Santa Cruz de Tenerife

El Nobel Saramago elige Añaza para la presentación mundial de su próximo libro

El literato visitó en la tarde-noche de ayer la biblioteca municipal que lleva su nombre en el barrio de Añaza y saldó su ausencia en la inauguración de las instalaciones, en julio de 2002.
HUMBERTO GONAR, Tenerife
21/nov/03 22:52 PM
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"Mi próximo libro se titulará Ensayo sobre la lucidez y espero terminarlo en enero o febrero. Posiblemente en marzo o abril ya estará impreso", comentó el Premio Nobel de Literatura 1998, José Samarago, durante su visita a la biblioteca que lleva su nombre en Añaza. En ese momento, una pe-queña, Selene Díaz, que se agolpaba ante el literato entre media docena de chiquillos del barrio, le espetó de forma espontánea: "El 5 de abril será mi cumpleaños". El escritor la miró y le hizo su regalo por adelantado: "Intentaré que coincida. Es más, podríamos presentarlo aquí y tú te sentarás conmigo presidiendo la mesa".

De esta forma, más propia de la ficción que dibuja con letras el propio Saramago que de un compromiso real, el escritor portugués afincado en Lanzarote, agradeció "la ilusión que te produce bajarte del coche y leer el cartel de una biblioteca que lleva tu nombre".

"¿Quién me lo iba a decir a mí, cuando no sabía leer ni escribir, que una biblioteca en Canarias iba a llevar mi nombre?", se cuestionó antes de sentenciar: "Nada más por esto vale la pena haber nacido".

"Añaza tiene 9.000 habitantes. 1.700 viven en pobreza severa. Desde la asociación de vecinos estamos luchando por eliminar ese gueto social que pesa sobre nosotros y cambiar la imagen. Nos sentimos identificados con usted y elegimos su nombre para la biblioteca", le explicó Sergio de Armas. Este líder vecinal invirtió tres semanas en llamadas para "secuestrar" al Nobel y llevarlo a Añaza nada más llegar al aeropuerto y antes de que clausurara anoche, en CajaCanarias, el ciclo de coloquios sobre "El mundo que queremos".

Añaza vivió ayer un episodio surrealista: Saramago llegó en taxi con el filósofo Emilio Lledó. El servicio de limpieza se afanaba en adecentar las aceras minutos antes de las 19:00 horas, cuando se preveía su llegada, y una pareja de policías flanqueaba la entrada de la biblioteca. El protocolo se redujo al trato cercano entre el escritor y los pequeños del barrio que se preguntaban, minutos antes, "¿pasa algo raro?". Algún adolescente se atrevió a pedir que el Nobel le estampara su firma en la camiseta, a lo que alguien le respondió: "Este señor sólo firma libros".