... Recomiendo a quien no haya leído la "Historia del Cabildo Insular de Tenerife, (1913-1988)", de Alejandro Cioranescu, editado por el Aula de Cultura de Tenerife hace casi veinte años, que intente conseguir un ejemplar, porque al "bucear" en sus páginas se pueden hallar algunas claves para comprender tristes episodios que vivimos en la actualidad, especialmente en el capítulo de infraestructuras.
Amén de concluir que José Miguel Galván Bello fue uno de los mejores presidentes de la Institución y una de las personas que más influyeron en el desarrollo de la Isla y, por ende, en el bienestar de sus habitantes, se puede examinar, paso a paso, cómo Tenerife se convirtió en pocos años, con tesón, iniciativa e inversiones en una isla modélica en sus comunicaciones. Eso sí, esa eclosión fue palideciendo en las siguientes décadas hasta desembocar en el caos circulatorio del tercer milenio.
Narra Cioranescu cómo entre 1887 y 1895 se propone cada año un proyecto de ferrocarriles, cómo se establece en 1905 un plan de trenes secundarios en el que figura el recorrido Santa Cruz-La Orotava, cómo en 1912 se piensa en una vía que diese la vuelta a la Isla, cómo en 1915 se propone un tren del Norte hasta Buenavista y otro del Sur hasta Güímar, y cómo el proyecto definitivo fue encargado en 1926 con un precio de 600 pesetas por kilómetro. Desvela Cioranescu cómo se declaró inútil el tranvía Santa Cruz-Laguna una vez establecido el ferrocarril, cómo al final salió adelante, ya en 1927, y cómo sucumbió en los años 60 después de un accidente con varios muertos y heridos.
Recuerda Cioranescu cómo en 1978 nace Titsa, para desplazar a los tinerfeños por toda la Isla, cómo se fraguan los aeropuertos y cómo se construyen las autopistas y se diseñan increíbles trazados de carreteras secundarias para comunicar todos los puntos de Tenerife.
... Recomiendo también que dentro de unos años, allá por 2015, todos adquiramos el libro sobre la historia de Tenerife en la primera década del siglo XXI. Aunque desconozcamos al autor, en esa obra figurará cómo el millón de habitantes de Tenerife permanecía en el coche durante dos horas cada mañana para recorrer veinte kilómetros hasta el trabajo, cómo las autopistas, a pesar de las ampliaciones, continuaban congestionadas, cómo las entradas a las ciudades eran prohibitivas, cómo los trenes al Norte y al Sur -fundamentales- brillaban por su ausencia, cómo el tranvía, en su segundo intento, paralizaba las principales arterias de Santa Cruz y La Laguna, cómo las vías secundarias se caían a pedazos y cómo el proyecto del cierre del anillo insular de carreteras adornaba algún despacho institucional.
Y muchos se preguntarán entonces si la Isla no ha dado ningún "Galván Bello" más que nos haga sentirnos orgullosos.
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