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ENRIQUE MARTÍN BRAUN

Al garete

14/mar/07 01:55
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APENAS BASTAN unos días fuera de nuestras Islas para apreciar diferencias importantes entre lo que se realiza en materia de obras públicas, infraestructuras, industrias y todo aquello que signifique diversificación y modernidad en tierras peninsulares y lo que por aquí tenemos a la vista. Se trata, incomprensiblemente, de dos mundos absolutamente distintos que, en teoría, pertenecen a un mismo Estado, es decir, España. Nada más pisar suelo isleño, la realidad nos muestra un paisaje vacío de zonas que garanticen la tranquilidad económica de una Comunidad que, ahora mismo, está conformada por un erial (escasas hectáreas dedicadas a la agricultura -la ganadería más vale ni mencionarla-), y una preeminencia de hoteles, apartamentos, adosados y demás adefesios de cemento que acentúan, con extremada preocupación, lo que puede ser nuestro futuro inmediato. Aquí nadie invierte si no es en las especulaciones urbanísticas que enriquecen en un santiamén, o en negocios relacionados con la sanidad. Un paseo por la autovía del Cantábrico, que une Santander y Bilbao, es suficiente para dibujarnos, claramente, lo que el Estado invierte por allí y de lo que hace por aquí (a pesar del apoyo de Paulino Rivero al Gobierno de turno en el Congreso de los Diputados). Solamente uno de los espectaculares viaductos ha costado más que todo el dinero que el Gobierno de Canarias ha dedicado a todas las carreteras isleñas. Ha dedicado hasta ahora, porque en el horizonte se vislumbran nuevas e impresionantes obras. Veremos. Cualquier autopista peninsular tiene un acabado diferente al de las nuestras. Éstas, por ejemplo, aportan carriles de desaceleración de risa y peligrosos. Paradigma de todos, la curva de El Sauzal. Allí se producen con frecuencia accidentes, algunos graves. Pues bien, viniendo de Santa Cruz con dirección al Puerto de la Cruz a 120, o a la inversa, da igual, disponemos de unos 10 metros para reducir la velocidad a 40 y desviarnos al pueblo de Paulino. Nadie entiende cómo no se originan más daños personales y materiales. Queremos decir que, circulando por aquellas carreteras peninsulares, lo hacemos con sensación de seguridad y, al mismo tiempo, se pueden apreciar, no muy lejos de ellas, cómo surgen industrias por doquier y cómo se advierte, asimismo, que por allí existe riqueza.

Esta pobreza de nuestro Archipiélago, denunciada de nuevo por Cáritas, tiene unos claros responsables políticos a los que, sin tapujos, hay que decirles en la cara que gracias a sus gestiones somos la Comunidad de nuestro país que menos ha crecido económicamente en el último sexenio, la que más parados acumula y la de mayor dependencia de un único sector: el turismo. Un récord que empujaría a abandonar la política a más de uno, marcharse a su casa y meterse en cama. Desde los neonacionalistas (pensando en una nueva fórmula que les permita grupo propio en las Cortes... con dos o tres diputados), pasando por los socialistas (en plena búsqueda de la identidad perdida), y terminando con los neoconservadores (sin exponer todavía su profunda ideología), sin olvidarnos, claro está, de nuestros distantes y distintos eurodiputados (sueldos inimaginables), hay una responsabilidad conjunta en la actual situación de desidia y falta de previsiones para resolver, de una vez por todas, la pobreza de nuestros conciudadanos y la pobreza en la ejecución de todo tipo de obras de interés público. El aumento de las personas humildes en el último año y el ejemplo del vertido de aguas fecales en la playa de Los Cristianos, por rotura de unos alcantarillados, hacen incompatible esta situación con una sociedad a la que los gobernantes actuales denominan como de progreso. Queda claro que, por supuesto, la época de las cholas se terminó. Pero continuamos rumbo al garete.

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