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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

El precio del apocamiento

12/mar/07 01:48
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Los procesos revolucionarios comparten con los golpes de estado la imposibilidad de ser democráticos. Cuando Fidel Castro, su hermano Raúl y el propio Guevara comandaban a los rebeldes en la Sierra Maestra, no celebraban asambleas para discutir las acciones inminentes. Decidían y ordenaban. Y al discrepante, un balazo. Años antes, las tropas de Franco tampoco establecían sus maniobras por consenso mayoritario. Las instrucciones del Mando se cumplían, con el paredón -o el tiro sobre la marcha- como única opción para el discrepante. En el bando republicano, en cambio, había que discutirlo todo, votarlo todo y convencer a todos antes de que se cumpliese hasta la más baladí y evidente de las instrucciones. Así les fue.

Zapatero y sus correligionarios en el PSOE, que no son todo el PSOE, conocen la historia. Paso imprescindible para quienes piensan que la transición supuso traicionar a los derrotados en la Guerra Civil, y que debemos retornar a la situación de los años treinta para que ahora gane el otro bando. En cualquier caso, y esto es lo importante, saben que una mezcla de revolución y golpe de Estado dentro de su propio partido, como el que han planteado en Canarias, no puede triunfar con esquemas democráticos. Consideraron hace ya algún tiempo en el Madrid del talante que muchos socialistas canarios están contaminados por el continuo contacto con el nacionalismo vernáculo. Se imponía una limpieza y enviaron a un "Terminator". Cortar cabezas, recuperar a los descarriados que pudiesen ser útiles -ya habrá tiempo para enviarlos al cadalso- y, en definitiva, confeccionar listas con personas de absoluta fiabilidad aunque no necesariamente conocidas entre el electorado, son procesos difíciles de materializar en la bulla de una asamblea. Por eso hubo que cargarse las primarias en su momento. Lo demás ya es historia. Arcadio Díaz Tejera apartado de mala manera del Ayuntamiento de Las Palmas para que retorne Saavedra -nuevos tiempos pero viejas caras-, Juan Carlos Alemán reducido a La Laguna -un secretario general que ni siquiera encabeza la lista al Parlamento por su circunscripción-, Francisco Tovar a su casa sin que le importe un ápice al Terminator, Pepe Segura y su fiel Domingo Medina con la soga al cuello, Pedro Anatael Meneses -de los pocos que podía conciliar al partido con la izquierda ecologista- excomulgado? ¿Queda alguien?

Sin embargo, como no hay proceso revolucionario sin su contrarrevolución, al Terminator y sus ayudantes se les ha planteado un problema en forma de rebelión interna. Ahora la mayoría del comité insular tinerfeño quiere que se modifiquen algunas listas esenciales. Nada menos que la retirada de las planchas de Santa Cruz y La Laguna, así como retocar la del Cabildo. Mucho habían tardado; lo suficiente para estar fuera de plazo. Un gesto que a estas alturas sólo supone un brindis al sol, pero que sustantiva el malestar del partido en Tenerife por la forma en que ha hecho las cosas José Blanco. Algo a lo que no se hubiera atrevido -dicen de puertas adentro- en cualquier otra parte de España, y que ha dejado el camino sembrado de víctimas; el propio Terminator la primera de ellas. Si Juan Carlos Alemán no hubiese sido tan pusilánime?

rpeyt@yahoo.es

 

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