PARA QUÉ NOS VAMOS a engañar, no corren buenos tiempos para la atención/apoyo al alumnado, tanto en la institución escolar como en el ámbito familiar. Las condiciones de la postmodernidad, sobre todo las laborales, abocan a los seres humanos a invertir su tiempo en "tiempo de trabajo" y, en ocasiones, la sobreexplotación o la autoexplotación es la tónica predominante de la sociedad del siglo XXI. En algunos casos, tenemos que satisfacer nuestra vorágine consumista, en otros casos hay que llegar a final de mes.
Las promesas de la sociedad del ocio, que arrancan de la década de los sesenta, están lejos de ser cumplidas. Por el contrario, nos hemos convertido en una sociedad de trabajadores exhaustos, que escatimamos nuestro tiempo para dedicarlo a los niños, al descanso, a la lectura, a labores comunitarias, etc. Esta realidad es aún más cruda para las mujeres que han de compatibilizar el tiempo de trabajo fuera y dentro del hogar; éstas tienen una gran posibilidad de sufrir tensión nerviosa, que rompe sus vidas y puede sumirlas en la tan temida depresión.
Las desigualdades socioeconómicas lejos de atenuarse han ido en aumento, como se ha podido constatar en el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, lo cual ha propiciado un paulatino deterioro de la economía familiar y un incremento de los niños que se quedan a comer en las escuelas de forma gratuita. Un ejemplo lo podemos encontrar en el país de la opulencia por excelencia. En los EE.UU., desde 1987, una cuarta parte de los alumnos en edad preescolar han vivido en la pobreza; cada año nacen 350.000 niños de madres adictas a la cocaína; quince millones de niños son criados por madres solteras que viven en la pobreza; dos millones de niños no reciben seguimiento extraescolar diario, y entre 50.000 y 20.000 niños no tienen una casa adonde ir por las noches. Y todo ello en la primera potencia mundial, que antes de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 gozaba de una salud económica fuera de toda duda.
Así pues, la prestación de apoyo a la infancia en la sociedad contemporánea rebasa los límites de la mera atención psicológica, de tiempo para educar o compartir con la familia, profesorado, etc. En las actuales condiciones de desigualdad, el apoyo también se ha de traducir en recursos económicos para los colectivos más desfavorecidos, con la finalidad de que éstos puedan cubrir sus necesidades básicas.
No sólo han fracasado muchas reformas educativas, sino también los reformadores que no han sabido convencer a la ciudadanía de los beneficios del cambio educativo, sobre todo cuando está dirigido a reforzar las necesidades de atención al alumnado. Qué duda cabe que ello redundaría de forma muy beneficiosa en el proceso de enseñanza-aprendizaje para la comprensión. Porque un alumno o alumna que comprende, participa y toma las riendas de su propio aprendizaje; cuando no comprende, el sentimiento de alienación y la pérdida del sentido de la formación no tardan en surgir. Pero es que, además, las escuelas, aparte de ser las encargadas de generar buenos estudiantes, también tienen su parcela de responsabilidad en hacer de los mismos buenas personas.
* Catedrática de la Universidad de La Laguna
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD