que anunció por sorpresa el levantamiento de las sanciones anunciadas contra los "rebeldes".

Cohesión de España

Muy escasa fue también la aproximación sobre la cohesión de España. Aznar rechazó la reforma del Senado que propuso el líder de la oposición y Rodríguez Zapatero echó en cara al presidente del Gobierno haber dado pasos atrás en la concordia entre comunidades. Ambos sólo coincidieron en la proclama general de que ambos lucharán para mantener la unidad de España. Un aviso a navegantes de cara al otoño, cuando los dos partidos mayoritarios en las Cortes necesitarán un acuerdo para hacer frente de forma conjunta al "plan Ibarretxe".

IU, PNV y CiU

El tono de Aznar se volvió aún más agrio en su debate con el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, al que no otorgó credibilidad alguna, y con el portavoz del PNV, Iñaki Anasagasti. La deriva soberanista de los nacionalistas vascos, que el presidente advirtió que combatirá con todo el peso de la ley y del Estado de Derecho, ha abierto una sima que a fecha de hoy parece difícil de cerrar.

El presidente del Gobierno sólo estuvo conciliador en su debate particular con Xavier Trías, portavoz de los catalanes de CiU, que también celebró su último debate, con quien empleó guante blanco, sabedor de que los nacionalistas catalanes y los populares no sólo se necesitan ahora en Cataluña, sino que posiblemente se necesitarán también en la próxima legislatura para conformar una mayoría que dé estabilidad al gobierno del Estado.

El último gran debate parlamentario entre José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en un agrio preludio de lo que será la campaña de 2004. No hubo espacio para el consenso, sólo para las descalificaciones: el presidente del Gobierno se apoyó en siete años de gestión para negar a su oponente capacidad para ser alternativa y liderar el país; el líder de la oposición presentó un catálogo de propuestas que enfrentó a la política del Ejecutivo, un conjunto, en su opinión, de mentiras e ineficacia.

Se preveía un debate bronco y lo fue. Todos los asuntos que han ensanchado la distancia entre el Gobierno y la oposición en este último año ? la guerra de Irak, el "Prestige", la inmigración e, in-cluso, la crisis de la Comunidad de Madrid ? volvieron a ponerse so-bre la mesa; si quedaba alguna es-peranza para recomponer el consenso, el debate mostró que habrá que aguardar hasta la próxima le-gislatura. La prioridad que ambos líderes demostraron tener es la preparación de las próximas elecciones, anunciadas por Aznar para marzo en su intervención inicial.

La espita la abrió el secretario general del PSOE quien, a los 30 segundos de comenzar su discurso, unió al calificativo de "autoritario" ? con el que definió a Aznar el año pasado ? los de "ineficaz y mentiroso". Hasta entonces, el presidente del Gobierno se había limitado a hacer un balance exitoso de su gestión sin apenas críticas a los adversarios.

Aznar dibujó, en su primera intervención, un país que avanza, con una economía en crecimiento que permite reducir el paro y controlar el déficit y el gasto público, que mejora la educación y la sanidad, que da pasos en la descentralización al tiempo que fortalece sus instituciones y combate el terrorismo. Un país comprometido con el mundo exterior, que estuvo "donde debía estar" en la guerra de Irak y que contribuye en primera línea al desarrollo del proyecto europeo.

No hubo espacio para la autocrítica. Ni con el "Prestige" ?17 líneas en un discurso de 40 páginas? ni con la seguridad ciudadana ?los juicios rápidos y el plan de lucha están ahí para combatirla? ni con la vivienda ?el precio se disparó más con el PSOE que con el PP?, ni siquiera con los planes del AVE. España, concluyó Aznar, está mejor que hace siete años en todos sus capítulos.

Rodríguez Zapatero no aceptó este diseño idílico. "No ha sido un año de paz, concordia y prosperidad", dijo, sólo propaganda para ocultar la ineficacia y la incompetencia. Los impuestos crecen, la competitividad merma, las ayudas a las familias son insuficientes, los delitos aumentan, la vivienda está más cara que nunca, la educación vuelve a "posiciones preconstitucionales", no hay inversión en investigación y el Gobierno ha roto el consenso de veinte años en política exterior. Aznar ha dejado de ser de centro para encarnar a la derecha más pura.

Con estas visiones tan distintas de un mismo país no resultó extraño que el debate fuera a cara de perro. Aznar salió a las réplicas dispuesto a machacar a su adversario, al que tildó de "hueco" en sus propuestas, de hacer "chismorreo de barrio" y de pretender utilizar el debate parlamentario solamente para "recomponer" su figura política.

Ni siquiera aceptó las propuestas de regeneración de la democracia que Rodríguez Zapatero calcó en su mayoría del programa electoral del PP de 1996. Si las hace ahora, vino a decir, es porque su partido no ha conseguido el gobierno de Madrid. Y no lo ha hecho por un conflicto interno de "incompetencia" que sólo demuestra la falta de liderazgo del secretario general del PSOE.

La lucha antiterrorista tampoco quedó a salvo de las granadas. Aznar acusó frontalmente a Rodríguez Zapatero de incumplir el acuerdo al permitir a los socialistas navarros auparse en las alcaldías de determinados pueblos con el apoyo de independentistas. El golpe revolvió al dirigente socialista, que anunció por sorpresa el levantamiento de las sanciones anunciadas contra los "rebeldes".

Muy escasa fue también la aproximación sobre la cohesión de España. Aznar rechazó la reforma del Senado que propuso el líder de la oposición y Rodríguez Zapatero echó en cara al presidente del Gobierno haber dado pasos atrás en la concordia entre comunidades. Ambos sólo coincidieron en la proclama general de que ambos lucharán para mantener la unidad de España. Un aviso a navegantes de cara al otoño, cuando los dos partidos mayoritarios en las Cortes necesitarán un acuerdo para hacer frente de forma conjunta al "plan Ibarretxe".

El tono de Aznar se volvió aún más agrio en su debate con el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, al que no otorgó credibilidad alguna, y con el portavoz del PNV, Iñaki Anasagasti. La deriva soberanista de los nacionalistas vascos, que el presidente advirtió que combatirá con todo el peso de la ley y del Estado de Derecho, ha abierto una sima que a fecha de hoy parece difícil de cerrar.

El presidente del Gobierno sólo estuvo conciliador en su debate particular con Xavier Trías, portavoz de los catalanes de CiU, que también celebró su último debate, con quien empleó guante blanco, sabedor de que los nacionalistas catalanes y los populares no sólo se necesitan ahora en Cataluña, sino que posiblemente se necesitarán también en la próxima legislatura para conformar una mayoría que dé estabilidad al gobierno del Estado.

El último gran debate parlamentario entre José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en un agrio preludio de lo que será la campaña de 2004. No hubo espacio para el consenso, sólo para las descalificaciones: el presidente del Gobierno se apoyó en siete años de gestión para negar a su oponente capacidad para ser alternativa y liderar el país; el líder de la oposición presentó un catálogo de propuestas que enfrentó a la política del Ejecutivo, un conjunto, en su opinión, de mentiras e ineficacia.

Se preveía un debate bronco y lo fue. Todos los asuntos que han ensanchado la distancia entre el Gobierno y la oposición en este último año ? la guerra de Irak, el "Prestige", la inmigración e, in-cluso, la crisis de la Comunidad de Madrid ? volvieron a ponerse so-bre la mesa; si quedaba alguna es-peranza para recomponer el consenso, el debate mostró que habrá que aguardar hasta la próxima le-gislatura. La prioridad que ambos líderes demostraron tener es la preparación de las próximas elecciones, anunciadas por Aznar para marzo en su intervención inicial.

La espita la abrió el secretario general del PSOE quien, a los 30 segundos de comenzar su discurso, unió al calificativo de "autoritario" ? con el que definió a Aznar el año pasado ? los de "ineficaz y mentiroso". Hasta entonces, el presidente del Gobierno se había limitado a hacer un balance exitoso de su gestión sin apenas críticas a los adversarios.

Aznar dibujó, en su primera intervención, un país que avanza, con una economía en crecimiento que permite reducir el paro y controlar el déficit y el gasto público, que mejora la educación y la sanidad, que da pasos en la descentralización al tiempo que fortalece sus instituciones y combate el terrorismo. Un país comprometido con el mundo exterior, que estuvo "donde debía estar" en la guerra de Irak y que contribuye en primera línea al desarrollo del proyecto europeo.

No hubo espacio para la autocrítica. Ni con el "Prestige" ?17 líneas en un discurso de 40 páginas? ni con la seguridad ciudadana ?los juicios rápidos y el plan de lucha están ahí para combatirla? ni con la vivienda ?el precio se disparó más con el PSOE que con el PP?, ni siquiera con los planes del AVE. España, concluyó Aznar, está mejor que hace siete años en todos sus capítulos.

Rodríguez Zapatero no aceptó este diseño idílico. "No ha sido un año de paz, concordia y prosperidad", dijo, sólo propaganda para ocultar la ineficacia y la incompetencia. Los impuestos crecen, la competitividad merma, las ayudas a las familias son insuficientes, los delitos aumentan, la vivienda está más cara que nunca, la educación vuelve a "posiciones preconstitucionales", no hay inversión en investigación y el Gobierno ha roto el consenso de veinte años en política exterior. Aznar ha dejado de ser de centro para encarnar a la derecha más pura.

Con estas visiones tan distintas de un mismo país no resultó extraño que el debate fuera a cara de perro. Aznar salió a las réplicas dispuesto a machacar a su adversario, al que tildó de "hueco" en sus propuestas, de hacer "chismorreo de barrio" y de pretender utilizar el debate parlamentario solamente para "recomponer" su figura política.

Ni siquiera aceptó las propuestas de regeneración de la democracia que Rodríguez Zapatero calcó en su mayoría del programa electoral del PP de 1996. Si las hace ahora, vino a decir, es porque su partido no ha conseguido el gobierno de Madrid. Y no lo ha hecho por un conflicto interno de "incompetencia" que sólo demuestra la falta de liderazgo del secretario general del PSOE.

La lucha antiterrorista tampoco quedó a salvo de las granadas. Aznar acusó frontalmente a Rodríguez Zapatero de incumplir el acuerdo al permitir a los socialistas navarros auparse en las alcaldías de determinados pueblos con el apoyo de independentistas. El golpe revolvió al dirigente socialista, que anunció por sorpresa el levantamiento de las sanciones anunciadas contra los "rebeldes".

Muy escasa fue también la aproximación sobre la cohesión de España. Aznar rechazó la reforma del Senado que propuso el líder de la oposición y Rodríguez Zapatero echó en cara al presidente del Gobierno haber dado pasos atrás en la concordia entre comunidades. Ambos sólo coincidieron en la proclama general de que ambos lucharán para mantener la unidad de España. Un aviso a navegantes de cara al otoño, cuando los dos partidos mayoritarios en las Cortes necesitarán un acuerdo para hacer frente de forma conjunta al "plan Ibarretxe".

El tono de Aznar se volvió aún más agrio en su debate con el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, al que no otorgó credibilidad alguna, y con el portavoz del PNV, Iñaki Anasagasti. La deriva soberanista de los nacionalistas vascos, que el presidente advirtió que combatirá con todo el peso de la ley y del Estado de Derecho, ha abierto una sima que a fecha de hoy parece difícil de cerrar.

El presidente del Gobierno sólo estuvo conciliador en su debate particular con Xavier Trías, portavoz de los catalanes de CiU, que también celebró su último debate, con quien empleó guante blanco, sabedor de que los nacionalistas catalanes y los populares no sólo se necesitan ahora en Cataluña, sino que posiblemente se necesitarán también en la próxima legislatura para conformar una mayoría que dé estabilidad al gobierno del Estado.