ESTÁ A PUNTO de arrancar la carrera de relevos, que tiene como meta las próximas elecciones de mayo. Nos encontramos en los prolegómenos, los instructores dan las consignas para que en buena lid se desarrolle la contienda verbal, la metralla de la palabra comienza a alcanzar a cualquiera que salga de las trincheras sin la debida protección, trozos de proyectil aderezados con malas prácticas golpean a unos y otros, destruyendo con el arma de lo infundado a personas que muchas veces nada tienen que ver con el territorio por el que se lucha. En el fragor de la batalla electoral, amparándose en el ejercicio de la libertad de expresión, en la premisa de que en el amor, como en la guerra, todo es válido, usan como estandarte el honor de su amada política para arrojar bombas sobre algunos de los profesionales que se limitan a cumplir con su deber.
Su poderío armamentístico se reduce a las descalificaciones, a un intento de buscar trapos sucios, a crear controversias en torno a actuaciones marcadas por el sentido común, a denostar la carrera de funcionarios y empleados públicos en un alarde de revanchismo carente de objetividad. Mientras estos satisfagan sus demandas son calificados de profesionales; el día en el que no dan una respuesta afirmativa a sus exigencias comienza la caza de brujas, la noche de los cuchillos largos. Repasan de manera ávida el pasado y el presente personal, buscan títulos en los currículos, miden la trayectoria laboral con varas de diferentes tamaño, cuestionan el buen hacer de años de ejercicio y pretenden, sin conseguirlo, anular el prestigio de los servidores públicos, esos que consideran no pertenecer a su partido.
Esta práctica es peligrosa, muy peligrosa, máxime cuando de alguien tan respetado en la sociedad de la Isla se trata. Me refiero al jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Manolo Pío, un caballero a la antigua usanza, que no ha querido entrar en la guerra dialéctica, importándole muy poco que los mismos políticos que durante años ha colocado en actos cívicos, religiosos, castrenses y académicos, en virtud del Ordenamiento de Precedencia del Estado, es decir, dándoles el lugar que la ley les otorga, o siendo testigo de su toma de posesión en un acto solemne que él ha supervisado, se vuelvan, por unas entradas de espectáculo, caballeros andantes dispuestos a iniciar una cruzada en contra de los responsables de protocolo que a su criterio adolecen de la titulación suficiente. Demuestran así una gran ignorancia, sobre todo porque la mayoría de los que ejercen esas funciones no están titulados para ello y suelen ser cargos de confianza, condición ésta que se da en la mayoría de las administraciones públicas, sea cual sea el sesgo político mayoritario de su corporación. Lo cual ocasiona más de un desatino cuando confluyen autoridades de diferentes naturaleza en un acto de protocolo mixto, que no siempre pasa totalmente desapercibido.
En el arte del protocolo hay una asignatura llamada sentido común, que no se imparte en ninguna universidad. La matrícula de honor en esta materia la dan unos profesores llamados tiempo, oficio, lectura continuada, capacidad de observación, paciencia y, sobre todo, discreción. El día en que a los profesionales del protocolo, cosa poco probable, les diera por hablar de las miserias de los políticos no harían falta elecciones para acabar con su carrera de relevos. Pero que no teman, pues la elegancia de maneras suele ser la mejor mordaza contra la superficialidad, la ignorancia y la prepotencia de esas "escopetas de mixto" que si se mojan no "estallan".
Me da igual cuál sea la ideología política de Manolo Pío, tampoco me importa su nómina y mucho menos su categoría en el escalafón de la Administración pública, es una de las autoridades en protocolo de Canarias y, como tal, se le debe un respeto profesional, cuyo valor seguro que es superior al precio de unas entradas de espectáculo. Por cierto, me gustaría que los políticos usaran la taquilla, que abonaran el mismo importe que el público de a pie. Sería un buen ejemplo del código de buenas maneras de las administraciones, nos haría sentir iguales, la fórmula perfecta para acabar con las desigualdades sociales. Nunca deben olvidar los que están arriba el proverbio italiano que, haciendo alusión al juego del ajedrez, sentencia que una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.
* Titulada superior universitaria en Relaciones Institucionales y Protocolo
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