Tenerife Norte
LO ÚLTIMO:
foto del aviso
Gobierno y sindicatos acuerdan derogar partes de la reforma laboral sin apoyo de la CEOE leer

Desde el umbral de la comprensión


30/sep/03 18:44 PM
Edición impresa

A TRAVÉS DE LA VENTANA veo en el cielo, agazapadas e interpuestas entre sí, las primeras nubes del nuevo otoño que comienza. Aún, sus caprichosas formas, no se definen del todo, sólo aparecen como siluetas trasnochadas, grises y difuminadas, sombreando los blancos y algodonados perfiles de su temprana imagen proyectada en el cosmos. Se siente el aire fresco, cuando acaricia vehemente; y uno comienza a percibir, mientras la tarde va muriendo, un sentimiento nostálgico tal, que obliga a pensar en cuantas cosas han sucedido desde el anterior otoño; y se hace un silencio sobrecogedor que nos insta a pensar en todo aquello que, en tan corto tiempo, hemos perdido. Por mi mente pasan recuerdos de vidas truncadas de seres queridos que se nos han ido para siempre. Y ha sido preocupante, y lo sigue siendo. ¡Cómo nos vamos, y casi sin darnos cuenta! ¡Cuánto dolor y tristeza, cuántos familiares y amigos desconsolados! Sólo sentimos el consuelo que nuestra fe cristiana nos depara. Si no fuera así, la vida fuera inicua, sin perspectivas, sin verdaderos horizontes espirituales. Sentiría uno, más miedo del que ya se siente por dejar tantas pertenencias íntimas y encantos...

Me pregunto hasta la saciedad: ¿Porqué vivimos enfrentados a nuestros semejantes, porqué las guerras, disputas, agravios, críticas malsanas y envidias? Reflexionemos y acariciemos las cosas bellas que nos brinda la vida. Detengámonos, por unos instantes, siquiera, y acariciamos la idea de hacer un pequeño esfuerzo por comprender a los demás. Ahí está el secreto. Que nadie es perfecto. Y disculpemos los errores que cometen los demás, a veces contra nosotros mismos.

Mañana, cuando despunte el alba, cuando tomemos contacto visual con el claro espejo de la vida, después de darle gracias a Dios, veamos cuantas cosas bellas nos rodean, están ahí para alegrarnos esta efímera permanencia, la vida. No prestemos más atención a todo aquello que quiera irritarnos: a la vanidad y a la estupidez de tantos semejantes nuestros, seres incívicos que pululan por doquiera, a infinidad de sinvergüenzas, explotadores sin escrúpulos, gentes de diversas calañas, inadaptados sociales, frustrados y, en fin, mal engendrados... busquemos en ellos su lado bueno, porque todos poseemos esa oculta cualidad, por muy malos que seamos. Hallaremos, pues, en ellos, si nos lo proponemos, una amplia puerta abierta esperanzadora hasta alcanzar el umbral de la comprensión. Y enseñemos amar perdonando las ofensas recibidas, el desprecio, la intolerancia y la burla. Ellos serán los primeros en sorprenderse, al descubrir el caudal humano que guardaron tanto tiempo y que no habían experimentado. Ser buena gente es lo más sencillos del mundo y lo más gratificante. Así da gusto vivir, aunque temamos, muchas veces, a la muerte y sintamos tanto apego hacia esta dulce vida y todo lo noble que en ella tenemos. Pero, repito, nos consuela, considerablemente, saber que una mano nos orientará en el largo camino hacia el Edén prometido... Sólo que, hay que ganarlo estando en bien con nuestros semejantes, con nosotros mismos y siempre con Dios.