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El otro impuesto

Los "aparcacoches" espontáneos campan por sus respetos en las inmediaciones del Hospital Universitario de La Candelaria, entre la resignación de los "clientes" y la desidia de las autoridades.
EL DÍA, S/C de Tenerife
4/jul/03 18:18 PM
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La visita a un centro sanitario nunca es algo agradable porque suele estar relacionada con la presencia de algún familiar enfermo o, a veces, algo peor, incluyendo la mala salud personal. En el caso del Hospital Universitario de La Candelaria, a una situación ya de por sí delicada se une el "peaje" a pagar por dejar estacionado el coche fuera del centro. Es un auténtico "impuesto revolucionario" que han tenido que pagar alguna vez casi todos los cuidadanos de la capital.

Desde la llegada al recinto se nota la presión de estas personas que, aunque pudiera parecer lo contrario, están perfectamente organizadas, tanto en cuanto a lugares de ubicación como de horarios.

Mientras médicos, enfermeras y demás personal que trabaja en el centro tienen un aparcamiento propio, cerrado y vigilado, junto al recinto del hospital, el resto de los "mortales" queda expuesto al chantaje, a veces emocional y en otras ocasiones en el sentido literal del término, de este grupo de personas, cuyo número oscila, aunque en ocasiones pueden llegar a casi una decena.

La cantidad que se reclama al conductor no es fija, aunque se ha puesto de moda la frase "por un euro yo no estoy tantas horas cuidándote el coche". También hay en ocasiones amenazas veladas de lo que le podría ocurrir al vehículo en caso de no contar con protección. O sea, al más puro estilo mafioso, una forma de amedrentar que aumenta en horas nocturnas o cuando hay debilidad al tratarse de mujeres solas o con niños.

"Buscarse la vida"

Ellos, los improvisados "guardias urbanos" del lugar lo tienen muy claro: es una forma de "buscarse la vida", en el argot que utilizan. Pero no se trata de un fenómeno nuevo. Por contra, ha sido denunciado por vecinos y usuarios desde hace tiempo sin que por el momento se haya hecho nada para atajarlo.

La solución podría pasar por regular el "trabajo", legalizar si hace falta a algunas personas y al resto impedirle "extorsionar" al usuario de los aparcamientos. Para ello hace falta una política municipal decidida porque nadie está obligado a tener que soportar situaciones así en instantes de especial delicadeza, en momentos anímicos muy bajos, en los que el deseo de salir lo más pronto posible del lugar hace que se pague casi sin pensar.

Un problema para afrontar, unido, además, al fenómeno creciente de la inseguridad.