CADA VEZ MÁS se escucha por las calles de cualquier rincón de nuestra Isla ese extraño acento que delata su extranjería, aunque, bien es verdad, con el paso del tiempo esa dicción se hace más familiar y el encuentro de culturas lleva impulsos imparables que a veces se transforman en choques indeseables, bien por aquellos que no se adaptan o por los intolerantes del lugar. En cualquier caso, siempre hay una serie de factores que conducen a un crecimiento poblacional desmedido que, como mínimo, es el causante del deterioro del territorio que habitamos. No estamos desvelando ninguna novedad. Desde distintos foros, y hace bastantes años, viene tratándose este grave asunto con conclusiones que explican que es un problema de difícil solución, pero que, para los que vivimos en una Comunidad como la canaria, debe arbitrarse toda una serie de medidas con el fin de que las poblaciones activa, de derecho y de hecho no colisionen, evitando así perjuicios para las tres. Los que trabajan y los que buscan trabajo y, por tanto, residen habitualmente en un término municipal, en el caso de Canarias, además de convivir con una importantísima colonia extranjera, viven y dependen de otros doce millones de turistas que cada año eligen nuestra tierra para sus vacaciones.
Este esbozo de la situación, que es somero pero real, lo vivimos aquellos que, de vez en cuando, nos decidimos a dar un paseo por esos sures y, con indignación, nos tropezamos con las que un día lejano fueron hermosas montañas, hoy sepultadas bajo esa horrosa capa tan de moda denominada "adosados". Adosados que también van conquistando el norte invadiendo barrios que presumían de tranquilidad y de verde. Los intereses y la pésima política de determinados ayuntamientos, a pesar de lo que digan bobalicones agradecidos, van arañando, sin pausa, los campos tinerfeños... y nadie pone solución. Hoy, a dos meses y medio de las elecciones, aún no hemos escuchado a ningún partido político explicar, en serio, un programa elaborado y transmitible. Sólo auténticas boberías sobre que La Laguna te ama, que Santa Cruz será una ciudad católica, apostólica y romana, o que los jóvenes tendrán pisos a 10 millones de pesetas. Nadie, hasta ahora, ha expuesto ningún tipo de soluciones para este crecimiento poblacional, para la sanidad, para la educación y para rendir cuentas de los dineros públicos. Todo, parece, continúa igual y los administradores de la cosa pública están preocupados por aplicar a sus respectivas poltronas altas cantidades de pegamento y medio. Ninguno es capaz de admitir que en mayo puede quedarse sentado en medio de la calle... sin saber qué hacer.
Nuestro periódico publicaba el pasado domingo, 4 de marzo, un interesante y exhaustivo trabajo sobre la población foránea en nuestra Isla y, ciertamente, es para preocuparse no por el número de extranjeros que viven por aquí, sino por la lenta desaparición del pueblo canario que, según evidencias, es inexorable. Adeje, Arona, Guía de Isora y Santiago del Teide se acercan a la mitad de la población total. En el Sur de Tenerife uno de cada tres vecinos es extranjero. Retengan estos datos, pues no se escucharán en ningún mitin ya que los políticos tendrían que pronunciarse sobre las soluciones a los servicios públicos que se vienen generando, como carreteras, clínicas, hospitales, colegios y todo tipo de infraestructuras que atiendan a la formidable demanda. Mientras por una parte se dice que este incremento de población crea riqueza, por el otro se opina que la calidad de vida disminuye. Nosotros, que conocimos lo que fue nuestra tierra no hace mucho, nos decantamos por un control poblacional y, como consecuencia, por la limitación del mundo de la construcción. Algún día alguien tendrá que decir: ¡basta!
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