Cultura y Espectáculos
JORGE SEMPRÚN ESCRITOR

"El mal se puede evitar, pero no erradicar"

El autor de "Veinte años y un día" y "Autobiografía de Federico Sánchez", ministro de Cultura durante el mandato socialista, considera que, en la última crisis internacional, el Gobierno de España debería haber contribuido a formar una alianza trasatlántica antes que ponerse del lado de la superpotencia americana.
J. A. DULCE, S/C de Tenerife
12/sep/03 20:23 PM
Edición impresa

Tiene razón Mariano Vega cuando afirma que Jorge Semprún es testigo imprescindible de nuestra más reciente historia. Por el autor de "Veinte años y un día" han pasado crisis, guerras, desmoronamientos y alguna que otra aventura política (como la cartera española de Cultura cuya titularidad desempeñó bajo el mandato socialista, entre 1988 y 1991), sin que su coherencia ética e ideológica haya sido menoscabada por los vaivenes de esa izquierda a la que no ha renunciado. En su primera visita a Tenerife, Semprún pronunció anoche la conferencia "Relato del mal" en el marco de la Fiesta del Arte del Ateneo de La Laguna.

-En un día tan tristemente señalado como el de ayer, cabe preguntarse si el mal es una consecuencia del libre albedrío o una potencia inducida en el hombre.

-Desde el punto de vista filosófico es consecuencia del libre albedrío; forma parte de la libertad. Por eso, el sueño colectivo de erradicación del mal es absurdo. El hombre es capaz del mal y hay una predisposición metafísica a él, aunque es verdad que luego hay un mal inducido que algunas sociedades intentan corregir. No comparto la teoría de que no hay nada que hacer contra el mal, del mismo modo que disiento de la idea racionalista de que la educación lo arregla todo. La educación contribuye a evitar el mal, pero no a erradicarlo, porque, para ello, habríamos de suprimir la libertad humana. El hombre no es una máquina que se programa para evitar sus fallos.

-En varios de sus libros ha dado testimonio de su experiencia en el campo de concentración nazi de Buchenwald. ¿Qué le enseñó acerca del hombre?

-Un campo de concentración es una situación límite, una realidad donde todo está exagerado. Las condiciones de supervivencia son aún peores que bajo la peor dictadura, por eso la única comparación posible es con la esclavitud en la Antigüedad romana o griega, nunca con la lucha del proletariado, puesto que el obrero puede rebelarse, emigrar o hacer huelga. Un campo de concentración te enseña que el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, y, a veces, el mismo tipo de hombre. Éste puede robar un mendrugo de pan para sobrevivir aun a sabiendas de que está quitando días de vida a otro recluso y, al revés, repartir ese mismo pan con idéntico perjuicio para sí mismo.

-Usted se define como "un deportado". ¿Cuál sería el perfil del deportado en el mundo global?

-No tiene un perfil público. Somos ya tan pocos que es difícil localizarnos; somos como dinosaurios. Pero si hubiera posibilidad de indagar, buscar y encontrar a ese superviviente, llamaría la atención por su serenidad ante la experiencia del bien y del mal. Este hombre sabe que el mal se puede evitar, pero no erradicar.

-En su primer guión cinematográfico, "La guerra ha terminado" (Alain Resnais, 1966), uno de los personajes profetizaba que algunos de los miembros de la izquierda en la clandestinidad acabarían siendo ministros. Usted lo acabó siendo.

-No pensaba entonces que esa profecía se pudiera cumplir algún día en mi persona. Esa reflexión surgió de la propia lógica del guión. No hablaba de mí ni de mi porvenir; además, ha habido otros casos de miembros de la clandestinidad bajo el nazismo que luego han sido ministros.

-Además de Resnais y del documental que usted rodó bajo el título "Las dos memorias", su experiencia cinematográfica alcanza a otros directores como Joseph Losey ("Las rutas del sur"), Granier-Deferre ("Una mujer en la ventana") o Costa-Gavras ("Z", "El atentado", Sección especial"). ¿Con cuál se entendió mejor?

-Si hablamos en términos de simpatía, con Costa-Gavras, que en este sentido antepondría al más complejo y no siempre asequible Resnais. Pero desde el punto de vista literario, la relación más fructífera fue con éste, ya que tanto "La guerre est finie" o "Stavisky" eran guiones originales.

-Su paso por el Ministerio de Cultura durante el mandato felipista, ¿le abrió los ojos en relación con la izquierda española?

-Me los abrieron otras cosas, entre ellas la máquina burocrática del poder. El Ministerio de Cultura tenía por entonces poco presupuesto, escaso prestigio y mucha burocracia, además de algunas personas admirables. Hay dos datos que a mi juicio definen cómo era la situación entonces. Por un lado, yo, como ministro, era el productor único del cine español, ya que todas las películas estaban subvencionadas, algo para mí insano, puesto que era un herencia del franquismo, que concedía créditos sindicales para las películas a cambio de silencio o connivencia con el régimen. Por otro lado, estaba el Museo del Prado, que al revés que hoy carecía de toda autonomía. Era imposible desplazar una carpeta o mover de sitio una goma sin que lo aprobara el Ministerio.

-La política de España respecto a Estados Unidos divide a la opinión pública de este país. ¿Dónde está la frontera que separa la alianza del vasallaje?

-La frontera debe marcarla la clara comprensión del papel que España desempeña en el mundo. Estar con el que manda sólo es una solución provechosa a corto plazo, la más fácil y quizá, también, la más arriesgada. España no puede olvidar el lugar tan específico que tiene en Europa, como puente hacia América del Sur y Norteamérica, sin olvidar su vínculo histórico con el África septentrional. Por eso creo, pero es sólo mi opinión, que España debió haber contribuido a una alianza trasatlántica antes que ponerse enseguida del lado del poderoso.

JORGE SEMPRÚN ESCRITOR