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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H.*

La venganza y el bien supremo

14/mar/07 01:55
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"La venganza es contraria a la humanidad, por más que parezca conforme a la justicia: la venganza no difiere del ultraje sino por el orden del tiempo. El que venga no tiene otra ventaja que la de ser el segundo en obrar mal"

(Séneca)

DIOS NO SE VENGA DE NADIE. "Amad a vuestros enemigos, rogad por los que os persiguen" (Mt. 5,44). Dios es compasivo y misericordioso y "hace salir su sol sobre buenos y malos y llueve sobre justos e injustos". Atribuir a Dios el castigo temporal de los malos y el premio eterno de los buenos sería un absurdo el hecho constante de que muchos malvados se mantienen boyantes en la vida, mientras muchas personas honradas -tal vez por su misma honradez- se hunden en la miseria y el fracaso. Por otra parte, es verdad que existe la Providencia de Dios encargada de velar por los suyos y de nivelar la balanza de las injusticias humanas; pero él escribe recto con líneas torcidas, y sólo con la lupa de la eternidad veremos el porqué y el para qué de la trama humana, que aquí nos desconcierta. Sólo algunos lo dicen, pero son muchos los que lo piensan: "Si Dios ha venido al mundo, ¿por qué todo sigue igual que si no hubiera venido? ¿A qué viene celebrar el nacimiento de Cristo, su vida, su muerte, resurrección y cantar tanta paz y fraternidad, si el mundo sigue y seguirá tan mal como siempre?". Los creyentes deberíamos escuchar con atención estas preguntas que parecen cuestionar y poner en aprieto nuestra fe cristiana. Por eso, vayamos al grano.

Dios ha dado unas leyes y una libertad al ser humano. Y la naturaleza tiene unas limitaciones, que se traducen en deficiencias y catástrofes, a las cuales se suma la impericia o la mala voluntad de las personas, que, lejos de corregir siempre las tareas naturales, muchas veces las acentúa. No es que Dios esté allí para causar el terremoto o derrumbar un edificio, una pared o declarar un incendio. Y, además, la libertad humana es la causa de una cadena indefinida de males morales, que tiene como traducción otra de males físicos. Tampoco, ni siquiera podemos decir, ni pensar, que Dios castiga al ser humano con la condenación eterna. Si hay alguien condenado, es el mismo ser humano el que se castiga a sí mismo con el mal uso de su libertad que elige la separación penosa del Bien supremo.

Dios no se venga, lo que sí hace al ser humano responsable de sus actos. "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Y cuando Jesús sentencia "si no os convertís, todos perecereís" lo que quiere decir es que, si no cambiamos, todos hallaremos una muerte inesperada, imprevista, vivamos mucho o poco. La historia está ahí. Dios es paciente. Incluso deja pasar el tiempo. Dios sigue esperando nuestra conversión.

La conversión cristiana es una frase que no pocas veces se interpreta mal. Convertirse no es propiamente algo negativo. Convertirse es cambiar de mentalidad y de vida, conforme a las directrices del Evangelio. Ahora bien, la síntesis del mensaje cristiano es el amor práctico a Dios y al prójimo, a todas las personas. Por tanto, la conversión es decidirse y tomarse en serio en el diario quehacer del mandamiento del amor: fructificar en la viña del Señor es dar esos frutos sabrosos del amor fraterno como sarmientos vivos de la cepa divina, Cristo, que derramó hasta la última gota de su mosto por toda la Humanidad. Por eso, si queremos estar seguros en la vida y en la muerte, sigamos el consejo de san Pablo: "El que esté seguro, mire no caiga". Procuremos que nuestra vida no sea una etapa estéril e infecunda, sino un árbol vivo y vivificante, cargado de buenas obras, fecundo en buenas acciones. Así, el día de la tala final caerá a la derecha de la eternidad, del sumo bien.

No pensemos más en Dios como en un fantasma tenebroso: el castigador de nuestros fallos morales durante la vida y después de la muerte. Dios nos entrega intacto un tiempo, el tiempo de nuestra existencia y una libertad para que los empleemos en hacer el bien. Nuestro premio o castigo será el resultado del buen uso o abuso de nuestra libre libertad. Dejémonos conducir, sin forcejeos, sin dudar, por las manos expertas de Dios Padre. Al respecto, transcribo aquí una oración que recogí de un anciano, hospitalizado hace años en esta clínica, que le hacía vivir con una serenidad admirable en medio del agotamiento que le estaba causando la enfermedad: "Dios mío, te pido que me concedas lo que quieras. Y si me concedes lo que yo quiero, haz que eso sea en mí una fuerza para lo que Tú quieras. Y si me niegas lo que quiero, haz que sea en mí una disponibilidad para lo que Tú quieras de mí. Dios mío y Padre mío, sólo quiero hacer tu voluntad y así quiero morir".

Disposición como ésta es para mostrarnos que el pensamiento de la muerte no nos debe engendrar miedo, sino estimular la acción. Juan XXIII decía: "El pensamiento de la muerte me impulsa a vivir, a trabajar y a servir". Y mantenerse en este impulso y empeño es liberarse de toda venganza y vivir totalmente el Sumo bien.

* Capellán de la Clínica

San Juan de Dios

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