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SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

La sardina

20/feb/07 02:28
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1.- Chapalea la sardina en un mar de asfalto, antes de ser asada por la multitud, ya no sé dónde, pues han vallado la puerta del Cabildo. Entre fletanes y viejas y sargos y monjas airadas y viudas lloronas y obispos libertinos, el pez es todavía capaz de sonreír con labios de silicona. Plateadas escamas salpican el lupanar odorante callejero, compuesto por aquel y otros públicos descarados. Mañana, la sardina recorrerá la ciudad por veredas cubiertas de ociosas plañideras, que lloran la muerte del Carnaval. La plaga entonará cuartetas y quintillas y los curas trabucaires dirigirán con decisión la multitud andante y la gradería expectante, quieta, en los márgenes de las calles del cortejo. Es el entierro de la sardina, miércoles descarado de cenizas donde las cenizas son tan nuestras porque somos tierra de volcanes. Y sólo queda un día.

2.- La sardina nunca falla y en un tiempo hubo dos: una el miércoles de ceniza, que era la ilógica y la tradicional; otra el viernes, que mi amigo el concejal Acha se inventó: mucho más lógica, por el fin de semana, pero que fue despreciada por los clásicos del Carnaval. Desde la época herciniana la sardina se celebra los miércoles de ceniza, así que hemos vuelto a esta fecha con mucha devoción, como quería Dámaso Arteaga , el antiguo edil del Carnaval. Es decir, se acabó con la milonga y se volvió a la fecha de fechas, o sea la de mañana, para que ustedes se suban las polleras y se bajen los calzoncillos a comodidad; y entonen los cánticos de los curas y de los obispos libertinos del Carnaval.

3.- En una sociedad pacata como la nuestra, estas fiestas ayudan a desterrar los escrúpulos y a aparcar la timidez por un tiempito. Santa Cruz parece un resonador, aceptados los decibelios por la autoridad judicial. Vienen suecos, ingleses, italianos y silingos a presenciar el irreverente desfile de meretrices enlutadas y diáconos sin ordenar, que caminan titubeantes por las calles de la capital, llenas de confetti pegado a los chicles. Las murgas extienden al cielo sus figles de cartón; allá a lo lejos, como resumen final de una fiesta que comienza a agonizar. La gente baila sambas, huapangos y cumbias, sin solución de continuidad; y los turistas con papahígos se protegen del frío que trae la noche de febrero, tras habernos abandonado el sol. La sardina, fiesta de la irreverencia y de la resistencia, tropel incontenible, rozadura inevitable, embozo eclesiástico de la trasgresión. Que se diviertan.

achaves@radioburgado.com

 

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