V.M., S/C de La Palma
¿Cómo se explica la risa, el llanto o el orgullo? Los Indianos, igual que todo sentimiento propio de un pueblo, son para vivirlos. Narrarlos cuesta, no se logra, nunca, reflejar con exactitud la vivencia del palmero y el foráneo en el acto más grande, ¡enorme!, del Carnaval en la Isla Bonita, aquella idiosincracia acorazada, que nadie podrá violar ni copiar, que unas 40.000 personas gozaron ayer en las principales calles de Santa Cruz de La Palma.
El inexperto, aquel que intenta contar algo sin haberlo vivido ni sentido, sitúa el inicio de la fiesta con la llegada de la Negra Tomasa, esa genuina "embajadora" de Cuba, al atrio del ayuntamiento. Es erróneo. No es verdad. Los Indianos arrancan en cada casa, en cada vivienda humilde o "ricachona". Ayer, como antaño, el acto tiene sus principios cuando cada indiano, el más real, se sitúa frente a su intimo espejo. En el momento de enfundarse la guayabera y de apretarse el pantalón de un impoluto blanco o, ellas, en ese instante, casi un suspiro, en el que se "introducen" la falda larga blanca de volante, que acompañan con blusa de gasa o seda con encajes.
Luego llega la calle. Es el reflejo, eso sí es verdad, de la fiesta, de la exageración caricaturesca, inteligente y respetuosa, con la gracia del palmero, de la figura del isleño de éxito que retorna a su isla natal tras hacer "caja" en Cuba. Buscar un aparcamiento es la primera "locura". Mil vueltas y, ¡por fin!, un espacio libre. Son las 8 de la mañana. Un equipo de televisión se planta en medio de la calle Real, allí donde los primeros indianos ya asoman su botes de polvos y puros de grandes dimensiones a medio consumir. La primera parada obliga al sano contacto con la Negra Tomasa, que defiende la fiesta "de un pueblo divertido y elegante, que disfruta evitando los malos gestos, las broncas y que cada año me recibe con los brazos abiertos. Aquí hay mayores, jóvenes y niños, lo que asegura la continuidad eterna de los Indianos, un acto de La Palma, ¡que me escuchen bien y alto!, y que nadie nos podrá robar".
Luego, una "manta blanca" se apodera del casco histórico. Hasta edificios del siglo XVII parecían "bailar" al son de la marímbula, el tres cubano, los bongós, las guitarras y maracas. Todo hasta llegar a la Alameda, allí donde el indiano desaparece hasta 2008.
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