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LA CRONICA

Esta vez no DUELE

El Tenerife se sobrepuso a una adversidad creada por sí mismo y despidió el derby fortalecido, con la sensación de que pudo haber culminado la proeza. Pero todo quedó en un empate que sabe a triunfo.
ERICK CANINO, Las Palmas
5/oct/03 12:09 PM
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Es casi relato nuevo. Esta vez no hubo ingratitud en el derby. Posse rescató a su equipo de la encrucijada de su historia con gesto de genio. 1-1, con los nervios congelados después del último remate de Las Palmas al larguero en los instantes finales, pero con una sensación de satisfacción innegable.

Sobre las 19:15, después del pitido final, la grandiosidad del Estadio de Gran Canaria quedó tomada por los cánticos desde las gradas de los casi 1.200 blanquiazules. Nunca un punto supo tanto a victoria. En el rincón ajeno, llenando con matices el clásico. Esta vez el derby no duele.

Y fue Djukic el que pecó de ingenuo. El yugoslavo, con tantos minutos (¡y que minutos!) de profesionalidad vividos, hizo lo justo para dejar en evidencia a Álvaro Iglesias en una avanzada amarilla que debía morir sin agobios en la frontal del área blanquiazul. El meta mostró sus deficiencias en el juego con los pies y la falta de criterio para resolver una acción que nunca debió encontrar premio. Rubén apretó lo justo para desestabilizar el espíritu de cristal del portero chicharrero y aceptó la invitación a macar: 0-1, y gracias. El error más grave en los minutos más sentidos de la temporada.

El inicio del Tenerife, previo al desastre defensivo, sirvió para templar los nervios. David Amaral rearmó el bloque pensando en el rival y con la intención implícita de salvar a su equipo de los males de jornadas pasadas: la fragilidad en las bandas. Hubo efecto. La figura volátil de Posse como punta más avanzado y, más que nada, la presencia de Aarón en la banda derecha dieron soporte efectivo a las renovadas intenciones blanquiazul. Sin fútbol, con la calidad rasurada por las tensiones del derby, y midiendo según su propio impulso la capacidad de Las Palmas.Y ahí sorprende el papel de los amarillos.

Los locales más que empujar absorbieron siempre el fútbol del Tenerife y maniataron lo ofensivo con una mesura estudiada. Arriba estaba Rubén, anclado en su vida de cazador furtivo. Tarde o temprano iba a llegar. Y sucedió. Injusto, pero como consecuencia fiel de la transcripción de la historia del clásico al tiempo presente. Los amarillos se pusieron por delante y en las gradas estalló la fiesta de la rivalidad insular. Pero esta vez hubo un desquite.

A partir de entonces, Las Palmas se encontró con el partido hecho hasta el descanso. Superó a un rival que se sujetaba a si mismo. Con la obligación insalvable de buscar el gol, el esquema inicial resultó escaso para el Tenerife. Posse desestabilizó pero ya no se trataba de marear, sino de asestar el golpe. En esa fase, los locales pudieron aumentar la distancia.

En del descanso, vuelta a los orígenes y al fútbol primario: Kiko "Ratón" como ariete fijo entre los centrales amarillos. Fue Posse el que reventó el partido a golpe de ingenio, pero es incuestionable que el norteño enriqueció con una simpleza contundente los recursos ofensivos del Tenerife. Llevando su aliento hasta la totalidad de los defensas amarillos, Kiko hizo imposible la tranquilidad de los centrales locales.

Juego directo, la solución

El equipo de David Amaral llevó a la práctica un juego más directo. Los grancanarios aún conservaban la mínima renta en el marcador pero ya comenzaban a sentir que le habían cambiado el partido. La disputa de Kiko con los centrales amarillos permitió a Posse retrasar unos metros su posición en el campo y buscar la pelota en la línea de medio. Una de esas, con una precisión fabricada en milésimas de segundo, el futbolista argentino hizo grande el fútbol con un golpeo de más de 40 metros. Después del 1-1, el Tenerife recreó sus méritos para justificar el empate. Los blanquiazules tuvieron presencia en el área rival y llegaron incluso a reclamar un posible penalty sobre Andrade y a protestar la anulación de un gol de Jesús Vázquez.

Las secuencias finales trajeron la agitación cardíaca. Con un hombre menos por expulsión de Edu Moya, el Tenerife sufrió los últimos arrestos de orgullo de Las Palmas y Pedro Vega y Changui (éste con un disparo al larguero) estuvieron cerca de dejar los puntos donde casi siempre terminan.

Pero esta vez, como ya ocurriera con el cruce de caminos en la Primera División, el Tenerife se marchó de Gran Canaria con una satisfacción doble.

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