COLPISA, Jerusalén
La idea de celebrar la cumbre tripartita ayer en Jerusalén se incubó durante la última visita, a mediados de enero de Condoleezza Rice a la región, cuando el proyecto se vislumbró directamente vinculado a la iniciativa de la titular de Exteriores israelí, Tzipi Livni, de proporcionar un "horizonte político" al presidente palestino, Mazen.
La intención era muy clara: poner en escena una distinción entre Al Fatah y Hamas, entre los moderados y los extremistas, entre Mazen y el tandem Ismail Haniye-Jaled Meshal, capaz de convencer a los palestinos de lo bueno que podía ser para ellos distanciarse de los islamistas y abrazar a las fuerzas del rais, una vez bendecidas entre flashes y promesas por la comunidad internacional.
Pero el 8 de febrero, la firma del acuerdo de La Meca diluía las líneas entre unos y otros. Mazen, en un paso adelante que uno de sus propios asesores ha atribuido las "presiones" del anfitrión rey de Arabia Saudí -"nos dijeron que teníamos sólo dos horas para cerrar un pacto y que no aceptarían excusas"-, sellaba un trato que era una completa victoria de Hamas. "Mazen fue a La Meca a intentar fatahizar a Hamas, y acabó hamasizándose a sí mismo", escribía ayer el diario Jerusalem Post.
Ayer empezó a pagar el precio, encontrándose de frente con la negativa de Israel -dice Olmert que también la de EEUU- a colaborar con el Gobierno que va a constituir en coalición con los islamistas en el marco de una reunión que, hace un mes, iba a ser la del impulso al futuro Estado palestino.
Espacio de maniobra
"No creo que tengamos mucho espacio de maniobra", confesaba el negociador de mayor confianza de Abu Mazen en vista del fracaso de la cita. Y no es sólo que el acuerdo de La Meca no implica el reconocimiento del Estado de Israel por parte del futuro Gobierno palestino -la palabra "Israel" ni se menciona-, ni que no haya renuncia explícita a la violencia -tampoco se hace referencia a fin alguno de los ataques al exterior, sólo entre los palestinos-. Ni que el compromiso de cumplir los acuerdos anteriores suscritos entre la OLP (Organización de Liberación de Palestina) y las autoridades judías se haya quedado en una ambigua fórmula de llamamiento a "respetarlos".
Es también que la dirección del Ejecutivo ha quedado en manos de Hamas, cuando los islamistas habían aceptado semanas atrás cederla a un independiente, que el nombramiento clave del ministro de Interior responsable de las Fuerzas de Seguridad será elegido por Hamas, y que las carteras igualmente determinantes de Finanzas y Exteriores trabajarán bajo el control de Ismail Haniye. Que el acuerdo no toca el Consejo Legislativo Palestino dominado por Hamas, lo que significa que el Gobierno de unidad estará permanentemente condicionado a que sus políticas sean aprobadas por los islamistas.
Mazen no ha hecho un buen trato. Al aliarse con Hamas por escrito, Hamas ya no podrá ser acusado de monopolizar el poder y de rechazar compartirlo con las otras facciones, y si la Comunidad Internacional no acepta la coalición ni levanta el embargo, Hamas ya no será el único responsable de la miseria en Gaza. Hamas no tiene nada que perder, Mazen ha empezado a perder ya.
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